Las peregrinaciones de Johann S. Bach

Pablo Kohan
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21 de julio de 2011  

Más de trescientos kilómetros separan a Arnstadt de Lübeck y ése fue el trayecto que, a pie, Bach recorrió, en 1705, para ir a escuchar a Buxtehude, el organista más célebre del norte alemán.

La historia es recordada en infinidad de páginas así como la reprimenda que debió soportar por parte del Consistorio Condal porque su ausencia se había prolongado mucho más allá de las cuatro semanas autorizadas.

Pero no fue ésa la única larga caminata que emprendió Bach a lo largo de su vida. O, al menos, de su vida juvenil. Después de todo, en aquel tiempo, varios siglos atrás, la única posibilidad de apreciar la música era en vivo. Y Johann Sebastian, un andariego incansable y siempre inquieto, ya había puesto en práctica la rutina de caminar para ir a escuchar a un músico.

Cuando tenía quince años, Bach fue premiado con una matrícula para estudiar en la Escuela de San Miguel, de Lüneburg, a unos cuarenta y cinco kilómetros al sudeste de Hamburgo. Desde ahí, en varias oportunidades, el muchacho emprendió el recorrido hasta Hamburgo para escuchar a Johann Adam Reincken, un notable organista, compositor y violagambista alemán. En uno de esos periplos, volviendo hacia Lüneburg, se sentó a descansar algunos minutos en el exterior de una posada. Debe haber lucido tan miserable que alguien, desde adentro, le arrojó por la ventana dos cabezas de arenque. Bach tomó el presente para ver si había algo para comer pero descubrió, con gran alegría, que adentro de cada cabeza le habían agregado dos monedas. Le escribiría después a su hermano que mordisqueó lo que pudo pero que se guardó las monedas y no se compró nada: ya tenía con qué solventar una nueva peregrinación para ir a ver a Reincken.

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