Allegro

Los directores de orquesta fascinan no sólo por su talento, sino por sus coreografías en el podio
(0)
27 de diciembre de 2001  

  • Hacia mediados del siglo XIX, los divos de la escena musical eran los cantantes y algunos instrumentistas que, tras las huellas de Paganini y a puro virtuosismo, se habían ido incorporando al privilegiado mundo de las estrellas. Sin embargo, el tiempo fue pasando y, a medida que los compositores románticos fueron profundizando y ampliando los espectros de la escritura orquestal, apareció el astro que faltaba: el director. Algunos más, otros menos, como las luminarias del canto o de la ejecución instrumental, los directores de orquesta, desde entonces y hasta hoy, comenzaron a fascinar a los públicos no sólo por las habilidades musicales que pudieran desplegar sino también por sus coreografías en el podio, sus cabelleras agitadas, sus conductas de artistas en estado de iluminación milagrosa y, ocasionalmente, por la firmeza o el autoritarismo exhibidos en el momento de tener que conducir los manejos musicales. Indudablemente, comandar las acciones cuando está coincidiendo un centenar de músicos no es tarea sencilla y la capacidad de mando no puede resentirse porque algún miembro de la orquesta opine diferente o porque un solista decida imponer sus propios pensamientos. Las maneras en las cuales se solucionan estos conflictos siempre latentes pueden asumir distintas modalidades. Y no siempre es el director el que tiene los mejores argumentos.
  • Arthur Schnabel estaba en Los Angeles ensayando un concierto de Beethoven con una orquesta que dirigía Otto Klemperer. Casi imperceptiblemente, con mínimos movimientos, desde su butaca, el pianista les hacía indicaciones a los músicos para que tocaran un poco más rápido. Apenas Klemperer notó esta actitud interrumpió el ensayo y le dijo: "Arthur, ¡aquí hay un director!" "Lo sé", contestó el pianista, "y aquí hay un solista. Pero, Otto, con este tempo, ¿dónde está Beethoven?"

    ADEMÁS

    MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

    Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

    Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.