Brindis para Stravinsky

Pola Suárez Urtubey
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27 de junio de 2002  

Hace pocos días se cumplieron ciento veinte años del nacimiento de Igor Stravinsky. La fecha, como ocurre siempre con los músicos rusos, tiene sus bemoles. Para nosotros, nació el 18 de junio de 1882 cerca de San Petersburgo. Para el antiguo calendario greco-oriental, fue el 5 de julio, que viene a ser lo mismo. Lo importante, cualquier calendario que se tome, es que haya nacido. Porque lo que la música del siglo XX debe a este compositor es inmenso.

Hasta hace unos años, tratar de ser imparcial para hablar de Stravinsky era una ingenuidad, o una baladronada. Se era partidario furioso de Schoenberg o se era de Stravinsky, y no había nada que hacer. El horno no estaba para términos medios. En el ámbito argentino, una similar oposición se hacía extensiva a otros dos compositores locales: o se estaba con Juan Carlos Paz o con Alberto Ginastera, que era una generación más joven. Curiosamente, los protagonistas eran menos salvajes que sus seguidores. Entre éstos la lucha era cuerpo a cuerpo. Pero eso es bueno. Significa que los seres humanos somos capaces de encendernos en la llama de una hoguera por defender principios estéticos y artísticos, tanto como lo hacen los aficionados de un club de fútbol.

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Quien quiera recorrer los niveles de pasión alcanzados por la antítesis Schoenberg-Stravinsky, debería surcar las 169 páginas de un libro que se editó en Francfort en 1958 y que la Editorial Sur, de Buenos Aires, publicó en traducción española en 1966. Se trata de la "Filosofía de la nueva música", del pensador alemán de formación marxista Theodor Adorno. Tras las páginas de introducción, el autor, que no disimula sus intenciones, divide la obra en dos partes, con títulos tan sin vueltas como "Schoenberg y el progreso" y "Stravinsky y la restauración". Lo que hay adentro vale la pena leerlo, para saborear el espectáculo de una mente excepcionalmente vital como la de este filósofo y sociólogo, puesta al servicio de una causa que hoy ya no convence. Cuando no existe medida para la apología de uno y el vilipendio del otro, el partido se hace sospechoso.

Hacía falta que una personalidad tan arrolladora como Pierre Boulez tomara cartas en el asunto para que la pasión de apologistas de Schoenberg y detractores de Stravinsky (actitud que daba más prestigio intelectual) comenzara a perder fuerzas. En su artículo "¿Estilo o idea? Elogio de la amnesia", aparecido en 1971, confiesa haber abrigado desde hacía tiempo algunas dudas sobre ese maniqueísmo simplista, que atribuía una primacía indebida a la clasificación categórica. Lo cierto es que a ciento veinte años del nacimiento de Stravinsky, más de una decena de obras viven con plenitud en el repertorio mundial y arrebatan a los oyentes del siglo XXI. Son justamente aquellas que sorprenden y maravillan por el magistral tratamiento del vocabulario sonoro, al que la referencia étnica ha permitido sacudir la herencia romántica occidental. Con un lenguaje desprejuiciado y una genial creatividad, Stravinsky dio nueva apertura a la música, como en su momento Liszt y Debussy. Vaya este brindis en su homenaje, sea con vodka o con champagne.

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