Bruno Gelber: "Me siento muy argentino"

Fue ovacionado en Alemania, donde tocó con la mano derecha resentida después de un accidente; pronto vendrá de visita
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26 de diciembre de 2001  

BERLIN.- El público alemán lo ha aplaudido con el mismo afecto con que siempre lo recibe y por largos minutos lo ha saludado de pie en reconocimiento al profesionalismo y la entrega con que, no obstante haber tocado con su mano derecha vendada, deleitó al auditorio con un Mozart cristalino e impecable y con un Beethoven lleno de vigor, potencia y sonoridad.

Estamos a quince mil kilómetros de la Argentina, ya no queda un alma en las calles y sopla el viento en una fría y silenciosa noche de Berlín. Tras el eco de los aplausos en la Filarmónica y haciendo un alto en medio de una gira que lo lleva desde Noruega hasta el Mediterráneo, Bruno Gelber aceptó la entrevista para LA NACION. Envuelto en el charme y el refinamiento que lo caracterizan, Gelber rescató las viejas tradiciones, el valor de la amistad y la honestidad, y su clásica actitud de eterno caballero romántico, adorador del arte, la estética y el buen gusto en cada detalle de la vida cotidiana. Y mientras el invierno alemán cae implacablemente, el sabor de las añoranzas, las imágenes y los recuerdos de una Argentina lejana tiñen de nostalgia la charla con el célebre pianista.

-¿Cómo sucedió el accidente de tu mano?

-Fue una cosa muy irónica del destino. Decidí salir a dar un paseo en auto (en Copahue, Neuquén, a donde voy desde chico) y el conductor perdió el control en una bajada. Al principio no me di cuenta de que me había roto la mano porque podía moverla, pensé que sólo era un golpe. Pero me la había quebrado en tres partes. De allí que me operé dos veces y luego una tercera para sacarme los clavos que tenía. De esto hace cuatro meses y medio. En realidad, mi mano no está ciento por ciento todavía; toco de arriesgado que soy porque para mí es muy importante no separarme demasiado de todo esto, y además porque es el mejor ejercicio para recuperarme.

-¿Cómo fue el momento en que te anunciaron que debías ser operado?

-Aparte de la desaparición de mi madre y de la polio, fue uno de los momentos clave de mi vida. Todas las cosas tienen un sentido y este accidente me sacudió mucho porque me hizo preguntar: ¿por qué? La música es la única manera en que yo entiendo la vida. Es la base de mi existencia, para lo que vivo y para lo que creo haber tenido talento. Y, de alguna manera, si Dios me lo permite, siempre estaré en contacto con la música. Del lado que sea.

-¿Con qué frecuencia volvés a la Argentina?

-En unas semanas más voy para allá. Siempre paro en enero y febrero porque no quiero correr riesgos sobre el hielo aquí en Europa, podría caerme y romperme una mano... Siempre voy a Mar del Plata, que me encanta. Me encanta ir... A pesar de que he vivido más tiempo en el exterior que en la Argentina, me parece importante que un argentino vuelva a su país. La impresión de estar en casa la siento en la Argentina.

-¿Qué es lo que aquí te falta de nuestro país?

-No es ni la calle Corrientes, ni el Obelisco, ni el Río de la Plata. Lo que tengo allá es la relación con la gente. Los argentinos tenemos una gran calidez y esa parte humana es incomparable. Tengo amigos de toda la vida, tengo una amiga que hasta me vio nacer y eso es impagable. No sé, básicamente, me siento muy argentino, porque soy el producto típico de nuestro país: de clase media, hijo de extranjeros y de esa época en que había una muy buena clase media y en que se estudiaba mucho y muy bien. ¡Fui alumno nada menos que de Scaramuzza y de mi madre!

-¿Cómo recordás a tu maestro?

-Como al genio que fue. Recuerdo al maestro como un ogro, pero ¡cómo lo queríamos! Muchas veces querer y temer van juntos, así como admirar... El se brindaba a su arte de una manera increíble, aunque vivía imaginando cómo iba a jorobar al alumno al día siguiente...Vivía pensando en su piano y todo el mundo le revoloteaba alrededor. Fue un tiempo muy lindo y tengo una gran nostalgia de toda esa época...

-¿Qué forma de nostalgias?

-Añoro el estar tan juntos con mamá, porque aparte de ser madre e hijo, fuimos un solo ser. Fue una relación musical y personal muy intensa, una verdadera consustanciación con la música. Me acuerdo de las clases, de cómo era estudiar con ella. Me acuerdo cuando íbamos a la casa de Scaramuzza en Ayacucho y Lavalle, era como una gran puesta en escena, todo se preparaba mucho. Era un verdadero ritual.

-¿Hoy podría repetirse una generación de jóvenes así en la Argentina?

-Aquel fue un momento muy especial en el que hubo alrededor de diez grandes maestros, hoy ya no es lo mismo.

-¿Podría decirse que tu campo de acción interpretativa va de Bach a Brahms?

-Lo que sucede es que simplemente la música muy moderna a mí no me gusta, y tuve la mala crianza de poder hacer mi carrera con la música que sí me gusta. Soy fiel a mí mismo: me importa la música que habla de los sentimientos, me importan los sentimientos y la gente que los sabe expresar. Las creaciones de pura elucubración mental y los productos meramente intelectuales no me satisfacen. Yo lo conocía muy bien a Ginastera y no por eso me puse a estudiar sus conciertos... Además, ¡son tan difíciles! A veces solía decirle: "Podrías haber escrito algo más simple, ¿no?"

-¿Te gusta el trabajo como maestro?

-Sí, muchísimo. Continuamente tengo gente que quiere que la escuche y doy algunas clases magistrales públicas (en Alemania, España, Francia, Grecia, en Japón...). Pero todavía tengo una actividad muy intensa como concertista como para poder responsabilizarme de los alumnos. El año pasado lo hice en la Argentina y estuvo muy lindo, fue fantástico, porque nada me gusta más que enseñar. Y hablando de añoranzas me acuerdo mucho de Margherite Long, mi segunda profesora, que enseñaba con tanto humor

-¿Qué pianistas admirabas en tu infancia?

-Cuando era chico iba a todos los conciertos del Colón con papá. Así los vi a Rubinstein, Kempff, Backhaus. Llegué a escuchar a Cortot, Solomon, Gulda. Era una época fantástica. El mundo pasaba por la Argentina de una manera increíble. Pero al que más amaba era a Horowitz. Era la época loca de Horowitz, de todas sus chifladuras, se hablaba mucho de él... De Horowitz me atraía el ardor que ponía en sus interpretaciones, el amor en cada sonido, esa entrega total. Porque hay que dar la vida en cada nota, entregarse con toda el alma.

-En la actualidad, ¿quién tiene ese magnetismo?

-Bueno, en principio yo tengo adoración por Martha (Argerich). La amo y la admiro, la quiero desde chico; pero también me gustan Pogorelich y Kissin, aunque debo decir que no ha habido la misma seguidilla, como también sucedió con el cine y el teatro. A mí me gustaban esos tiempos del glamour, en los que había misterio y tiempo; en los que a las figuras se las respetaba y se las quería. ¡Es una lástima que se haya perdido! Tengo recuerdos, tengo mucha nostalgia de todo eso...

-Entre los melómanos argentinos se ha dicho siempre que el concierto de Brahms "es" Gelber y que Gelber "es" el concierto de Brahms.

-Mirá, te voy a contar mi historia con ese concierto: cuando tenía 14 años yo moría por tocar el segundo de Brahms. Una amiga me aconsejó empezar por el primero y me regaló la partitura con la grabación de Serkin. Así pasé a enamorarme de ese concierto y empecé a estudiarlo. Pero he aquí que Scaramuzza, que era tan tozudo, me dijo: "Yo a Brahms no te lo enseño ni muerto, porque se portó tan mal con Schumann". Pero entretanto lo estudié y un día vino papá todo feliz del Teatro Colón, diciendo: "Tengo una fecha para que toques Brahms. Sólo que me han dado ésa porque al ser Pascua no va a ir nadie". Para ese entonces tenía 17 años, el teatro se llenó hasta el tope y para mí fue una emoción enorme. Realmente no quiero aceptar eso de que es como si fuera yo, pero es que estoy tan impregnado e imbuido de esa música que la siento como si fuese yo mismo.

-¿Cuáles son los placeres de la vida?

-Los placeres de la vida para mí son estos: los aprés concerts . Porque durante el día trabajo y después del concierto vivo. El antes es el estudiar, prepararse, estar "confesado y comulgado" (como decía mi madre), estar aislado de cualquier posibilidad de distracción o de inquietudes. Y después, lo lindo es encontrarme con la gente que quiero, eso es lo simpático de esta vida. Muchas veces la celebridad y la fama te separan de la gente más que lo que te acercan. Es algo triste.

-¿Seguís encontrando dificultades técnicas en la música, seguís estudiando?

-No hay nada en la vida, que sea válido, que resulte fácil. Por más talento que tengas, nadie nació escupiendo cien octavas o trescientos trinos. Eso se trabaja y no es sólo el hecho de tocar cuatrocientas octavas, sino de hacerlo con el color, el sabor y la dicción necesarios, en tal momento. Eso siempre es muy difícil. Lo que yo sé, lo sé para hoy, y soy tal persona en tal concierto. Pero para volver a serlo también mañana, tengo que volver a trabajarlo.

-¿Cómo ves a los argentinos?

-Yo considero que el argentino es un ser fantástico porque se desenvuelve en cualquier lugar. No sé si esa mezcla de tantas razas, nacionalidades y religiones ha hecho que tenga esa disposición tan increíble, pero uno los ve llegar de a pasitos; y llegan, se dan vuelta, llaman, hacen, conquistan... Lo que pasa es que poniéndolos a todos juntos son ingobernables, pero el individuo argentino es una maravilla.

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