Brillante actuación de Gelber

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24 de septiembre de 2005  

Recital de Bruno Gelber . Programa: Sonatas N 14, en Do sostenido menor, Op. 27 Nº 2 y Sonata Nº 26, en Mi bemol Mayor, Op. 81a "Los adioses", de Ludwig van Beethoven; Carnaval, Op. 9, de Robert Schumann, y Andante spianato y Gran polonesa brillante, Op. 22, de Frédéric Chopin. Ciclo Grandes Pianistas Argentinos Consagrados, con el auspicio de la Fundación Szterenfeld. Templo de la comunidad Amijai.

Nuestra opinión: excelente

Con un programa exigente, Bruno Gelber puso en evidencia una vez más la suma de cualidades artísticas que, desde su más tierna infancia, elevaron su carrera a un plano de reconocimiento internacional, hasta el punto de formar parte del ramillete de los eminentes pianistas que ha dado nuestro país, por cierto numeroso, con nombres de hoy y del pasado.

Ya el primer movimiento de la hermosa sonata conocida por "Claro de luna", de Beethoven, comenzó con un pianissimo distintivo del sonido de Gelber, tan definido como cautivante, proveniente de una capacidad que suma dos virtudes inapelables: el conocimiento del lenguaje y estilo del autor y la pasión inclaudicable por hacer música expresiva.

Entonces, los arpegios del primer movimiento transmitieron la carga de una melancolía inconsolable, y la melodía, levemente entrecortada en la ejecución del pianista, dio la sensación de los inocultables sollozos de un ser abatido, acaso los del autor, martirizado por preocupaciones que aquí no podemos precisar. En el breve allegretto y en todo el final agitado, surgió en toda su vehemencia, el nervio, la pasión y el ímpetu que distingue a los artistas sensitivos.

A renglón seguido, se escuchó la sonata "Los adioses", la más programática de las obras para piano de Beethoven, aquella que glorifica la despedida, ausencia y regreso del archiduque Rodolfo de Habsburgo, amigo del compositor, donde Gelber apeló a todos sus recursos, concentración, vitalidad y arrojo, para no traicionar el sentimiento de regocijo y de alegría tempestuosa que surge de tanta inspiración y brillantez sobre el teclado.

Sin embargo, el alto nivel alcanzado con las dos obras de Beethoven fue superado en la segunda parte del programa. Primero se escuchó una versión del "Carnaval", de Schumann, sencillamente impecable, de aquellas que merecen figurar como modelo, porque la galería de temperamentos y de personajes que pretende retratar el autor en cada una de las veintiuna breves piezas fue lograda en toda su magnificencia.

Ya el toque preciso y voluminoso de Gelber, el que caracteriza su forma de ejecutar sobre el teclado, para atacar el majestuoso preámbulo de la serie de variaciones, advirtió sobre una interpretación que sería sin concesiones en busca de comodidad, sino honesta, vehemente y visceral, acorde con un romanticismo del mejor cuño. Así fue, y cuando se escuchó la "Marcha de los cofrades de David contra los filisteos", la imagen de una resistencia a los enemigos del arte se sumó con la apreciación de una entrega brillante.

Por último fue un placer auditivo escuchar el "Andante spianato y gran polonesa", Op. 22, de Chopin, porque ahí, en el más alto nivel artístico, se escucharon los matices más variados y placenteros, desde la elegancia sutil de las melodías hasta el vigor rítmico, épico e incontenible de la polonesa, alma inconfundible de la tierra del autor.

De ahí que el estallido del público y su instintiva manera de ovacionar de pie coronaron un recital de alta calidad musical al que se debe agregar como factor de enorme importancia, la excelencia de la condición acústica -fue una grata sorpresa escuchar el piano con tanta claridad, volumen de sonido y definición de graves y agudos-, de un lugar mágico como el templo de la comunidad Amijai, de Belgrano, que se ha trasformado además de lugar sagrado, en una apta sala de conciertos y de otras manifestaciones artísticas.

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