Las sagradas notas

René Vargas Vera
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23 de octubre de 2000  

En busca de antiguos cantos recorrió Bela Bartok las aldeas húngaras. Y supo distinguir entre aquellas músicas campesinas por él recopiladas y la música popular ciudadana. Estas melodías (campesinas), afirmaba Bartok, alcanzan la más alta perfección artística, porque son verdaderos ejemplos de la posibilidad de expresar una idea musical con la mayor perfección, en su forma más sintética y por los medios más modernos.

Bartok insistía en que son pocas las personas capaces de apreciar el alto valor de tales melodías. Sobre todo los músicos "preparados" y conservadores, que no sólo las ignoran, sino que también las desprecian, prisioneros (como están) de los más mezquinos lugares comunes. Esta gente, sostenía el músico húngaro, no está en condiciones de comprender siquiera la melodía más simple, clara e inmediata.

Si trasladamos esta cuestión a la música argentina, constatamos que, después de la recopilación de aquel folklore originario (por Gómez Carrillo y otros), han surgido voces que, imbuidas de sus esencias, son igualmente inspiradas en el ámbito de la proyección folklórica, como las de Yupanqui y el Cuchi Leguizamón.

* * *

Estos y otros creadores providenciales han concebido y escrito melodías que, escapando de convencionalismos y lugares comunes, han trepado las más altas cumbres de la inventiva y la calidad.

Refiriéndonos solamente a la música de Leguizamón, en ella caben las escalas más libertarias, los intervalos más sorprendentes del trazo melódico, los desafíos más vanguardistas.

Hoy que se emprenden homenajes a su memoria en conciertos y, sobre todo, en anunciadas grabaciones de su obra, es preciso insistir en la necesidad de salvaguardar su personalidad musical, de liberar su música de los injertos de trozos ajenos a su aliento innovador, de evitar la banalización de su portentoso don melódico y de las atrevidas armonías que viven en lo recóndito de sus giros cantables.

Es cierto que el cancionero popular admite, en las interpretaciones inspiradas, pequeñas, sutiles variantes de la línea melódica, que no debe confundirse con el capricho, la distracción o la falta de respeto. Si le dibujásemos otra sonrisa a La Gioconda de Leonardo; si vistiéramos de minifalda a las Meninas de Velázquez, si le colocáramos bermudas al David de Miguel Angel, sería un atentado. La música de Leguizamón merece el mismo cuidado. Sus melodías necesitan buenos oídos y fidelidad a su trazo, o, al menos, la consulta con sus partituras o con las versiones autorizadas.

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