Los amantes de Verona

Pola Suárez Urtubey
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23 de agosto de 2001  

Hay destinos marcados. No sólo en lo que hace a los humanos; también las obras, una vez salidas de la matriz del autor, pueden seguir caminos imprevisibles. Es el caso de "I Capuleti e i Montecchi", que Vincenzo Bellini compuso en 1830 y ahora será repuesta en el Teatro Roma, de Avellaneda. Varias circunstancias la distinguen de otras músicas destinadas a los amantes de Verona. Una de ellas tiene que ver con el hecho de que el libretista Felice Romani no recurre a Shakespeare, como sucede en la mayoría de los casos, sino que, siguiendo el modelo de una pieza teatral de Luigi Scevola estrenada en 1818, asciende a las propias fuentes literarias de la leyenda, es decir al Renacimiento italiano. De tal manera, Bellini pudo hacer cantar a sus enamorados con esos toques de "dolce stil nuovo" impresos por Romani en su poesía. Pero hay otra circunstancia que acentúa el traslado directo de la historia sin su recurrencia a la tragedia de Shakespeare, y es el hecho de que el personaje de Romeo está a cargo de una mezzosoprano, acorde con una antigua convención italiana, en lugar de voz masculina. Según una refinada interpretación del musicólogo italiano Guglielmo Barblán, las dos voces femeninas responden al deseo de llevar a niveles mínimos la diferenciación tímbrica de los amantes, de manera de hacer revivir su desventura por medio de una mágica irrealidad. De ahí que considere irreverente confiar a voz de tenor la parte de Romeo.

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Se sabe que Bellini disponía de escasísimo tiempo para componer esta ópera, acuciado por problemas de organización de La Fenice veneciana. De manera que, una vez aceptado el desafío, prefirió utilizar una parte importante del material de la desafortunada "Zaira", de 1829. Ahora, en cambio, el éxito fue tan grande que después de la tercera representación el público llevó en andas al autor. Habían contribuido al triunfo las cantantes Giuditta Grisi y Rosalbina Carradori. Pero siempre hay alguien que desentona, y para el caso de "I Capuleti e i Montecchi" fue la legendaria María Malibrán, una de las más geniales y caprichosas cantantes de la historia. En 1832 tuvo la ocurrencia de reemplazar no sólo el final de la obra de Bellini por el de la ópera "Giulietta e Romeo", de Nicola Vaccai, sino que impuso a la Scala de Milan el cambio de título. Lo cierto es que estas situaciones eran frecuentes en aquella época, y a menudo los propios compositores se adaptaban a ellas sin decir esta boca es mía. Así se explica que las compañías líricas italianas que vinieron a América a mediados del XIX hayan traído en su repertorio la "versión Malibrán", como surge de una crítica de Sarmiento, escrita durante su destierro en Chile. Sarmiento, desconociendo la historia, habla de la "Giulietta e Romeo" de Bellini. Un episodio para ratificar aquello de que no todo tiempo pasado fue mejor, aunque más no sea porque los caprichos de ciertos divos tropiezan hoy con efectivos recursos de contención.

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