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La vigencia de los grandes maestros

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29 de agosto de 2000  

MONTREAL (Especial para La Nación ).- En su XXIV edición, Serge Losique, presidente y director general del Festival de Cine del Mundo de Montreal, se propuso librar por lo menos dos batallas simultáneas: mantener un perfil prescindente de los galanteos seductores de la vecina industria de Hollywood, e intentar recuperar un prestigio pasado y levemente deteriorado, consiguiendo premiéres mundiales de varios de los grandes realizadores del más personal cine contemporáneo.

Esta vez Montreal parece haber afinado la puntería al arrebatarle al poderoso Festival de Venecia (que comienza mañana) "Merci pour le chocolat", el más reciente film del maestro francés Claude Chabrol, o "Palabra y utopía", del nonagenario portugués Manoel de Oliveira, ambas en la sección competitiva.

La discusión sobre el perfil del festival, en una ciudad habituada a la diversidad de manifestaciones culturales y que sigue procurando congeniar las dos lenguas coexistentes, pasa, de todos modos, a un moderado segundo plano una vez que el evento se pone en marcha y las 360 películas son seguidas a sala completa desde la mañana a la noche, tanto en las diez salas como en las proyecciones al aire libre.

Muestras y homenajes

De las diez secciones que componen la programación, se destaca la competencia, pero también otros segmentos como el de Films Fuera de Concurso, el de Cines de América Latina y el de Films para Television, en tanto parecen desiguales los homenajes: extraordinariamente completo el dedicado al iraní Abbas Kiarostami y apenas indicativo el del italiano Francesco Rosi, que igual agradeció la invitacion y se mostró curioso por la reacción de los jóvenes ante sus films políticos, que marcaron una cierta tendencia de los años 60 y 70.

El jurado que preside Kiarostami debe juzgar entre 24 películas, de las cuales ya se ha exhibido una cuarta parte, sin mayores sorpresas, mostrando hasta ahora más destellos y confirmaciones que novedades felizmente imprevistas.

El film de apertura, "Le goût des autres", opera prima que dirige Agnes Jaoui y que escribe y protagoniza junto a esa usina de producción que es Jean-Pierre Bacri, vuelve a poner en evidencia el laborioso trabajo que varios cineastas franceses vienen realizando en la última decada por despojar el cine de su país de ciertos tópicos demasiado típicos, como las historias de amores desquiciados y las reflexiones sobre la vida en plácidas casas quintas, con el inefable embellecimiento de prestigiosas citas culturales que no alcanzaban a ocultar un sistema cinematográfico ya rancio.

A cambio de eso y salvando las considerables distancias entre ellos, Arnaud Desplechin, Emilie Deleuze, Laurent Cantet, Noemie Lvovsky y ahora Jaoui vuelven a apostar por el borramiento de las fronteras entre lo documental y lo ficcional, intentando reconquistar registros de habla, conflictos y espacios que parecían confinados al pasado, y cuya recuperación viene de la mano con la tradición de la Nouvelle Vague.

El caso de Jaoui y su aliado Bacri -ademas coautor de "Un aire de familia" y de "Conozco la canción"-, es curioso porque su historia de amores interconectados y desavenidos logra salir indemne de la resbaladiza cruza que se proponen, al entreverar un tono de comedia elegante en la tradición teatral de Moliére rodado con una levedad que parece heredada del cine de Eric Rohmer, aunque los personajes estén más cerca de los 40 que de los 20 años.

La demoledora recepción crítica que se abatió sobre el film chino "Breaking the Silence", de Sun Zhou, parece un acto de justicia para este drama de pedestre sentimentalismo, donde una madre (Gong Li, extraordinaria) hace esfuerzos humanos e inhumanos por lograr que su hijo hipoacúsico ingrese en una escuela normal.

La única joya exhibida hasta ahora fue "State and Main", film del multifacético David Mamet. El rodaje en un tradicional pueblo de la Norteamérica profunda es el pretexto ideal para que Mamet construya una comedia como no se veía desde "Noises Off", de Peter Bogdanovich. Si bien "State..." es un visible y espléndido homenaje al cine, no hace prevalecer el cinismo de "Las reglas del juego", de Barry Sonnenfeld, sino que más bien parece acercarse al modelo de "La película del rey", de Carlos Sorin. En todo caso, ese gran tema de Mamet que es la idea de alguien que infecta la vida de los otros, aquí vuelve a confirmarse, sólo que la infección es la del cine, generada por la compañía productora en ese pueblo perdido en el corazón de la mediocridad. Y más que homenaje al cine, lo que hace Mamet es subir al pedestal, venerar a los actores de reparto, dándoles a Phillip Seymour Hoffman, David Paymer, Patti Lupone y Charles Durning personajes para que brillen.

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