A quince años de la despedida no anunciada de Los Redondos

La última vez de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
La última vez de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
El 4 de agosto de 2001 Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota dio su último show; fue en el Estadio Chateau Carreras de Córdoba, que hoy se llama Mario Kempes
Joaquín Vismara
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4 de agosto de 2016  • 14:25

El 4 de agosto de 2001, en la capital cordobesa ocurrió una separación con miles de testigos que no supieron sino hasta tiempo más tarde qué era lo que habían presenciado. Hace exactos quince años, el Indio Solari y Skay Beilinson compartían un escenario por última vez como partícipes necesarios de la usina creativa de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota ante 45 mil espectadores que poblaron el Estadio Chateau Carreras (luego rebautizado Mario Kempes), un récord de convocatoria que ni el propio Paul McCartney pudo superar hace algunos meses en su última visita al país. Con una dinámica interna horadada por diferencias creativas y comerciales, cantante y guitarrista subieron al tablado con la determinación de ponerle fin a más de veinte años de historia, algo que fue recibido como sorpresa fulminante tres meses después a partir de un anuncio oficial.

El show en Córdoba fue el punto final para un recorrido que comenzó como un desprendimiento satélite de la vida comunitaria que La Cofradía de la Flor Solar inauguró en La Plata, continuó en una Buenos Aires bohemia y noctámbula y terminó en el fenómeno de masas más grande que jamás haya registrado la cultura popular argentina. En todos esos años, el crecimiento de los Redondos estuvo regido por la necesidad de no adaptarse a reglas de terceros. En vez de eso, el grupo buscó no solo la creación de un universo propio edificado con letras crípticas y una galería de personajes oscuros y entrañables, sino también la revalidación del esfuerzo invertido a través de la autogestión, una actitud que serviría de modelo para un abanico de artistas que van de La Renga a El Otro Yo.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota nació como un fenómeno raro dentro de una escena ya de por sí particular. Como parte del underground porteño, la banda desplegaba performances que iban más allá de la música, con intervenciones teatrales, monólogos a cargo de Enrique Symns, coreografías y escenas de varieté trasnochado. Discos como Gulp!, Oktubre y Un baión para el ojo idiota fueron el telón sonoro de la formación de este relato, con dosis extra de surrealismo, una serie de referencias literarias que podían ir de Carlos Castaneda a los autores del Siglo de Oro español y un discurso enrevesado y políticamente comprometido a la vez. Al momento de su cuarto disco, ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado, Los Redondos ya eran un grupo que podía pisar el escenario de Obras Sanitarias.

Con la masificación de su obra, se dio el surgimiento de la identidad ricotera. Solari y Beilinson pasaban a ser los portavoces de los sin voz, la válvula de escape de pibes con un futuro postergado u olvidado. Sin contar con el apoyo de una productora de espectáculos y basándose casi exclusivamente en el boca en boca, Los Redondos pasaron a convocar espectadores de a miles, capaces de llenar estadios de fútbol tanto en Capital Federal (la primera prueba en Huracán, en 1994) como en el interior del país (Tandil, Santa Fe, Mar del Plata), con peregrinaciones masivas que empezaban a dejar en claro que los recitales pasaban a ser tan solo una porción más de una experiencia totalizadora y tribal.

Después de una trilogía de discos ( La mosca y la sopa, Lobo suelto cordero atado y Luzbelito) que alimentó su propio culto y sintonizó con el clima de época del por entonces ascendente rock barrial más por convocatoria que por afinidad sonora y estética. Mientras grupos como La Renga o Los Piojos llenaban estadios apelando al nervio rockero más crudo y a su amalgama con la cultura rioplatense respectivamente, Patricio Rey sintió la necesidad de desafiar a su propio público para no abandonar sus inquietudes artísticas. Último bondi a Finisterre, publicado en 1998, llevó a la banda a incursionar en texturas y sonoridades electrónicas, una decisión a contrapelo que se profundizó dos años después con Momo sampler. Las aventuras por nuevos terrenos no solo generaron asperezas entre un público fiel y más propenso a la ortodoxia ricotera, sino también entre los dos encargados de timonear el barco. Una disputa sobre la tutela del material fílmico de un show de la banda en el estadio de Racing fue el desencadenante de una disolución abrupta e irreversible que tuvo su correlato en las carreras casi antagónicas que Beilinson y Solari llevaron por separado en sus sendas solistas.

Desde aquel 4 de agosto de 2001, el público ricotero quedó huérfano, y la herida aun está lejos de cicatrizar. El cántico de “solo te pido que se vuelvan a juntar” aparece espejado en los shows de Skay y el Indio porque, si bien Los Redondos fueron el ariete de una escena que tuvo una camada de herederos de distinta índole, ninguno supo o sabe abarcar todas las aristas del fenómeno para llenar el vacío en su totalidad. Y mientras Soda Stereo, eterno rival implícito para la tribu ricotera, reconfigura su historia a partir de una alianza creativa con el Cirque du Soleil, Patricio Rey está cada día más lejos de volver de su letargo en cualquier formato.

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