Mi mejor amigo, un gran compañero

Carlos López Puccio
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22 de agosto de 2015  

Daniel era el gran payaso de Les Luthiers. Personaje algo bruto, inculto, pero siempre muy simpático e inocente; autor de grandes torpezas y vergüenzas propias y ajenas. Detrás de ese personaje que él fue puliendo y perfeccionando a fuerza de sensibilidad e inteligencia, se esconde un fino actor y un eficaz humorista. Como tal, fue el más lanzado, el más osado del grupo. Capaz de barbotear aparentes incongruencias en medio de una representación, en busca del camino hacia la risa, que muchas veces encuentra en rincones inesperados para los demás integrantes. Eso es sabiduría, o tal vez intuición. O quizá sólo una feliz desfachatez. Lo que sea... pero siempre me resultó envidiable. Y por si esto fuera poco, Daniel fue, desde siempre, el gran solista vocal del grupo, que sobresalía en géneros populares como el bolero (la mayoría los ha cantado él), o las folklóricas argentinas, música que amó desde chico (inventadas todas por el grupo). Además, tocaba muy bien unos cuantos instrumentos. Ante todo la guitarra (en su juventud integró grupos folklóricos amateurs), pero también tocaba violín y ciertos engendros en los que es insuperable, como el bass-pipe a vara, ícono instrumental de Les Luthiers.

Rabinovich no escribía textos para Les Luthiers. No sé por qué, ya que era "escribidor" de buenos cuentos ("en serio", como aclaró él mismo). En cambio, lo que sí aportó Daniel son unos fantásticos gags, que él iba improvisando en escena.

Como se sabe, Daniel fue escribano. Era de lo que, suponía, iba a vivir, de no haberse cruzado en su vida el éxito de Les Luthiers. Así fue como colgó el diploma, muy feliz.

Además de estas características, Daniel tuvo algo especial: fue mi mejor amigo en Les Luthiers. Nos hemos elegido innumerables veces para hacer cosas como dúo en tantas giras solitarias, como las que pueden resultar de más de cuatro décadas de deambular por escenarios de todas partes. Desde la mutua elección "laboral" de compartir camarín muchísimas veces, a la de cenar juntos, luego de infinitas funciones en los lugares más diversos del mundo. También participan de esta amistad nuestras esposas, que a su vez son amigas entre sí. Fueron charlas extraprofesionales, con cuidado mutuo y cariñoso contacto, nunca interrumpido -ni en vacaciones- por teléfono, correo, Skype... Daniel fue un gran tipo. Noble, inteligente, muy afectivo y generoso. No hubiera podido pedirle más.

El autor es integrante de Les Luthiers

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