Cosquín, rescatado por la gente

Un público entusiasta dio brillo al festival, pese a que la programación no fue óptima
Un público entusiasta dio brillo al festival, pese a que la programación no fue óptima
Gabriel Plaza
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30 de enero de 2002  

Por suerte, en el balance del festival de Cosquín el factor económico no volvió a imponer sus reglas. La crisis no anticipaba nada bueno para esta edición 2001. Sin embargo, todos coincidieron en la sorpresa que generó el público. Cosquín fue el contenedor de toda esa gente asfixiada por la situación social, pero que no quiso perder su festival. Por eso, cuando todos pensaban que Cosquín agonizaría sin un Julio Mahárbiz que estuviera al frente, la gente funcionó como reanimador indispensable. El promedio de asistencia, con altibajos, le dio un marco digno a las nueve lunas y a la yapa del lunes. El movimiento alrededor de la plaza, en los balnearios, calles y peñas, fue de menor a mayor y favoreció a la mística del encuentro popular más importante del país.

La cuestión social estuvo presente, más que nunca, sobre el escenario Atahualpa Yupanqui, aunque contra la pobreza artística de la programación de emergencia nadie hizo ningún cacerolazo. El festival cerró ayer con la segunda actuación de Los Nocheros, volviendo a llenar la plaza Próspero Molina.

Lo mejor: las presencias de Teresa Parodi y Jairo sobre el escenario mayor fueron de un compromiso artístico tal que les valió el reconocimiento del público. La comisión organizadora le dio al cantante de Cruz del Eje, en la novena luna, el Premio Camín por su trayectoria. El homenaje a Los Chalchaleros también fue otro punto emotivo del festival, con Juan Carlos Saravia y el público cantando "La López Pereyra".

Lo peor: la falta de imaginación de los programadores, que los llevó a insistir en números que no generan expectativa artística, como Los Quilla Huasi, Los Tucu-Tucu, Los Yupanqui y Los Guaraníes, por citar algunos de una enorme grilla que se terminó rellenando con humoristas de pésimo nivel. Otro dato, la desesperación por convocar gente llevó a los organizadores a repetir varios números.

Los más convocantes : Soledad, El Chaqueño Palavecino y Los Nocheros fueron los números más populares, con un promedio de asistencia de seis mil personas. Es por eso que la comisión agregó una luna simbólica al festival, para salvar la recaudación con la presencia de Los Nocheros. Guarany no llevó tanto público, pero le puso fervor festivalero al escenario.

Las peñas: menos, en número, que otros años, muchas exhibieron la peor cara de la crisis, con espacios grandes prácticamente vacíos. Otras, en cambio, pudieron hacer coincidir calidad musical y convocatoria, como ese festival paralelo en que año tras año se viene convirtiendo la peña del Dúo Coplanacu. Ese espacio sirvió para que pudieran tocar olvidados por el escenario mayor, como el Chango Farías Gómez. Pero también hubo artistas que se quejaron del maltrato en las peñas y hasta se realizaron algunas protestas.

La revelación : Claudia Pirán se llevó los mejores comentarios en su paso por Cosquín, y una ascendente adhesión de la gente, que la fue a ver a todos los lugares peñeros donde se presentó. Para muchos fue una novedad, aunque la sanjuanina ya había sorprendido el año pasado con su voz por ámbitos alternativos, como los encuentros de músicos independientes en Buenos Aires, Tucumán y Córdoba. Por su parte, la revelación oficial del festival salió del Pre Cosquín: el armoniquista Franco Luciani y la pareja de baile Obregón-Centurión.

La consagración : el grupo riojano Los Amigos y Rally Barrionuevo se llevaron el premio Consagración de Cosquín. A Los Amigos no les fue muy bien en su peña (se comentó que la compañía grabadora hizo sentir su influencia a la hora de los galardones). En cambio, a Rally Barrionuevo no le pudo ir mejor en su conexión con la gente. Pero cuando el premio del domingo ya estaba decidido, apareció la verdadera consagración del festival: Rubén Patagonia logró una ovación de pie con sus canciones, que reflejan ese Sur olvidado.

El referente: en una noche donde todos esperaban a Los Nocheros, apareció la voz inconfundible del maestro Alfredo Abalos, que le puso seriedad al escenario mayor con sus chacareras. "Dedico esta canción a mi madre, que murió hace 20 años, y a la Argentina, que murió el año pasado", dijo, ante la impavidez del público.

El músico: si hubiera que reconocer a todos esos músicos silenciosos y apasionados bohemios que llegan a Cosquín con la esperanza de compartir la música con los demás, se lo podría hacer a través del flautista Juan Carlos Liendro, que tocó con todos. Aparecía en los lugares menos esperados y se subía intempestivamente a los escenarios para hacer sus mágicos solos. En su figura estuvieron bien representados todos aquellos que viven el festival como un encuentro.

La sorpresa: siempre se generan lugares que captan la verdadera esencia del festival. Este año sorprendió a muchos la aparición espontánea del autodenominado búnker sachero , impulsado por el Duende Garnica. Temprano, el recinto funcionaba como ámbito para el rock and roll, pero a partir de las cinco de la mañana el lugar se transformaba en el punto de encuentro de todos los que salían de las peñas buscando el amanecer. Allí se armaron varias jam session telúricas para el asombro. También fue espacio para cantores como Claudio Sosa, Eduardo Guajardo, el Mono Villafañe, Mota Luna y Candela Maza, elegida como revelación de espectáculos callejeros en esta edición. El búnker sachero fue el ámbito donde público y músicos se vieron las caras y protagonizaron madrugadas únicas de poesía, baile y canto.

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