Los terrores del siglo XXI

El film "Gas attack" anticipó los atentados con virus de ántrax
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25 de diciembre de 2001  

En cine, a algunos festivales temáticos les cae el epíteto de "menores" en virtud de que obligatoriamente limitan la selección de material a uno o dos géneros. No suelen ser, en efecto, eventos centrales, pero a veces dan sorpresas. Así ha ocurrido en estos días con el de Cormayeur, una estación de deportes de invierno situada en los Alpes italianos, al pie del Mont Blanc, un festival que focaliza su interés en muestras fílmicas de ciencia ficción y horror. No es el único que reúne material internacional especializado en esa materia, pero es evidente que el sentimiento de una época y las referencias de un mundo cambiante van resignificando las expresiones culturales, y que la fantaciencia y los géneros de suspenso no han escapado a esta regla.

Hasta hace poco, el horror de la ficción pasaba por temores tradicionales, como los asesinos seriales, los "destripadores", los vampiros o las apariciones de seres del más allá, pero ciertos monstruos parecen haber pasado al dominio de la ingenuidad y del ridículo. El incontenible desborde tecnológico desvió el pánico hacia los robots, los mutantes o hacia esos anticipos de la clonación que la fantasía científica plasmó en los replicantes, como aquellos de la paradigmática "Blade Runner". También, a las impredecibles derivaciones de la informática, ya desde la célebre computadora de "2001".

No queda duda acerca de las más conspicuas formas actuales del miedo: las escenas más temidas de exterminio pasan por los atentados de ciertos países de Oriente, de atacantes fundamentalistas sin rostro, mezclados con conflictos de guerras étnicas y persecuciones racistas. El Festival de Cormayeur ha sido una prueba de la gravitación de estas catástrofes en la producción de guiones y films; allí se dieron cita varios títulos que condensan el presentimiento de esas aberraciones actuales, ficciones que enhebran de distinta manera el drama del mundo presente, en un ir y venir entre países centrales, periféricos y la permanente amenaza del extremismo de signo islámico.

Más aferrado a la realidad que a la entrega imaginativa fue "L´autre monde" ("El otro mundo"), donde el cineasta Merzal Allouache reconstruye la odisea de una muchacha franco-argelina que enfrenta al fundamentalismo islámico por amor, un desafío que -dicen- tiene una resolución fílmico-narrativa brillante. Por su parte, el realizador estadounidense John Moore presentó "Behind the enemy lines" ("Detrás de las líneas enemigas"), con el que parece renacer aquel patriotismo norteamericano de los films de posguerra, sólo que ahora -bajo la apariencia de una aventura bélica de banderas y boinas verdes- lo que transcurre tiene un acuciante clima de amenaza: los marines, dispersos en los campos de batalla de Bosnia, tratan de zafarse de los embates de distintas etnias y grupos religiosos.

Profecía del ataque

Las expectativas de Cormayeur se vieron ampliamente desbordadas cuando, en el cierre, se presentó "Gas attack", el film que había resultado ganador en el Festival de Edimburgo, celebrado poco antes. Se trata de la opera prima de un realizador local, el escocés Kenny Gleenan, sorpresa más que resonante para el final de una muestra internacional de módica proyección. Esta película enmudeció a una platea que tardó en reaccionar. Ocurre que se trata de una ficción anticipatoria, pero no por la fantasía de los diseños de la dirección de arte ni por la distancia en el tiempo del asunto narrado: "Gas attack" anticipaba, antes de su concreción, los atentados de septiembre último con asombrosa clarividencia, al punto que no faltó un crítico que lo calificó como "el film Nostradamus".

Gleenan rodó su aventura anticipatoria con intérpretes no profesionales (al parecer, extraordinarios), y los eligió deliberadamente, ya que el film tiene la apariencia de un documental acerca de un presunto atentado sobre la ciudad de Glasgow. Se trata de una epidemia de ántrax, que se va desarrollando como una suerte de gripe por carbunco virósico (!). Cunde el pánico, sobrevienen los muertos, los gritos, la sangre y el dolor. La peste, además, se desenvuelve en medio de feroces agresiones racistas contra los inmigrantes, en especial los kurdos. Entre éstos hay una víctima elegida: una niña inocente que se encarna en un sacrificio propiciatorio.

No hay salvación ni final tranquilizador, sino una ciudad devastada y sometida al toque de queda. La responsabilidad recae en un ingeniero de 32 años afiliado a una organización neonazi del Poder Blanco; este personaje revela, en alucinados manifiestos, que tiene fichados a negros, judíos, homosexuales y musulmanes no fundamentalistas.

El realizador, también autor del guión, parece haber previsto con su imaginación los atentados de ántrax perpetrados en Nueva York, aunque con un desplazamiento geográfico ficcional. Las escenas de pánico colectivo y los intentos de salvamento no diferían mucho de las escenas que la TV neoyorquina registró el 11 de septiembre en las cercanías del World Trade Center. También hace mención, en los diálogos, a un genocidio ejecutado por Saddam Hussein, quien habría exterminado a 5 mil kurdos en sólo tres minutos, apelando a armas químicas. En los días previos a la presentación de "Gas attack" tuvo lugar el brutal asesinato de un kurdo, por lo que la policía de Glasgow estuvo a punto de prohibir la exhibición del film.

A propósito de esta profecía fílmica y de otros fenómenos anticipatorios similares, un crítico afirmó que la ficción y la realidad a veces se cruzan en el camino y, como en un irónico gesto de cortesía, lo real se frena, cede el paso a lo ficcional y le dice: "Usted primero, por favor".

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