Mujeres encendidas

En Almas ardientes, nueve intensas actrices, bajo las órdenes de Alejandro Tantanian, vuelven al caótico diciembre de 2001
Alejandro Cruz
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31 de agosto de 2014  

Escribe Santiago Loza: " Almas ardientes es un paseo por lo banal, lo minúsculo, lo efímero. Y es también un viaje que, accidentalmente, desemboca en abismos de misterio".

Hasta desembocar en este ensayo, en una sala del Teatro San Martín, debió pasar mucho tiempo. Hace dos o tres años, el director (y dramaturgo y cantante y actor) Alejandro Tantanian tuvo ganas de volver a trabajar con varias de las actrices a las que había dirigido. Ésa fue su premisa de casting: juntarlas a todas y darse una panzada de teatro.

En verdad, cómo no darse una panzada si en escena están Mirta Busnelli, María Onetto, Analía Couceyro, Stella Galazzi, Maricel Álvarez, Gaby Ferro, María Inés Sancerni, Eugenia Alonso y Paula Kohan.

O sea, y vamos a ser claros en este punto: animales de la escena, actrices en estado puro de la actuación, mujeres experimentales y populares y alternativas. Actrices intensas. Actrices alteradas. Actrices ardientes.

Esa vez hubo una reunión en un bar de Libertad y Santa Fe que fue como el kilómetro cero de todo esto. Inmediatamente, hubo acuerdo, ganas de darse esa panzada de teatro. En aquel principio, Tantanian (¿será necesario decir que se trata de una de las voces más personales de la escena actual?) se imaginaba escribir el texto, pero esa idea no prosperó. Como en esos momentos andaba imaginando con Santiago Loza la puesta de Nada del amor me produce envidia, lo invitó a sumarse. Y, en esto de los acuerdos, Loza (¿será necesario decir que se trata del dramaturgo de mayor proyección?) se sumó.

La obra también aborda el tema de los acuerdos, de la búsqueda de consenso en tiempos de ruptura social. Cada vez que estos seres se reúnen en el taller de literatura que ellos mismos inventaron transitan líneas de tensión y disputas con un dejo de humor molesto, inquisidor, paródico, chispeante.

En medio de estas capas, hay algo que no admite dudas: todas tienen la sensación de estar viviendo un fin del mundo, un final que pone en jaque sus realidades de señoras (y una señorita) en estado confortable de futuros perfectos. "Lo estoy sintiendo, acá se termina todo. Es el final de todos los finales. Tengo miedo del mundo", dice una ellas, repiten todas.

Todo esto que ahora ensayan se estrena el viernes. Se llama Almas ardientes. Es uno de los espectáculos más esperados de la temporada del San Martín (y de la temporada toda). Transcurre en plena crisis del 19 y 20 de diciembre de 2001. Las ocho señoras y una señorita padecen esa asfixia social e individual de un tiempo acorralado recreado en tiempos defaulteados.

Volvamos a los primeros tiempos. La idea era presentar la obra los lunes en alguna sala alternativa, en algo así como la banda negativa del circuito teatral. No pudieron. Santiago Loza ya había escrito un texto protagonizado por una mujer de clase alta en plena caída de De la Rúa (y de ella y de nosotros). Era un monólogo. Un monólogo al que, luego, le fue adjudicando personajes para darle cuerpo a un trabajo eminentemente coral. En el proceso, tuvo charlas con varias de las actrices. También se reunió con militantes de izquierda que estuvieron en las manifestaciones de aquel diciembre encendido. Entre esas voces, tuvo un encuentro con María Onetto, quien le habló de la transverberación de los santos, experiencia mística como la de Santa Teresa. Eso se unía con la voluntad de Tantanian de incorporar lo religioso, elemento clave en la vida de las convenciones de estas mujeres encerradas en sus propios monasterios. "Desde lo personal, son seres que yo cuestionaría, pero en la obra no hay condena. Intento transitar ciertas interioridades", dice, casi, en voz baja.

Hay otras interioridades en estado latente. Loza, por ejemplo, cree que con esta obra cierra algo así como su tránsito por voces femeninas en obras que llamó La mujer puerca y Mau Mau (por tomar obras en cartel) o el mismo programa de la televisión que llamó Doce casas, que se inició con Marilú Marini, con quien le queda una puesta pendiente, y ciclo en el que actuó Tantanian.

Cuando el año pasado lo llamaron del San Martín, se le ocurrió sacar a relucir este viejo proyecto en estado de retoque final. Lo presentó. Pensó que, tratándose de una sala pública, tratándose de un texto que se alimenta de la crisis de 2001, tratándose de un material que interpela al tipo de público que va al San Martín, no le iban a dar bola. Pero la bola comenzó a girar. Ahora mismo, gira. Y ahí está: en una de las salas del San Martín, después de haber pasado por otros recovecos, ensayando hasta que desembarque en pocos días en la Casacuberta. Será, de paso, el primer texto de Loza que se estrene en este teatro.

Seres examinados

Volvamos a ellas nueve. Recordemos sus nombres: Mirta Busnelli, María Onetto, Analía Couceyro, Stella Galazzi, Maricel Álvarez, Gaby Ferro, María Inés Sancerni, Eugenia Alonso y Paula Kohan. En un alto del ensayo, Alejandro Tantanian cuenta: "Les tirás una y te devuelven cien. Y tenés todos los colores, y son todas muy distintas, y son todas muy intensas. Yo estoy contento porque todo el tiempo están defendiendo el trabajo. Eso se ve. Tiene cuerpo. Cada vez que una tiene su escena, ataca. Y esa pulsión la tienen todas, y todas con diferentes texturas, con diferentes personalidades".

Sus palabras toman especial relieve después de haber escuchado a Analía Couceyro, como una tal Sofía, diciendo un poema erótico que había escondido en su corpiño. El poema habla de un bosque de falos erguidos, turgentes, desafiantes. En esa microescena ataca con una variedad de recursos que impacta. Es uno de los momentos en los que la obra hace foco en una de ellas. Es uno de los momentos en los que, del lenguaje coloquial, se pasa a un registro más lírico. Es uno de los tantos momentos en los que la paleta de tonalidades e intensidades se amplía, cambia de registro.

Si durante el ensayo Tantanian vive la situación con indiscutible placer, cuando Loza las ve ensayando se siente un tanto distante. La sensación no es nueva. Él, premiado cineasta, de tanto hacer teatro ya se siente ajeno haciendo cine. Él, premiado dramaturgo, de tanto hacer cine ya se siente ajeno haciendo teatro.

Hay otras extranjerías en juego: "Yo las veo tan intensas que me siento como detrás de un vidrio porque no tengo herramientas para engancharme". Sentado ahí aprende, observa, se sorprende por los trayectos de cada una. "Entre ellas, supongo que ha habido un montón de idas y venidas. Pero como ya son grandes, es como si todo lo que podría haber pasado entre ellas, pasó. Y lo pasan bien, y juegan, y se divierten. Deben saber que ya no está en juego el prestigio, por eso se manejan con una irreverencia total", piensa en voz alta. Cierto, se lanzan como si no tuvieran red; aunque la tienen. Es que cada una (hasta Paula Kohan, la más joven) ha construido esa red a lo largo de años de desafiantes batallas escénicas.

En medio de un escenario, de una trama copada por mujeres, aparece y desaparece Santiago Gamardo. Su personaje (o sus personajes) no tiene texto. Tantanian lo imaginó como un macho alfa, como una proyección del deseo de ellas. Durante la obra, durante el ensayo, cambia sus formas. Ahora, por ejemplo, baila una cumbia guarra de Diego Penales (uno de los tres músicos en escena) moviendo las caderas mientras ellas entran en estado de excitación contenida (pero excitación al fin). Cantan y repiten: "El corazón es una tómbola". Y se ríen con ganas hasta que, de golpe, la realidad.

Hay otro soporte sonoro que irrumpe violentamente: son los relatos televisivos de la época en medio de un discurso roto en tiempos de rupturas, de quiebre, de fin de un mundo y la apertura de este mundo, de una poética del susurro casi en estado confesional.

Alejandro Tantanian escribe: "Almas ardientes es un sismo de dimensiones gigantes en el corazón de estas mujeres, un despertar, un viaje hacia el silencio y la conciencia, y es también, claro, la felicidad de ver juntas sobre un escenario a estas nueve mujeres, desafiando la tormenta y pasándola bomba".

Afuera, aquel 19 y 20 de diciembre de 2001 estallaron varias bombas. La puerta del Teatro San Martín fue uno de los tantos escenarios de aquella escena del caos, del fin, del mundo en llamas. Ese estado de las cosas es el que, desde el viernes, llegará al San Martín.

Nueve mujeres con capacidades múltiples

El elenco de Almas ardientes

1 Mirta Busnelli

Puede hacer un unipersonal con Tantanian en el Goethe de formato experimental. Puede descollar en Graduados. Puede todo.

2 MarÍa Onetto

En la película La mujer sin cabeza (Lucrecia Martel) era pura interioridad. En La escala humana (Tantanian y amigos) era puro desborde. Todo, con inquietante densidad, fluye en ella.

3 AnalÍa Couceyro

Rostro en estado puro de expresión. De El corte, un trabajo ya lejano en el tiempo, a la película Los rubios (Albertina Carri), no hay forma de que su trabajo pase inadvertido.

4 Stella Galazzi

Delirio puro en un clásico griego (Adrián Muscari); pura sensualidad, desborde contenido, intensidad en Los sensuales (otro trabajo de Tantanian).

5 Maricel Álvarez

La más experimental del grupo. Por eso ha hecho textos de Sophie Calle, Elfriede Jelin o Rodrigo García. Pero también Biutiful junto con Javier Bardem.

6 Gaby Ferrero

Otra intérprete sumamente personal. Ya trabajó en el San Martín dirigida por Tantanian. Ya conoce la densidad de los textos de Loza (de hecho, protagoniza Mau Mau).

7 María Inés Sancerni

En Dens in dente expresaba todo lo imaginable, casi sin moverse. Algo similar sucedió con el perturbador monólogo de Todo verde (texto de Loza). Actriz exquisita.

8 Eugenia Alonso

Es la otra protagonista de Mau Mau, obra actualmente en cartel. Ha hecho otras junto a Nacho Gitti y Ciro Zorzoli, siempre, con una intensidad que cautiva.

9 Paula Kohan

La más joven del grupo. Actriz y cantante (de hecho, en Almas ardientes se da el gusto de hacer las dos cosas). Trabajó en montajes de Javier Daulte.

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