Canciones para habitar

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13 de agosto de 2006  

Concierto de Juana Molina . Presentación de "Son2. Juan Molina en guitarra, teclado y programación y Axel Krygier y Ezequiel Borra en coros y percusión. Viernes y sábado, Teatro ND/Ateneo.

Nuestra opinión: muy bueno

Caras de seguidores y caras de ocasión, caras de invitados y caras de vernisage. La larga cola sobre la calle Paraguay a minutos de las 21 no sólo es un síntoma de que el show comenzará con atraso sino también de la expectativa por ver a Juana Molina.

Ella es la misma de antes, pero desde la distinción de The New York Times, a fines de 2004, que ubicó a su disco "Tres cosas" entre los diez mejores de esa temporada (aquí se editó en 2003), la expectativa por verla creció considerablemente.

Luces tenues, una escenografía preparada por mamá Chunchuna Villafañe y Juana que aparece desde la sombra. Luce tímida y algo nerviosa y enseguida cierto ruido no previsto en su teclado la lleva a improvisar y descontracturarse un poco. Como señal inequívoca de que ella está ahí para presentar su cuarto álbum, "Son", arremete de entrada con "Río seco", primer tema de su novedad.

Canta "y yo no tengo más que un río tan seco el lecho, que está agrietado profundamente", pero sin la necesidad de actuar el desgarro. Inmediatamente continúa con "Un beso llega" ("Uno debió perder la vergüenza hace tanto como me hizo perder, la vergüenza, mis años") y el universo Molina se apodera por completo de la sala. Sus palabras crecen, llegan a los oídos con la fuerza del cantautor y las ideas que de ellas se desprenden se adhieren sin pecar de enunciados.

Sus canciones son intimistas pero están lejos de la fórmula pop-rock que apela a lo acústico, a desenchufar los instrumentos. Tampoco es la típica songwriter folk, aunque su fuerte y sensible costado ambientalista podría ligarla con la rama más tradicional del estilo. Asceta y compleja, Juana es una amante del volumen bajo, del detalle sonoro y de la incorporación de lo cotidiano.

Una guitarra acústica, un teclado y unos sonidos programados (algunos de ellos resueltos en directo, en el momento) parecen ser casi todo lo que necesita. El resto le corresponde a Ezequiel Borra y Axel Krygier, los músicos que la acompañan en dos tramos del show en percusión y coros. Las suyas son canciones para habitar, para hacerlas propias y completarlas con un imaginario toque personal. "Una verdad se inventa con suma precisión y la labor inmensa de la imaginación" ("La verdad"), cantará hacia la segunda mitad del concierto. Y la verdad es que la cantante se consagró hace tiempo, a partir de la edición de "Segundo". Se había propuesto encerrar a la comediante de la tele, pero el público necesitaba de un largo período de transición para digerir el cambio, para aceptar su verdad.

Arañar la perfección

Los imprevistos, los ruidos molestos y las frituras parecen tenerla a maltraer a Juana. La mayoría de ellos apenas excede el marco del escenario, pero ella necesita compartir el momento. "Debe ser un cable porque si no no se entiende", improvisa en tono melodramático. Las risas y los monólogos crecen en la medida en que la cantante se suelta y se convence de que el marco ideal para su música no existe, pero que en la noche del viernes estuvo muy cerca de arañar la perfección. Alguien le grita que es un placer oírla y ella se despacha con un: "No, para mí también -con voz de piba de barrio-. ´Imagínensen si yo preparo todo esto, mi mamá hace la escenografía y ustedes no vienen".

En una hora y media, diez de las doce canciones de "Son" completan el viaje del disco al concierto y se mezclan con temas de sus antecesores "Segundo" y "Tres cosas", como "Misterio" y "Desconfiado". Para los bises deja dos de las piezas requeridas por sus seguidores más tempraneros, "Martín Fierro" y "Sálvese quien pueda".

Ellos, que acompañaron buena parte de su tramo solista y que durante todo el concierto aplaudieron cada acorde que marcaba el comienzo de una nueva canción, están ahora cantando "Sálvese " por lo bajo, esa suerte de oda ambientalista que se ha convertido en un hit de la Molina. La suya también es honestidad brutal, pero de largo aliento.

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