"Muchas mujeres hacen una tarea valiente y silenciosa"

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15 de noviembre de 2009  

Entrevistar a las protagonistas y conseguir información para escribir 24x24, un día en la vida de 24 mujeres argentinas llevó a Teresa de Elizalde (entre otras cosas) a avistar una ballena jorobada, asistir a un parto junto a una doula, acompañar a la única arqueóloga de alta montaña que hay en el país, sentarse en la cabina de un Boeing 737-500, presenciar una ceremonia en el templo Bet El, ingresar al despacho de la primera abogada designada jueza de la Suprema Corte, asistir a la preparación de una clase sobre sexo, presenciar el entrenamiento de la primera boxeadora con título mundial. "Fue una linda experiencia, pero no pretendí reunir a las veinticuatro mujeres más importantes de la Argentina. Varias son famosas. También muchas mujeres hacen una tarea valiente y silenciosa, como Liliana Francisconi de Picotti, maestra rural, o simplemente trabajan como Cecilia Huerga, verdulera. Principalmente se me impusieron por su heroísmo diario, por su determinación en construir una identidad femenina", explica la autora.

Elizalde es periodista y fue jefa de redacción de la revista Sophia. Estudió Comunicación Social en la Universidad Austral y tiene un master en Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

"Es habitual escuchar de mujeres que en sus profesiones alcanzan cimas gloriosas, pero la mayoría tuvo que transitar un camino lento y duro. La tarea, ahora, es encontrar un equilibrio entre el hogar, la maternidad y el trabajo. La doctora Elisa Estenssoro, médica jefa de Terapia Intensiva en un hospital de alta complejidad, me decía: El sábado a la mañana, mi marido se despierta y piensa, ¿qué hago: voy a andar en bicicleta o voy a correr? En cambio, yo pienso: voy primero a llevar la ropa a la tintorería o voy al supermercado…" Se avanzó mucho. Sin embargo, en algunos aspectos vivimos como si no hubiese pasado el tiempo.

–¿Qué quiere decir?

–Carmen Argibay Molina me contó que cuando llegó a la Corte, lo llamó al arquitecto del Palacio de Justicia y le preguntó cuántos baños había en el edificio. Le respondió 19. ¿Y cuántos para las mujeres? Tres, uno en el séptimo piso, otro en la planta baja y el tercero quién sabe dónde. Escúcheme, ¿en el resto de los pisos no hay mujeres? Porque la mayoría de las personas que trabaja aquí son mujeres. Yo sé que cuando se construyó el Palacio las mujeres no trabajaban, pero pasaron casi 60 años. A vos te parece que una jueza de la Corte tenga que estar diciendo: A ver muchachos si se hacen cargo y habilitan baños para las mujeres. Y además, baños con una mesa rebatible para cambiar bebes, porque acá vienen muchas madres con sus hijos porque no tienen con quién dejarlos. Casi todas mis entrevistadas tuvieron que abandonar muchas cosas para ser ellas mismas. Renunciar a un buen pasar porque no estaba de acuerdo con sus ideales.

–¿Quién, por ejemplo?

–Para la cantante Patricia Sosa ayudar era ponerse un vestido lindo e ir a cantar en una cena a beneficio. En febrero de 2008 estaba a punto de dar un recital en Córdoba cuando recibió un sobre rojo. Era una carta de Paxi Quillán, cacique de la comunidad toba, que le pedía ayuda. Tardó 15 días en saber qué decía porque estaba escrita en qom, la lengua toba. Los tobas viven acosados por la tuberculosis, el mal de Chagas y la desnutrición. Nunca vieron un espejo, no saben cómo son. Una tarde escucharon el estribillo de la canción Te amaré, te amaré cantado por Sosa e interpretaron que se trataba de un mensaje divino y salieron a buscar a la dueña de la voz. Ella dejó todo, trepó a su camioneta y ayudada por un grupo de fans y los curas de la iglesia de Pompeya se fue al Chaco. Montó la fundación Pequeños Gestos, dispuso un galpón para recibir donaciones y abrió una cuenta en un banco. Sosa asegura que ahora la comunidad "tiene otro brillo en los ojos".

–¿Qué otro caso?

–A Gabriela Bellazi siempre le gustaron los animales marinos y le iba muy bien con su trabajo en una agencia internacional de publicidad. Pero una mañana de 1996 leyó que un acuario de Mar del Plata planeaba capturar una orca y se propuso impedirlo. Habló con jueces, abogados, periodistas, investigadores y organismos internacionales y no se detuvo hasta que logró frenar la captura. Después viajó a Puerto Pirámides para ver las orcas y sintió que ése era su lugar. A su marido le dijo: "Si querés venir, vení. ¡Pero yo me quedo acá!" Pasó años muy duros, pero actualmente, es la presidenta de la Fundación Tierra Salvaje, ONG dedicada a la preservación del medio ambiente y la fauna marina. Vive con Fabián, su marido, y Mel, su hijo de 10 años, en la calle De la Ballena, en Puerto Pirámides, Península de Valdés.

–Comentaba que había asistido a un parto con una doula. ¿Qué es?

–Silvia Kennedy, una de las protagonistas del libro, es doula. Una de las tareas más antiguas del mundo, la encargada, sin reemplazar a la partera, de acompañar a las mujeres durante el parto, el embarazo y el puerperio. Ella es la que genera las condiciones que la parturienta necesita y que muchas veces no puede pedir. La que sabe cuándo hay que callar, acariciar, bajar las luces, dar la mano, hacer un chiste para ahuyentar el miedo o para que el propio cuerpo actúe como analgésico. "Para cambiar el mundo hay que cambiar la forma de nacer", insistía Michel Odent, obstetra francés que promovió durante los años 50 la humanización del parto. Silvia es discípula de esa filosofía.

–¿Algo para recordar?

Si, un dicho de la jueza Carmen Argibay Molina que me parece muy gráfico. Me dijo: "El techo sigue estando cerca para la mujer, pero por lo menos ahora tiene agujeritos por donde una puede colarse…"

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