Gustavo Lamas
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Atmósferas opresivas y ritmos upbeat
Con su debut, Disperso (1997), Gustavo Lamas se ubicó entre los principales intérpretes argentinos de música electrónica. A fines de los 90, Lamas (como Leandro Fresco) tomó la vanguardia en sintonía con los pioneros alemanes de liquid techno, como Gas, Pole, Monolake y Porter Ricks. La fórmula consistía en inundar los beats de reverb, generando un efecto similar al dub: música casi ambiental, lenta e hipnótica, en que el ritmo funciona casi como soporte para experimentar con texturas. Lamas hizo una lectura tan interesante del género que su tercer trabajo, Celeste (1999), fue editado por el sello alemán Traum, e incluso ganó la atención de la prensa internacional. Casi diez años después, la electrónica (entendida como un híbrido de techno, pop y música contemporánea) muere de inanición, mientras emergen el noise y la utilización de laptops en músicas más extremas o abstractas, y pioneros como Richie Hawtin retornan a la escena de clubs. Por supuesto que Lamas no es ajeno a la tendencia, y su último disco se ve arrastrado por esta corriente conservadora en que el beat tiene la palabra. A excepción del techno-ambient aptamente titulado "Nublados", Mareo es una versión lo-fi de lo que DJs como Paul Van Dyk o Armin van Buuren suelen hacer en súper producciones. El disco también está signado por referentes ochentosos. "Días" combina las atmósferas opresivas de Depeche Mode o Front 242 con los ritmos upbeat y cuerdas sintetizadas de The Blue Nile, mientras que "Ilusos Dos" devuelve ecos de los viejos maxis de canciones pop. Quizás, lo mejor en un disco amable y superficial.
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