Chet Baker, esa enfermedad

Jorge H. Andrés
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12 de mayo de 2003  

Para alguien que padeció una vida más desastrosa que la de cualquier otro gran artista maldito de la segunda mitad del siglo veinte, Chet Baker duró más que ninguno de ellos.

El hecho de haber aguantado hasta pasar los cincuenta y ocho años lo convirtieron en un campeón de resistencia frente a la brevedad de disipados geniales como Hendrix (28), Basquiat (27), Parker (34), Fassbinder (36), Morrison (28) o James Dean, otro seductor perverso a quien se parecía físicamente y se estrelló a los veinticuatro.

Atolondrado por una mezcla de las sustancias de las que había abusado desde joven, Chet Baker cayó por accidente, o se arrojó, desde el marco de la ventana de un hotel en Amsterdam, quizá mientras meditaba sobre su antigua ilusión de volar ("Como si tuviera alas" titularon las memorias póstumas, y uno de sus discos imprescindibles se llama "Ala rota") dejando suficientes cabos sueltos -la puerta trabada por dentro, la ventana como si alguien la hubiera entornado luego de la caída...- para urdir una intriga a la medida del mito.

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Encima el salto, del que mañana se cumplen quince años, ocurrió en viernes trece, pero el dato supersticioso tampoco agrega sustento a la patraña de que este extraordinario trompetista y cantante, uno de los más personales y emotivos surgidos dentro jazz, fue asesinado.

Más falsa todavía es la certeza, todavía vigente en la literatura norteamericana especializada en el género, de que no era más que un músico acabado en la década del sesenta al que la crítica europea endiosó para sentirse superior, cuando en realidad se trató de un caso de gran talento incomprendido en su país sólo comparable al de Jerry Lewis.

Paradójicamente, mientras era masacrado por publicaciones obligadas a estar más atentas a su importancia -el Village Voice lo describía como "un cadáver que canta" y Rolling Stone se asustaba ante "un fantasma destruido por la droga"-, en Italia adoraban al "angelo della tromba d´oro" y en otras partes equiparaban con poemas de Rimbaud o Rilke esos solos perfectos que era capaz de crear en una noche inspirada, sin importarle que fuera en un club minúsculo y con músicos inferiores.

Es que siempre hubo más Chet Baker de los que era posible entender: el sensacional improvisador recién salido del ejército descubierto por Charlie Parker y famoso de la noche a la mañana en un cuarteto sin piano junto a Gerry Mulligan, luego la estrella de la trompeta capaz de desplazar del tope de las encuestas a Dizzy Gillespie y Miles Davis y enseguida el cantante que, en 1954, se atrevió a lo que nadie -expresarse como en tinieblas, con una angustia sin pasión y delicadeza femenina- cautivando a la gente de a poco, pero ofendiendo a los comentaristas para siempre.

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También estuvo el Chet Baker obsesión de grandes fotógrafos (William Claxton, Herman Leonard), que fijaron su imagen ambigua -fantasía homoerótica para la generación beat- en tomas que ahora circulan bajo la forma de costosos libros de arte, y, para concluir el período de esplendor americano, el infractor escapado a Roma con su elenco estable de hermosísimas esposas y amantes con las que mantuvo relaciones abusivas al extremo de que una de sus más fieles compañeras terminó afirmando: "Chet es una enfermedad".

Lo que a mediados de los años setenta retornó de su infierno de palizas e intentos de desintoxicación fue un desarrapado espectral, pero tan glamoroso como siempre -Bruce Weber sublimó en esos despojos su manía con la belleza estropeada filmando un retrato insuperable: "Perdámonos"- con todos los infortunios tiñendo su discurso, un nuevo sonido en la trompeta y cantando con esa voz agónica, amenazante a partir de su fragilidad, que ahora se reverencia como el llanto más austero registrado a finales del siglo pasado.

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