Bossa nova, esa eterna hechicera

Los discos nos hacen descubrir a los músicos menos famosos y redescubrir a los otros
Los discos nos hacen descubrir a los músicos menos famosos y redescubrir a los otros
(0)
27 de enero de 2002  

Siempre es bueno volver a la bossa nova. No hacen falta demasiadas excusas, apenas el deseo de dejarse envolver por la batida amable de su guitarra y la cadencia insinuante de su ritmo, para que se produzca el reencuentro y se renueve el hechizo, no importa si suena la voz pequeña y ligeramente sensual de Nara Leão, el fraseo impar de João Gilberto o el saxo sugerente de Stan Getz. De una manera o de otra se reeditará el encantamiento, ya sea porque el oyente descubrirá nuevos brillos en viejos clásicos o porque alguna selección le permite acceder a artistas menos favorecidos por la caprichosa difusión. Algo de eso vienen a reparar estos dos volúmenes, titulados “40 años de bossa nova” (que acaba de editar el sello Random), que traen un seleccionado de músicos en el que, desde luego, descuellan Tom Jobim y Vinicius, pero también las voces de Sylvina Telles y Joyce y el inagotable melodismo de Carlos Lyra y Roberto Menescal.

Siempre es bueno volver a la bossa nova, claro está, porque su sonido inconfundible nos transporta de inmediato al efervescente Río de los años 50, donde los jóvenes copiaban admirados la batida de João Gilberto y las muchachas soñaban secretamente con ser la garota de Ipanema (aunque ese privilegio pertenezca a Helô Pinheiro, que con 19 años deslumbró a Tom & Vinicius en sus visitas al barcito Veloso, santuario etílico y filosófico de la bossa nova junto al Caiçaras y el Zeppelin).

Fue como un vendaval que pronto pasó a exceder las fronteras musicales: bossa nova pasó a ser una expresión cotidiana, un adjetivo que celebraba la aparición de cualquier cosa innovadora que tuviese un suficiente aire de novedad y sofisticación: una prenda, un auto, una comida o un electrodoméstico. Todo podía ser bossa nova en ese mundo de clases medias que divertía o enamoraba en la playa y en los barcitos de la costa, o en las fiestas privadas celebradas en casa de Vinicius, en el ya mítico departamento de Nara Leão o en cualquier otro lugar donde hubiera al menos una guitarra y una buena dosis de alcohol.

* * *

En “Noites cariocas”, el compositor y productor Nelson Motta recuerda una de esas reuniones animadas por Roberto Menescal, Renato Bôscoli y Nara Leão. Cuenta que fue en un elegante departamento sobre la avenida Atlántica, en el corazón de Copacabana, donde escuchó por primera vez a un jovencísimo Roberto Carlos. Había sido ése el lugar escogido por el productor Carlos Imperial para presentar a la futura estrella a una platea preferencial. Motta dice que dos cosas llamaron su atención: la bienvenida que entonces le dio la platea femenina al cantante y las dotes de buen anfitrión del dueño de casa, el entonces cónsul argentino en Río, doctor Oscar Camilión.

Los cariocas, que lo discuten todo, nunca se ponen de acuerdo en los dominios geográficos de la bossa nova. Ruy Castro no tiene dudas, según lo hace constar en su estupendo ensayo “Chega de saudade”: la turma de la bossa nova trabajaba en las boites de Copacabana, con sus mujeres fatales y su atmósfera pecaminosa tan bien retratada por el bolero, pero vivía y se divertía en la soleada Ipanema, de cara al mar, donde veía pasar a las muchachas sonrientes y desprejuiciadas. Allí están los títulos de cualquier colección para atestiguar ese gusto de sus compositores por el paisaje, especialmente en el caso de Tom Jobim: “Domingo azul do mar”, “Wave”, “Inutil paisagem” y tantísimas más.

En esa espléndida geografía, entre Arpoador y el Jardim de Alah, creció el género musical al amparo de sus mejores custodios y de sus musas e intérpretes (Nara y Sylvina Telles, a las que luego fueron sumándose Astrud Gilberto, Wanda Sá y Joyce, entre otras), antes de ganar consideración internacional en los ambientes del jazz.

Era una consecuencia natural: casi no había intérprete de la bossa nova que no reverenciara a Chet Baker, Dave Brubeck, Paul Desmond o Bill Evans. Y todos, claro, veneraban a João, admiraban su extraordinario dominio de la síncopa, su sentido del swing, su austeridad expresiva y elegancia infinita.

* * *

No todo era fiesta y celebración, desde luego, en la turbulenta sociedad brasileña de los años 60. Pese a su naturaleza festiva y a su espíritu romántico, también la bossa nova tuvo espacio para el compromiso social. El mayor exponente de esa corriente fue Carlos Lyra, que entendía a la música como una herramienta de acción política y en algún momento acusó a los bossanovistas de dejarse arrastrar por la sofisticación.

Con la atención puesta en la tempestuosa vida política brasileña, Lyra reivindicó a autores como Luiz Gonzaga, Cartola, Nelson Cavaquinho y Jackson do Pandeiro, y se acercó a la izquierda carioca y a los miembros del cinema novo (Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos, Ruy Guerra, Leon Hirszman) aglutinados en el Teatro de Arena. En ese escenario se estrenaría en 1964 un espectáculo que denunciaba las persecuciones políticas, la miseria y la opresión: “Opinião” sería dirigido por Augusto Boal y tendría como estrella central a Nara Leão, luego reemplazada por María Bethânia.

De todas maneras, no es ese rasgo testimonial y combativo el que permaneció asociado con la bossa nova. Perduraron, en cambio, su límpida sonoridad y su ritmo encantador, su amable y contenida celebración de la vida como una fértil traducción musical del espíritu carioca. Es ese hechizo –de regreso apenas suena la voz de Vinicius o la guitarra fantástica de João Gilberto– un regalo que ya es nuestro y jamás desaparecerá.

MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.