Año radiante, a pesar de todo

Pola Suárez Urtubey
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27 de diciembre de 2001  

Pueden enumerarse incontables desdichas argentinas en este 2001 que termina. Sin embargo, es imposible negar que fue un año radiante para la música clásica. Siempre se ha dicho con orgullo que Buenos Aires es una de las grandes capitales musicales del mundo, lo cual es cierto en la medida en que por aquí han desfilado casi todas las más prestigiosas orquestas y conjuntos de cámara europeos y estadounidenses, afamados instrumentistas y cantantes de categoría excepcional, grandes ballets y estrellas de la danza, formidables directores de orquesta y compositores de la talla de Respighi, Puccini, Hindemith, Penderecki, Dallapiccola, Messiaen, Copland, Boulez y otros no menos gloriosos. Todas esas presencias han condicionado una vida musical de excepcional categoría, lo que vendría a justificar la ubicación de Buenos Aires en el mapa internacional.

Sin embargo, ¿hasta qué punto es lícito adjudicarle esa categoría, cuando todo ese prestigio emana de luces ajenas, de personas de paso, cuya presencia se debió a menudo a la disponibilidad económica de quienes los han contratado?

* * *

Otra cosa es averiguar qué es lo que Buenos Aires, como centro cultural del país, ha producido con los propios compositores argentinos, sus orquestas y coros, ballets, instrumentistas, cantantes o escuelas de música. Porque si se eliminara lo que llega de afuera -y ojalá esto nunca ocurra porque sería una catástrofe-; pero, si se hiciera abstracción de lo extranjero, ¿se seguiría afirmando que Buenos Aires es una gran capital musical?

Días atrás, en estas páginas, Martín Liut señaló que los músicos argentinos pasan por un gran momento, y eso es totalmente cierto. Pero esos resultados -según surge asimismo de la nota- no sólo emanan de sus aptitudes personales para el arte: también tienen que ver con la actitud activa que asumen hoy jóvenes compositores e intérpretes para poner en marcha programas de acción, sin esperar apoyos estatales (que en algunos casos son calamitosos) ni milagros del cielo. Se unen en imaginativas propuestas, buscan mecenazgos privados, aunque sean modestos, y hacen surgir como hongos lugares aptos para reunir público y hacer música. Inclusive diversos templos, bajo el estímulo de religiosos de gran sensibilidad para el arte, han reverdecido una tradición secular y organizan conciertos regulares, donde organistas, coros y conjuntos instrumentales acuden no sólo al repertorio básico dentro de sus propios credos, sino contemporáneo. Y toda esta situación se está dando en varias otras ciudades argentinas. Injusto sería, con todo, desconocer el esfuerzo de algunos municipios, como el de Avellaneda con su Teatro Roma, o la inteligente política musical que se viene desarrollando en Córdoba, en torno de su gran Teatro Libertador San Martín.

Se asegura que hacer todo esto es difícil en la Argentina, y es cierto. Pero tales esfuerzos y logros son los únicos que verdaderamente valen en el momento de medir si tenemos o no un país musical que pueda ocupar un lugar destacado en el mundo de hoy.

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