Allegro

Rubinstein, una desmentida al mito de que los artistas son ajenos al placer mundano
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13 de diciembre de 2001  

  • Hay libros de escritos personales que se han revelado como una fuente invalorable para conocer modos, caracteres y pequeños detalles de grandes músicos a los cuales la historia de la música o, mejor dicho, cierto tipo de historiografía musical se ha encargado de otorgarles cierta aura de próceres impolutos y, por lo tanto, poco amantes de placeres mundanos, aquellos únicamente reservados para almas menores, para simples mortales.
  • Anton Rubinstein, por ejemplo, fue uno de ellos. Nacido en el distrito de Podolsk, cerca de Moscú, en 1829, fue uno de los más grandes pianistas de su tiempo. Los empresarios de aquellos años gustaban de hacer mención de que era más veloz y más brillante que Liszt, ciertamente una comparación que en nada beneficiaba ni a uno ni a otro. Hacia 1860, por un lapso de algunos años, se radicó en San Petersburgo, donde fundó y dirigió el conservatorio de la ciudad, en el cual recibiría, algunos años más tarde, a Tchaikovski, su alumno más célebre. A Rubinstein se lo presentó como un músico severo, un "alemán dentro de Rusia", dedicado a exhibir descaradamente el poder que su puesto le otorgaba. Sin embargo, el libro "Memorias y aventuras", de Pauline Viardot, una mezzosoprano de gran renombre del siglo XIX, ha servido para conocer otras facetas del pianista. Viardot, que lo recibió en su casa de París, escribió que el músico ruso le había confesado que él no bebía, pero que, en cambio, tenía otra pasión, que, según él, era casi una adicción irrefrenable: el sexo. Grandilocuente y sonriente, Rubinstein dio muestras de sus virtudes de gran amante. Sacando pecho y con una sonrisa seductora que no es difícil imaginar, le dijo a la cantante: "Si tuviera que educar y alimentar a todos mis hijos, no me alcanzaría ni siquiera el doble de la fortuna de los Rothschild".

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