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"Aída", de Verdi, en un espacio insólito

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19 de agosto de 2002  

"Aída" , de Giuseppe Verdi. Elenco: Haydée Debusti, María Luján Mirabelli, Carlos Duarte, Enrique Gibert Mella, Marcelo Boluña, Cristian De Marco, Analía Gómez y Sergio Tchabrassian. Coro del Instituto Municipal de Música de Avellaneda. Orquesta y Coro de la Opera del Buen Ayre. Director: Ronaldo Rosa. Organizado por la Opera del Buen Ayre. Función del sábado 18, en La Manufactura Papelera de San Telmo.

Nuestra opinión: muy bueno

Grata sorpresa y nostalgia provoca la idea de representar "Aída", de Verdi, en un recinto íntimo, sugerente y acogedor. Se trata de una representación en un espacio diferente de todo escenario de teatro tradicional. Uno se ubica en torno de un salón cuya arquitectura se completa con una galería superior sobre columnas, donde también hay localidades y espacio para algunas intervenciones de los cantantes, del coro, y los personajes actúan en el centro del espacio, que obviamente no tiene un frente propiamente dicho.

Tampoco hay foso, pero sí una orquesta que está ubicada en uno de los lados, disimulada con un cortinado que deja a la vista, por un resquicio, el atril del director, cuya imagen iluminada aparece duplicada en un monitor. Causa zozobra la presencia de micrófonos y parlantes en los cuatro ángulos del salón, adminículos de una tecnología siempre considerada negativa para el arte del canto lírico académico y de la música instrumental en general, cuando se trata de escuchar en forma directa.

Crea un interrogante de cómo será posible una versión de "Aída" concebida para grandes escenarios, con su compleja escena triunfal y la ampulosidad decorativa que puede sugerir el Egipto milenario. Por fin, hay nerviosidad, no exenta de preocupación, por la suerte que han de correr los cantantes que enfrentan ahí, a escasos metros del público, partes de tanta entrega y extensión como las que impone Verdi.

Al comenzar la acción y escuchar la respetuosa manera de ofrecer la música, el escepticismo deja lugar a la sorpresa, y cuando aparecen Ranfis y Radamés, con voces bien timbradas que se escuchan con total nitidez, corre un escalofrío por la médula y una sensación de orgullo y alegría.

Es que, contrariamente a lo esperado, teniendo en cuenta las dificultades de las partes vocales, el elenco hace gala de aplomo, profundo conocimiento de la obra, entrega, temperamento, pasión y sinceridad al cantar sin artilugios.

Una obra que atrapa

Entonces nos va atrapando la obra más que nunca; lentamente el texto se sigue con meridiana claridad, nos embelesa la inspiración de cada frase musical, y al llegar el gran dúo del tercer acto, escena cumbre de la obra donde padre e hija sufren incontenible sacudón afectivo, surge el recuerdo de nuestro padre cuando se lo escuchaba sentado en sus rodillas, la historia del pasaje de Napata y de cómo Radamés ha de morir en una tumba impenetrable.

Y se escucha al tenor Carlos Duarte, que dice Radamés con impecable expresión, voz poderosa y bien timbrada (creemos que son pocos en el mundo con igual guapeza y efectividad), a la soprano Haydée Debusti, que crece a cada instante hasta dar un tercer acto admirable. Es la esclava frágil, temerosa y doliente que imaginó Verdi.

María Luján Mirabelli pone su arrolladora personalidad y su decir vehemente para Amneris, que, en la escena del juicio, alcanza notable intensidad dentro de la mejor tradición, y el barítono Enrique Gibert Mella, experimentado, sabio para dar el tono épico y fraterno del guerrero y padre Amonasro. Es profesional sin mácula.

Y se observa el ropaje magnífico de la puesta imponente de tantos años, de Roberto Oswald, facilitada por el Teatro Colón, que aquí cumple la función de ambientar, de dar una pincelada vital para que la grandiosidad arquitectónica se complete en la imaginación de la gente.

El drama de los personajes, el aspecto mejor tratado y distintivo de "Aída", se vive con intensidad y atrapa la atención. Las debilidades de afinación, que las hay, el empaste del coro no logrado, la orquesta que no alcanza un nivel de ejecución impecable, o algún cantante algo alejado de precisión y justeza rítmica son factores que pesan poco.

Es que la puesta de Eduardo Casullo es inteligente, refinada, con ideas para no detener la acción con cambios de decorados que sólo se sugieren. La atmósfera está lograda, las bailarinas y coreutas aportan su estampa para crear las escenas. Es un milagro que hoy se repite, en el mismo lugar, a las 19, seguramente con otros cantantes.

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