Las lecciones de "Seinfeld"
Al televidente argentino medio el nombre de Jerry Seinfeld no le dice casi nada. Más pendiente de las aventuras de los "Gasoleros", del glamour de Susana Giménez, de las bromas pesadas de Tinelli, de la sobredosis de fútbol pre-Mundial o de la timba de cada domingo, debe haber pasado para él casi inadvertido (o, en todo caso, como una anécdota curiosa) el dato de que el último jueves, en los Estados Unidos, el tal Seinfeld cerró después de nueve años la exitosísima serie que lleva su nombre con un capítulo final que fue visto allí por casi 77 millones de personas. Definitivamente, "Seinfeld" nunca fue entre nosotros una pasión de multitudes. Pero sí logró llamar la atención de una pequeña y consecuente legión de seguidores, que no se perdió la emisión, simultánea con los EE. UU. y en idioma original, a través del canal Sony, del esperado final del ciclo.
* * *
Se trata del mismo grupo de televidentes que decidió refugiarse en el cable y encontrar allí una opción saludable y creativa a la falta de originalidad que suele ofrecer hoy la TV abierta en materia de comedias. Junto a "Seinfeld", aparecen nombres como "Ellen" (que también concluyó la semana última), "Spin City", "Mad about You", "The Naked Truth", "Friends" o "News Radio".
Son las llamadas sitcoms (en inglés situation comedies), ciclos humorísticos sobre la base de situaciones que, si bien son paródicas, de tan cotidianas hacen que el espectador fácilmente se sienta cómodo y cercano a sus protagonistas.
Son también las herederas de celebrados programas de otros tiempos, como "Yo quiero a Lucy" y los shows de Dick van Dyke o Mary Tyler Moore. En décadas pasadas, estos programas ganaban los primeros planos en nuestra TVabierta y lograban elevados índices de audiencia. Hoy, las cosas son distintas: desplazadas por otras opciones domésticas y por el poco interés de los programadores locales, las sitcoms se refugiaron en el cable y se transformaron en objetos de culto para selectas minorías.
Entre ellas, "Seinfeld" ha sido definida por la crítica norteamericana como "la consagración de la nada". Logró sacarle el máximo jugo posible a las situaciones más irrelevantes. Lo trivial convertido en estilo, sin reacciones sentimentales y un humor cáustico, casi nihilista, en el que cualquier razonamiento "normal" queda descolocado.
Tal vez la máxima virtud de esta serie haya sido poner en juego, al mismo tiempo, la mejor tradición de la comedia televisiva norteamericana y la realidad de este fin de siglo en un ámbito cosmopolita, multifacético y competitivo, donde la pluralidad étnica, religiosa y de pensamiento promueve todo tipo de reacciones y comportamientos.
* * *
"Seinfeld" lo logró, y de paso nos dejó varias enseñanzas, que deberíamos tener muy en cuenta. Primero, para lograr un producto creativo y que tenga continuidad, en materia de comedia televisiva, no parece haber mejor fórmula que la media hora semanal. Nuestros modelos de tira diaria de una hora o de dos horas semanales, más allá de algún título exitoso, desgasta a todos (autores, actores, anunciantes y sobre todo al público) más temprano que tarde.
En segundo lugar, no hay que maltratar esta clase de realizaciones. Dos temporadas atrás, "Seinfeld" fue destrozada, en su fugaz paso por Canal 13, por un doblaje pésimo, la escasa promoción por parte del canal y un horario (el de los miércoles por la noche) en el que, por imperio del fútbol, la posibilidad de un seguimiento razonable era imposible. En este sentido, Telefé logró una experiencia más feliz con "La niñera", aunque la presentó como tira, con dos capítulos por día.
Y, por último, no hay que tenerle miedo a un humor que escapa a los convencionalismos y a instalar el delirio (en clave de comedia, por supuesto) dentro de la vida cotidiana. Las desafortunadas circunstancias que rodean al cierre de "Son o se hacen" (que, con sus altibajos, es el programa que más responde aquí al genuino espíritu de las sitcoms) no son precisamente un ejemplo para seguir.
"Seinfeld" deja varias lecciones, algunas no precisamente nuevas. Pero los responsables de nuestra TV hasta ahora no parecen haberse dado cuenta de su valor.






