Lydia Lamaison: la entrañable villana

Hizo todo con todos: de los Podestá a la Oreiro, pasando por Gogol, los culebrones y Torre Nilsson
Alejandro Cruz
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21 de febrero de 2012  

Fue una dama de apellido de tono paquete que, en sus últimos años, remataba su elegante estampa con un gorro (tenía cientos de ellos). Una señora que cerraba sus días con una copita de champán luego de cenar comida vegetariana. Una abuela de ojos celestes profundos que iluminaron salas teatrales y estudios de cine y televisión durante años, décadas... Apelando a ciertos recortes, así era Lydia Lamaison, esta señora mendocina maravillosa que ayer, a los 97 años, falleció.

"Nací actriz. Según cuentos de mi madre, desde muy chiquita, siempre le decía que quería estar arriba de un escenario", dijo alguna vez. Como buena señora testaruda, se dio el gusto de estar en actividad hasta casi último momento. "Mirá, si me hubiese quedado en casa, quizá sería una viejita chocha total", sostuvo en otra oportunidad a la periodista Moira Soto. Pero no. Eso de quedarse en su casa no era lo suyo. Para nada. Es más, nunca lo fue. "En realidad, yo quería estudiar Psicología, pero no existía la carrera. Entonces, elegí Letras, aunque no me recibí. A los 2 años de empezar la carrera tuve la oportunidad de entrar en el teatro independiente y dejé todo", recordaba en un reportaje que le hice, riguroso té de por medio, hace 11 años.

En teatro se inició en 1935 con la obra Cándida, de Bernard Shaw ("estaba tan contenta que ni tuve miedo"). Desde ese momento, no paró. En 1939 encaró a la gran actriz Blanca Podestá y terminó trabajando en su compañía durante muchos años. Para aquel momento era joven (una juventud fuera de registro para las generaciones intermedias y jóvenes que siempre la conocimos haciendo papeles de madre o de abuela). En la compañía de Podestá presentó Madre mía, de Alberto Vaccarezza. A los meses hizo La vida de Madame Curie, trabajo por el cual obtuvo el premio revelación. De ahí en adelante recibió todos los premios que se puedan ganar tanto por sus trabajos en televisión como en teatro. En 1997, por ejemplo, fue declarada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

A lo largo de su extensa carrera compartió tablas con figuras de la talla de Luisa Vehil, Milagros de la Vega e Iris Marga, y trabajó en las compañías de Blanca Podestá, Paulina Singerman y en la misma Comedia Nacional. "En el teatro independiente aprendí el sentido del rigor, la disciplina y el respeto", reconocía. Y ese rigor, esa disciplina y ese respeto hacia el público los puso en práctica en las casi 300 obras del teatro en las que intervino.

El listado, imposible de reproducir, incluye obras como Los físicos, con López Lagar; Seis personajes en busca de un autor, con la Comedia Nacional; Los invisibles, con puesta de Mario Rolla; Los retratos, junto a María Luisa Robledo; el estreno de Doña Disparate y Bambuco, la genial obra de María Elena Walsh; Pasajeras, pieza de Arístedes Vargas: Gracia y Gloria, de Tom Zeigler; Ricardo III, de Shakespeare, y Parecen ángeles, la versión teatral del programa de la tele.

De todos modos, Lydia siempre recordaba con especial cariño tres obras: Perdidos en Yonkers, en la que componía a una abuela que trazaba un perfecto contrapunto con el personaje Soledad Silveyra; El cerco de Leningrado, el espectáculo con el cual compartió escena junto a Alejandra Boero ("una maga del teatro"), y Un guapo del 900, de Samuel Eichelbaum. Ese texto repercutió en ella de una manera muy especial. Es que una noche, siendo muy joven, fue al teatro Marconi a ver la puesta de esa obra que protagonizaban Milagros de la Vega y Francisco Petrone. "Cómo me gustaría hacer esa obra", se dijo. Aquel deseo habrá sido tan fuerte que terminó representando ese texto en teatro, junto a Rodolfo Bebán, y en cine, junto a Alfredo Alcón con dirección de Leopoldo Torre Nilsson. Con él trabajó en las películas La caída y Fin de fiesta. Con Daniel Tinayre hizo La hora de las sorpresas. Con Fernando Ayala actuó en La fiaca. Con Luis Puenzo, en La puta y la ballena. Y con Diego Sabanés hizo Mentiras piadosas, su último trabajo cinematográfico.

En televisión se inició en el viejo Canal 7. Fue en el ciclo Gran Teatro Universal, en el cual hizo El matrimonio, de Gogol. Aquello iba en vivo. Como sucedió con su debut teatral, tampoco tuvo miedo. Luego vinieron Alta comedia, de María Herminia Avellaneda; Situación límite, de Nelly Fernández Tiscornia; Teatro como en el teatro, de Nino Fortuna Olazábal, y tanto otros. Después, llegaron las telenovelas: Soledad Montalvo, Nano, Muchacha italiana viene a casarse, Hay que educar a papá, Muñeca brava, Provócame, Collar de esmeralda y muchas más.

En los últimos tiempos se convirtió en la abuela (buena o mala) de varios ciclos. Claro que ella prefería hacer de villana. En 2004, reconocía: "No entiendo por qué me están dando personajes de buena, ahora. Yo quiero malas, ¡por favor! En Jesús, el heredero maltrato un poco a mi yerno (Jorge Marrale, ¡qué gran actor!), porque se lo merece. Quiero volver a las malas, son la sal y la pimienta de las telenovelas".

Eso sí: hacer abuela (buenas o malas) no hacía mella en su coquetería. "Hay actrices que no quieren hacer de abuelas. ¡Ni siquiera quieren hacer de madres! Yo las entiendo, hay gente que no quiere envejecer y se mata con cirugías. Yo creo que la juventud está en otro lado, está en querer hacer cosas, en sentirse bien, en ser ubicada..."

Un señora con charme

Hiciera de mala malísima, de abuela canchera o de señora con la sabiduría de su edad, Lydia Lamaison tenía estilo. Y no sólo por esa coquetería entrañable de usar siempre gorros, sus ojos celestes, su espalda siempre erguida o su impecable dicción. Si de grande siempre tuvo su charme, de joven su seducción parece que estaba a flor de piel. De hecho, le gustaba contar la vez que el socialista Alfredo Palacio le dijo: "¡Cómo me gustaría salir a pasear en un coche con capota baja con usted!". Y parece ser que varias veces se subió nomás al coche de aquel piropeador con sensibilidad social.

Años después de que esa anécdota tomara forma, se casó por civil con Oscar Soldati, a quien había conocido en la compañía de Singerman. Quince años después, en medio de una mañana nublada en Mar del Plata, se casaron. Y hubo arroz. Y hubo fiesta. "Yo no sabía nada. Todo fue sorpresa. Así es mi vida...", le gustaba decir.

Soldati murió hace años y ella se aferró más todavía a su trabajo, a su estricta dieta vegetariana, a subir los dos pisos de su casa, a su incansable labor en la Casa del Teatro y a su trabajo. No, ella no hubiera dicho esto último. "Yo no trabajo, actúo. Trabajo es cuando uno se seca el sudor de la frente y dice: «¡Qué horror lo que estoy haciendo!». Pero cuando uno disfruta y sabe que el público disfruta, eso no es trabajo. Ese es el acto más generoso que pueda existir."

A Lydia le gustaba bailar salsa. Antes de irse a dormir, siempre se tomaba su copa de alcohol. Se reía con facilidad, y su risa iluminaba. Tenía humor, muchísimo. Era bella.

Sus restos recibirán sepultura hoy, a las 11, en el Panteón Argentino de Actores. En lugar de ofrendas y flores, sus familiares piden donaciones para la Casa del Teatro.

Lydia dixit

"Yo quería estudiar Psicología, pero no existía la carrera "

"Las malas son la sal y la pimienta de las telenovelas "

"Hay actrices que no quieren hacer de abuelas. ¡Ni siquiera de madres! Yo las entiendo, hay gente que no quiere envejecer y se mata con cirugías... "

"¿Si pienso en la muerte? No. Es algo que no tengo previsto "

""Para mis personajes no uso la parte emotiva porque tengo miedo de que me haga mal. No me voy a acordar de que murió mi mamá..., no me hace bien. Trato de inventar, de no hacer cosas tan naturalistas "

En palabras

SOLEDAD DILVEYRA

Actriz y compañera de elenco en Perdidas en yonkers

"Siento una enorme culpa, vengo pensando en Lydia desde hace diez días, me habían dicho que estaba internada, pero estuve trabajando mucho y no fui. Casi me muero cuando me enteré de la noticia, hubiera querido darle la mano. Lo que puedo decir es que nunca hay que dejar para mañana lo que se puede hacer hoy. Me siento dolida, es una enorme pérdida. Todo en ella era un ejemplo para todos nosotros."

NATU POBLET

Amiga

"Qué se puede decir en una situación así, Lydia tuvo una vida maravillosa, estuve con ella durante 30 años. Toda su decadencia empezó hace un año, desde que se rompió la cadera. A partir de ahí aparecieron los problemas, la vi esta semana y ya se esperaba lo que pasó. Cuando me avisaron lo que sucedió, pensé que ella al fin podría descansar, porque la vi mal esta semana, estaba con muchos dolores en los últimos dos días. Pero me duele muchísimo su pérdida."

DIEGO SABANES

Director de Mentiras Piadosas , su última película

"En los ensayos Lydia tenía su texto aprendido de memoria con exactitud prusiana. Empezaba a decirlo con la misma energía con la que caminaba entre cables y cajones en el rodaje, y todos íbamos detrás, con el temor de que se tropezara. El día que rodamos sus escenas estaba en un sillón enorme. Todos nos sacamos fotos con ella. Lydia estaba sola en el decorado, esperando que yo diera el corte, como esperaba el resto del equipo. No quería interrumpirla, no quería que dejara de ser nuestra abuela. Esta mañana, con sus hiperkinéticos 97 años, Lydia dejó de actuar para nosotros. Brindo por ella, con una copita de Hesperidina."

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