Mozart y su noche de furia

Pablo Kohan
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30 de julio de 2015  

Ponche milagroso. El 29 de octubre de 1787, los músicos de la orquesta del Teatro de Praga vieron que en las partituras que habían puesto en sus atriles la tinta estaba fresca. La misma sensación de extrañeza la había tenido algunas horas antes el copista del teatro, Herr Swoboda, cuando Mozart había llegado con el manuscrito recién concluido de la obertura de Don Giovanni. La orden fue inapelable: "Haga las copias cuanto antes". A este relato de avance en retroceso habría que agregar que, en la noche del 28, después del último ensayo, Mozart llegó a su casa y le dijo a Constanze que preparase un buen ponche y que se hiciera fuerte porque la iba a necesitar para que lo apuntalara en las horas nocturnas, ya que faltaba la obertura de la ópera que se iba a estrenar al día siguiente. Y Mozart tuvo su noche de furia. Escribió, escribió y escribió, algo se embriagó, Constanze, la diligente, bien sostuvo y entretuvo a su marido y, tempranísimo, Swoboda recibió los papeles de un compositor desaliñado que, después, hizo lo más razonable y se fue a dormir. Cuando volvió al teatro, no hubo tiempo para ensayar nada y los músicos tuvieron que tocar la obertura a primera vista no sin algún resquemor, además, temiendo mancharse con esa tinta húmeda y negrísima. Y esa obertura magistral, la primera de la historia que anticipa los materiales de la ópera que prologa, fue recibida por el público con gran entusiasmo. Los amantes de Mozart arguyen, no sin razón, que la única explicación posible para suceso tan prodigioso estriba en la genialidad infinita de Wolfgang. Sin embargo, no habría que descartar que alguna parte de ese resultado musicalmente asombroso pudiera deberse también a ese ponche milagroso que Constanze le preparó vaya a saberse con qué ingredientes.

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