La soledad del amor

Susana Freire
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4 de abril de 2015  

Mi querida / Libro: Griselda Gambaro / Intérprete: Georgina Rey / Cello: Eugenia Turovetzky / Música: Anahí Parrilla Belfer / Escenografía y vestuario: Jorge López / Iluminación: Gustavo Dimas García / Asistente de dirección: Nicolás Asprella / Dirección: Marcelo Moncarz / Sala: Hasta Trilce, Maza 177 / Funciones: sábados, a las 18 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: buena

Basada en el cuento de Anton Chejov de 1899, Duschechka, "Almita" en ruso, Griselda Gambaro retoma esta narración para imprimirle un carácter dramático a la personalidad de la protagonista, ya delineada en el autor ruso, aunque realizada en tercera persona. Olga es una señora de 60 años, que mantiene de su juventud la compasión, la mirada tímida y suave, y la sonrisa ingenua y bondadosa, y quiere dar a conocer su historia.

Con el monólogo en primera persona, la protagonista convierte al público en un silencioso cómplice que presencia los infortunios de una joven que soñaba con un hombre a quien amar toda la vida, porque "amar" es la finalidad de su vida. El relato incluye las desventuras sentimentales que padeció con la muerte de dos de sus maridos y el abandono del tercero. "Yo no podía estar sin querer a alguien. Sin querer a alguien el mundo me parecía un desierto", dice Olga. Es esta necesidad la que la obliga a someterse, personal y profesionalmente, a las opiniones y decisiones de sus maridos y en esta dependencia va desarrollando una mitomanía que la enfrenta al riesgo de distorsionar su esencia, su personalidad y sus principios.

Cuando pierde a los sujetos de su amor, la tristeza empieza a apagar su deseo de vivir y el mundo ya no tiene sentido a su alrededor y no tiene referencias. "Cuando vivían Iván o Vasili, después con el veterinario, hubiera podido explicar todo y hubiera podido expresar una opinión no importa sobre qué. Pero cuando me quedé sola, mis pensamientos y mi corazón se quedaron tan vacíos como el patio. Fue tan amargo como si hubiera tragado veneno", dice definiéndose a sí misma.

Frente al desafío de cargar sola con el peso dramático de este personaje, Georgina Rey demuestra tener una gran ductilidad para desplegar sensibles matices que van delineando las características de esta mujer, convincente en sus palabras hasta demostrar, a través de estas mismas, otra realidad totalmente distinta. Es evidente la mano de Marcelo Moncarz, que la va guiando sutilmente a través del laberinto de emociones sin delatarse hasta las instancias finales. En cuanto a la puesta, Moncarz recrea con la iluminación y la escenografía ese ambiente de decadencia anímica que caracteriza a las obras de Chejov. La inclusión de la música en vivo subraya los rasgos de melancolía que envuelven a la protagonista.

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