Allegro

Pablo Kohan
(0)
15 de mayo de 2003  

  • Temeroso, apocado, inseguro, el carácter de Anton Bruckner parece diseñado para ejemplificar más de una neurosis. Retraído, taciturno, maníaco e irresoluto de modo enfermizo, cuesta encontrar algún paralelo entre una personalidad con esas características y la opulencia sonora, la clara determinación que guía sus construcciones formales y la fantasía y la originalidad de su música. En el marco de la discusión entre wagnerianos y brahmsianos de la segunda mitad del siglo XIX, el compositor austríaco, nacido en una pequeña aldea cerca de Linz en 1824, pasó a formar parte del bando de los primeros aunque no por propia determinación, sino porque el elogio de Wagner, por cierto, nada desmedido, para con sus primeras sinfonías movió a sus seguidores a erigirlo como el verdadero representante de la propia tropa en el campo de la música sinfónica. Estas determinaciones ajenas le otorgaban una sensación de poder que, él mismo, era incapaz de producir.
  • Cuando era él quien debía enfrentar situaciones que le exigían responsabilidades o algún tipo de comportamiento que implicara la toma de decisiones, nuevamente lo desbordaban las vacilaciones y se expresaba a pleno su inveterado complejo de inferioridad. En cierta oportunidad, el gran Hans Richter lo invitó a dirigir una de sus sinfonías con la Filarmónica de Viena. Emocionado y feliz, pero también arredrado y vergonzoso, como de costumbre, Bruckner llegó al ensayo muy temprano. Fue observando cómo se ubicaban los músicos y ,cuando todos ellos estuvieron en sus lugares, ascendió hasta el podio. Permaneció duro e inmóvil por un largo tiempo. El concertino de la orquesta, con suma gentileza, le dijo: "Herr Bruckner, nosotros ya estamos listos, puede comenzar". El compositor contestó apresuradamente: "Oh, no, caballeros, de ningún modo, después de ustedes".

    ADEMÁS

    MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

    Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

    Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.