Cuando el silencio es liturgia

Pablo Gianera
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19 de noviembre de 2013  

Prometeo, tragedia de la escucha, ópera de Luigi Nono / Coordinación artística: André Richard / Primer director: Baldur Brönnimann / Segundo director: Lucas Urdampilleta / Solistas vocales: Mercedes García Blesa y Ana Santorelli (sopranos), María Florencia Machado y Verónica Canaves (contraltos), Santiago Ballerini (tenor recitante), Hernán Iturralde y Susanna Moncayo (recitantes). Coro Diapasón Sur con dirección de Mariano Moruja. En el Teatro Colón.

Nuestra opinión: excelente.

Podrían hacerse muchas consideraciones sobre la pertenencia de Prometeo a la ópera, pero cualquiera de ellas resultaría inconveniente porque traicionaría su condición excepcional: esta obra que Luigi Nono escribió entre 1984 y 1985 es una pieza irrepetible, un caso límite y la condensación de las preocupaciones intelectuales y políticas del compositor.

La clave está ya en el subtítulo: tragedia dell'ascolto. ¿De qué tragedia se trata? La tragedia suele hacer visible algo oculto. Prometeo trata de que escuchemos lo que nunca escuchamos, de que nos detengamos en el sonido (y en el silencio) como si estuviera agigantado por un microscopio. Nono persigue un sonido móvil; esa movilidad procede de la disposición de las voces y los instrumentos, pero también de su transformación por medios electrónicos. La cáscara acústica del Teatro Colón funcionó esta vez de otra manera y fue el lugar ideal para el acontecimiento que implicó el estreno americano de la obra dentro del ciclo Colón Contemporáneo. El público se ubica solamente en la platea, mientras los grupos instrumentales y vocales y los parlantes ocupan el escenario y los palcos. Se desmonta la unicidad de la fuente de sonido típica del teatro en herradura y se conquista una multiespacialidad. Hay también, sin duda, un fondo político en esta desjerarquización de la escucha. El drama es invisible, transcurre solamente en la escucha. Nono nos priva de toda imagen; a cambio, nos da un concentrado esplendor tímbrico.

El material temático de Prometeo e incluso los intervalos con los que trabaja son restringidos, pero su funcionamiento se sigue como si se mirara un caleidoscopio, que con los mismos colores nos ofrece figuras diferentes. Como dijo el filósofo Massimo Cacciari, libretista de Prometeo , la utopía de la obra es "escuchar el color junto al sonido". La pieza está vertebrada por textos distribuidos en aglutinamientos llamados "islas", que traman también una historia filosófica del mito. Todo Prometeo es un enorme archipiélago, y su insularidad se siente también en la manera en la que los eventos sonoros quedan envueltos por silencio. La escritura de Nono es refinadísima, y esto se vuelve particularmente evidente en el tratamiento de la voz, un tratamiento por lo demás muy en línea con la tradición italiana. Un ejemplo, entre muchísimos, es el conmovedor dúo de sopranos con la última estrofa del "Canto del destino de Hiperión", de Friedrich Hölderlin, que opone el destino humano al de los dioses. Fue magnífica la tarea de Mercedes García Blesa y Ana Santorelli.

Pero Prometeo puede escucharse también desentendiéndose de las palabras. El propio Cacciari había observado que la palabra "es siempre obstáculo, problema para el sonido". En esos términos, la dirección exacta de Baldur Brönnimann (con Lucas Urdampilleta como segundo director) y la coordinación artística de André Richard, experto en la obra, lo mismo que el coro dirigido por Mariano Moruja, revelaron las transparencias y opacidades de este drama del sonido. Escuchado así, Prometeo pareció una obra casi litúrgica, una especie de misa.

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