Allegro

El violín de Jascha Heifetz tenía un comportamiento caprichoso
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27 de junio de 2002  

  • Florencia, Roma, Venecia, Nápoles o Bolonia, entre otras más, son ciudades italianas desde las cuales surgieron escuelas, géneros y movimientos musicales admirables y paradigmáticos. Incluso, se podrían recordar, precisamente, los nombres de Mantua, Génova o Ferrara. Pero desde Cremona no llegaron ni las primeras óperas ni los madrigales más notables, ni las obras eclesiásticas más destacadas ni ningún modelo de obras instrumental o vocal que fuera digno de alguna atención. Apenas si fue la ciudad en la que nació Monteverdi. Pero como la música no debe ser reducida sólo a los compositores, las obras y los intérpretes, cuando se habla de esta ciudad lombarda, a orillas del Po, hay que destacar que ahí desarrollaron sus increíbles habilidades los Amati, los Guarneri y Antonio Stradivari, más conocido, este último, cuando a su apellido se le agrega una declinación latina que, en realidad, nunca tuvo.
  • Cómo hacían sus violines, violas y chelos los luthiers de Cremona es un misterio que se ha ido con ellos. Los secretos de los barnices y de los tratamientos de las maderas de cada una de estas familias estuvieron mucho mejor guardados que la célebre fórmula de una gaseosa, que con seguridad debe estar rigurosamente consignada, aunque, claro, bajo demasiadas e inalcanzables llaves.

    En muchas oportunidades, se les atribuyen a estos instrumentos los milagros que producen los grandes violinistas, según este tipo de consideración, apenas los correctos artesanos que los hacen sonar. Jascha Heifetz, en cierta ocasión, debió defender la parte que a él le tocaba en la interpretación. Después de un recital, una insigne dama neoyorquina le dijo: "Hoy, su violín ha sonado maravillosamente". "¡Qué curioso! -le contestó Heifetz- Con usted se porta mejor que conmigo. Todo el día me lo he estado poniendo contra el oído, pero el muy perverso no quiere sonar."

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