Los pingüinos más bellos

Mónica Berman
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30 de julio de 2015  

Umpinino / Dramaturgia y dirección: Carolina Erlich / Intérpretes: Viviana Aronno, Daniela Calbi / Luces: Carolina Erlich / Realización de títeres: Gabriela Civale / Música original: Mariano Cossa / Funciones: el viernes y el domingo, a las 17 / Sala: Pan y Arte, Boedo 876.

Nuestra Opinión: Muy Buena

La frase "un pingüino" podría no ser fácil de pronunciar para un pequeñín. "Umpinino", entonces, simplifica bastante las cosas. Es evidente que el que utiliza este término aproximado no domina la lengua. Habla, para decirlo de algún modo, por la mitad. Le falta crecer y que le crezcan del todo las palabras.

El título mismo recorta el público al que va destinada la propuesta: aquellos que pueden convertir una palabra en otra, una silla en montaña, una tela en un mar o en unos bloques de hielo. Los que juegan todo, pero todo el tiempo. Pero es mejor empezar por el principio. Mientras los espectadores se acomodan, dos chicas pescan en un mar de tela unos pececitos de juguete. Una pesca, la otra tiene menos suerte. Pronto sabemos que afuera llueve y que no pueden salir. ¿Qué cosas se pueden hacer mientras la lluvia te encierra en un cuarto? Una ideal: contar historias. Aunque el relato haya sido mil veces repetido, aunque haya que insistir. Ya sabemos que la historia del pingüino que se pierde está enmarcada porque se relata. Pero habrá algo mejor aún: la transformación del espacio ante los ojos de los espectadores. Los más pequeños no suelen ser destinatarios de lo metateatral que acá aparece en sus distintas formas: preguntarse por el modo correcto de contar la historia, volver a cambiar las cosas de lugar, proponer otro narrador para el mismo cuento.

La trama es muy simple, casi sin palabras, pero está trabajada con un cuidado de los detalles. Es cierto que ellas transforman el espacio con recursos sencillos y efectivos, pero a diferencia de lo que suelen hacer los chicos que llevan adelante el mismo procedimiento, logran el efecto buscado en términos estéticos, así lo que es tela blanca será nieve y luego agua, y las sillas, dadas vuelta, devendrán picos de montañas.

El relato tiene el ingrediente mínimo de la aventura, tal vez el género favorito de grandes y chicos, pero dos detalles hacen la diferencia: la hechura de los títeres y la manipulación de los mismos. Son profundamente bellos, tanto los pingüinos con sus ojos grandes, sus piquitos y sus aletas móviles como los dos hermanitos. Se ve a los pingüinos llevando a cabo actos de pingüinos: cuando levantan sus aletitas y cuando nadan o a los niños con sus gestos y sus mohines, como si la materia relativamente rígida de la que están hechos se volviera flexible.

El tema de la protección de los animales también se hace presente cuando Nico cuida al pingüino perdido y lastimado reconociendo que cuando esté bien va a tener que separarse de él. Algo que, sin embargo, acepta. Para que la historia termine mejor, sabremos que Nico terminará siendo biólogo marino.

Cuando las obras son, como en este caso, para niños, ellos deben estar en primer lugar. Pero, además, si son conmovedoras es imposible que el espectador adulto no se deje seducir por la belleza.

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