Llegó la hora de abrir un espacio público

Funcionarios brasileños y argentinos chocan con sus artistas porque el poder siempre quiere influirlos
Pablo Sirvén
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11 de mayo de 2003  

Claro que se ha avanzado, y cómo, en materia de libertades con los espectáculos públicos. Que sólo anoche pudiese estrenarse en el Malba, después de estar por mucho tiempo extraviada, "Ufa con el sexo", la película que hace 35 años dirigió Rodolfo Kuhn y que entonces fue censurada, nos recuerda que aquí, durante añares, el Ente de Calificación Cinematográfica masacró películas y prohibió muchas otras en su totalidad. Pensar que la intolerancia llegó hasta a volar un teatro sólo porque iba a estrenarse "Jesucristo Superstar" o porque actuaba Nacha Guevara. Incluso ya en plena democracia, a poco de asumir Alfonsín, hubo disturbios frente al Teatro San Martín porque grupos de inadaptados no aceptaban la presentación de obras de Dario Fo y Franca Rame. Imposible olvidar, peor aún, cuando en tiempo de los militares circulaban extensas listas negras que incluían nombres de prestigiosos artistas silenciados y en los canales de TV había "veedores" que tachaban lo que consideraban "inconveniente" de los libretos de los programas de ficción.

Aun imperfecta y magullada como está, la democracia argentina, en sus veinte años de transcurrir ininterrumpido, ha logrado civilizar y apaciguar tan saludablemente a las audiencias y a las dirigencias públicas y privadas que hoy ya no hay impedimento alguno, por fortuna, para que toda representación artística, cualquiera que sea su cariz, no encuentre en su camino otro escollo que no sean las propias limitaciones de sus artífices. Y aunque, como es lógico, algunas puedan generar fuertes rechazos en distintos sectores del público, la tolerancia ha triunfado y las peligrosas expresiones cavernícolas que antes menudeaban parecen felizmente enterradas para siempre en un pasado prehistórico. Algún día hablaremos de una importante asignatura aún pendiente -la autorregulación que demanda vivamente cuanto más irrestricta es la libertad de la que gozamos-, pero el tema de hoy es otro.

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Dado este paso fundamental que ya nadie discute -el derecho inalienable a que cualquier contenido artístico se exprese sin que nadie ose amordazarlo de manera alguna-, es preciso ahora trabajar fuertemente para avanzar hacia estructuras públicas no gubernamentales, y por lo tanto más democráticas, en el manejo de los fondos y en la ejecución de las políticas de promoción y fomento que alientan a los espectáculos menos comerciales desde el Estado. Así podrían acotarse ciertas conductas discrecionales que inevitablemente se expresan cuando vienen dictadas desde lo más alto del poder gubernamental.

Los acontecimientos generados en esta área tan sensible en los últimos días en Brasil, donde una rebelión de artistas -encabezada por el cineasta Cacá Diegues y con la adhesión de la actriz Fernanda Montenegro y los cantantes Chico Buarque y Caetano Veloso, entre otras conocidas figuras- obligó al presidente Lula da Silva a dar rápida marcha atrás en las regulaciones sugeridas desde la Secretaría de Comunicaciones y desde las empresas Electrobras y Petrobras. Las mismas pretendían condicionar la financiación de expresiones artísticas a su "utilidad social" y a "actuar en sintonía con la política gubernamental". En efecto, los manotazos gubernamentales en esta materia nunca se disiparán mientras la industria cultural no adquiera una verdadera independencia, inclusive avalada por un muy claro respaldo constitucional, que le permita desarrollarse con estabilidad y no sujeta a los vaivenes abruptos que suelen producirse cuando cambian los gobiernos.

La ley de actividades audiovisuales, promovida por el anterior presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, había alentado un desarrollo inusitado y positivo del cine brasileño, pero las últimas noticias en esa esfera hicieron que Diegues comparara un tanto exageradamente esos intentos con las manipulaciones de Andrei Dianov, comisario cultural en tiempos de Stalin. "La contrapartida social que las obras de arte ofrecen son las propias obras de arte", expresó el citado realizador. El gran Gilberto Gil, flamante ministro de Cultura del nuevo gobierno brasileño, quedó en medio de una situación incómoda al ver que desde la vereda de enfrente muchos de sus amigos apuntaban hacia el gobierno que integra.

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Aquí sucedió algo parecido con el Instituto Nacional de Teatro, que, entre gallos y medianoches, se pretendió digitar para sujetarlo con mayor fidelidad al poder oficial y que los rápidos reflejos de los teatristas lograron revertir. También son habituales las controversias en el medio cinematográfico local sobre las políticas de subsidios y apoyos que brinda el Incaa y hay todavía mucho más por discutir sobre la planificación audiovisual -si acaso existiera- que guía los destinos de Canal 7 y Radio Nacional.

El camino sólo expresado en teoría y nunca llevado a cabo en la plataforma de la Unión Cívica Radical en 1983, que prometía la creación de un ente público no gubernamental para el manejo de los medios audiovisuales oficiales, merecería alguna vez ser mínimamente explorado y extendido hacia otras disciplinas del espectáculo.

La inconveniente dependencia de estas áreas de poderes gubernamentales impidió por largos años la efectivización de las autarquías económicas oportunamente sancionadas y las somete -como ahora mismo- a incertidumbres gratuitas que produce el inminente cambio institucional que tendrá lugar a partir del próximo 25 de mayo.

En un país como el nuestro, donde todavía resulta dificultoso para los funcionarios distinguir lo "estatal" de lo "gubernamental", abrir de una vez el camino alternativo de lo "público" puede resultar provechoso para adquirir la madurez y estabilidad que están requiriendo las industrias culturales en esta hora y permitirían alejar los amagos frecuentes de funcionarios que buscan sujetar este bien a sus propios intereses sin salirse de sus círculos áulicos.

Independizar el mecanismo de selección de funcionarios de estas áreas de la órbita del Poder Ejecutivo procurando, inclusive, que sus gestiones atraviesen distintos gobiernos abonaría mejor y mantendría más fértil y caudalosa la tierra de la creatividad, que debe ser patrimonio nacional y, por eso, sólo sujeta a valores permanentes y no al azar de un resultado electoral.

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