Allegro

Pablo Kohan
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10 de diciembre de 2009  

El material de Kirnsten Flagstadt

Si tomamos a los seres humanos como una suma de materiales orgánicos muy específicos, podríamos afirmar, biológica o químicamente, que todos somos exactamente iguales ya que, efectivamente, tenemos la misma cantidad de esos componentes esenciales con los cuales estamos hechos. Sin embargo, esas proporciones somáticas igualitarias parecen cambiar cuando los hombres y las mujeres son apreciados según las actividades que realizan. Por ejemplo, los apasionados habitantes de los tablones, encuentran que las fibras miocárdicas de algunos jugadores de fútbol tienen una calidad especial de acuerdo a cómo empujan, se juegan y enfrentan las adversidades. Y también valoran ciertos atributos masculinos, crudamente expresados. Los amantes de los trebejos, ven en los ajedrecistas cerebros de neuronas privilegiadas, capaces de desarrollar estrategias y movimientos que sólo ellos pueden imaginar. Para los fanáticos de la ópera, mucho más etéreos, los cantantes, más allá de la técnica, están dotados de sensibilidad y alma, sustancias nobles que escapan a las consideraciones de la química. Hans Knappertsbusch, sin embargo, lo veía distinto.

En 1957, en Viena, estaba todo dispuesto para la grabación del primer acto de La valquiria, con la gran soprano noruega Kirsten Flagstadt y se había destinado para la sesión un tiempo sumamente extenso. El director alemán, que la sabía maravillosa, intuía que, seguramente, quedarían ociosas unas tres horas y le preguntó al productor, John Culshaw, si no podrían utilizar la oportunidad para avanzar en otros proyectos que involucraban a la Flagstadt. Culshaw dijo que sí pero supuso que, tal vez, la soprano pudiera estar cansada. "¿Cansada?", se sonrió Knappertsbusch y, más metalúrgico que biológico, aseveró, "esta mujer está hecha como un acorazado de guerra".

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