Digno concierto para despedir la temporada

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5 de enero de 2002  

Agonizaba el año 2001 junto al país. Y de pronto, unas voces se alzaron en el templo mayor de Buenos Aires para cantar el Stabat Mater, de Pergolesi, y el "Aleluya", de Haendel. Paradojas. Muerte y resurrección entrelazadas, casi como una parábola de estos nuestros días de furia, desconsuelo y esperanza.

La Catedral Metropolitana estaba acogiendo, entre un público diezmado por la confusión ("No nos une el amor sino el espanto"), a una orquesta y a un coro que, epigónicos, narraban dos instancias evangélicas: la Virgen María al pie de la Cruz, en el "Stabat Mater", y la resurrección de Jesús, cuya gloria plasma el emblemático "Aleluya".

El Pergolesi más conocido en su faz sacra y el Haendel más popular en su exaltación bíblica se encontraban aquí perfilados por músicos inquietos de una comunidad de la zona oeste que está dando fe de singulares apetencias artísticas y culturales.

Contemporáneos (Haendel nació 25 años antes y falleció 23 años después que Pergolesi, detalle que da cuenta de la corta vida de este último: 26 años), los respectivos lenguajes y recursos, que se rozan solamente por la transparencia de sus líneas, están allí para expresar el fervor religioso.

Una orquesta prolija y suficientemente expresiva acompañó las muy buenas voces de la soprano Haydée Dabusti y de la contralto Celina Torres. Cada cual en su registro supo transmitir las ora ominosas, ora suplicantes instancias del drama del Gólgota, que alternan con pasajes cercanos a la estética operística.

Más allá de una correcta afinación, Dabusti dio muestra de apetecibles afinidades con la obra, amén de plasmar, con su privilegiada garganta, los necesarios matices en los fraseos. Por su parte, Celina Torres nos entregó una voz deliciosamente pastosa y soberanamente empática con las instancias del texto sacro.

Tras la actuación de la orquesta, el Coro de Tres de Febrero, preparado por el maestro Rizzo, ofreció a capella y sin director simpáticos villancicos del acervo popular. Luego, ya con orquesta, la agrupación cantó el conocido "Noche de paz" en un interesante arreglo orquestal-coral. Finalmente, todos asumieron el "Aleluya", de Haendel, con inusual entusiasmo, sobre todo por el presuroso tempo elegido.

El maestro Alberto Duca, con su orquesta y el coro, despidieron el año con dignas muestras de musicalidad.

Este concierto de despedida de la actividad artística de Tres de Febrero estuvo dedicado a la memoria del recientemente fallecido pianista Martín Morales, quien fue gestor y alma máter de estos acontecimientos en la música encarada por argentinos.

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