Disciplina y trabajo en equipo

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4 de diciembre de 2001  

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela. Director: Gustavo Dudamel. Programa: Obertura de "Rienzi", de Richard Wagner, Fantasía sinfónica "Francesca da Rimini", Op. 32 y Sinfonía N° 4, en Fa menor, Op. 36, de Piotr Ilitch Tchaikovsky. Organizado por la Fundación del Estado para el Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, que dirige José Antonio Abreu. Ministerio de Relaciones Exteriores y Embajada de la República de Venezuela. Teatro Colón.

Nuestra opinión: excelente.

En la sala del Teatro Colón, y de un plumazo, se puso fin a conjeturas e interrogantes. La contundencia de la realidad conmovió al público asistente. La evidencia de la bondad de una política cultural impulsada en Venezuela por un hombre sencillo, humilde y sabio llamado José Antonio Abreu vino a demostrar la importancia de su obra y el acierto de los hombres de Estado al haberla apoyado con la acción.

Doscientos veinte adolescentes instrumentistas, una selección de los mejores de los miles de venezolanos que integran las ciento dos orquestas juveniles y las cincuenta y cinco infantiles que conforman el sistema nacional de enseñanza de la música cubrieron la totalidad del escenario. La más rigurosa observación crítica permitió descubrir virtudes inmediatas. Disciplina, alegría, amistad, trabajo en equipo, humildad, igualdad y orgullo nacional surgieron de la imagen de esa multitud de jóvenes rebosantes de salud física y espiritual.

Batuta de fuste

Cuando el atildado director de orquesta de veinte años Gustavo Dudamel hizo su aparición se palpó el respeto debido por su responsabilidad artística, y al atacar los primeros compases de "Rienzi", de Wagner, un escalofrío de emoción fue inevitable. Ahí, en la sala de los mayores hitos de la historia musical de nuestro país, se apreciaba una batuta que será de fuste para el nuevo siglo, un temperamento expresivo, una sensibilidad exquisita, un don de mando sin soberbia.

De inmediato pasó al lenguaje visceral de Tchaikovsky, con la apabullante exuberancia de "Francesca da Rimini", y surgió de modo milagroso la intensidad de una música que representa como ninguna la pasión ardiente, los impulsos que arrastran hacia un estado de éxtasis y los contrastes de un lirismo amoroso casi desvergonzado.

Pocas veces como en esta oportunidad la historia de Francesca, la hija del príncipe de Rimini, y Paolo contenida en el quinto canto del "Infierno", del Dante, dejó con tanta claridad la imagen de su alma perdida en las profundidades infinitas como castigo por su lujuria.

Pero aún más sorprendente en cuanto a la valoración del director de orquesta fue su vibrante versión de la cuarta sinfonía, del mismo Tchaikovsky, que ocupó la segunda parte de la velada. Vena melódica expansiva, refinado fraseo y la luminosidad que caracteriza al lenguaje de la obra fueron vertidos con elegancia, y no por eso dejó de remarcar el sentimiento de melancolía del segundo movimiento, o los arabescos fugaces del tercero, para concluir con una catarata de sonidos plenos de una alegría desbordante, pero con el ingrediente novedoso de dar a través del ritmo vertiginoso una imagen de rústica fiesta popular.

Aquello que dijo un violinista audaz en Buenos Aires no hace mucho, en relación con la conveniencia de no tocar las obras siempre de la misma manera, justificando una recreación, fue un dislate. Porque aun con el respeto académico a la escritura, bien se sabe que jamás han existido dos versiones iguales de obra alguna, en razón de la existencia de un mundo de matices y atmósferas no escritas que se suman para formar ese mágico universo sonoro que forma parte del margen de variables que devienen de cada artista y al que se encuadra en el concepto de estilo.

Y como el joven director logró versiones con sello propio, pero ajustado al respeto de la obra, cuando todo concluyó quisimos conocer su personalidad para develar si Dudamel era el producto de directivas impuestas o, por el contrario, un artista cabal con criterio personal. Al interrogarlo sobre sus estudios en pos de una paulatina evolución explicó, muy serio y con tono amable: "Bueno, hice el bachillerato completo y ahora sigo los estudios universitarios, porque, claro, para hacer música el estudio es imprescindible y nunca termina".

Alegría contagiosa

La calidad de la orquesta, aun teniendo en cuenta la juvenil edad de sus integrantes, es realmente muy alta. Lució muy buena cohesión en las diferentes filas de las cuerdas, llamativa seguridad en la afinación, solistas capaces de sortear con prestancia los momentos de lucimiento individual, impresionante precisión rítmica general, vitalidad y potencia sonora por momentos de enorme efectismo y grandilocuencia, pero en todo instante grata al oído.

Claro que una agrupación de esta naturaleza, con doscientos veinte músicos, no suena como una orquesta normal. Sin embargo, no se crea que se escucharon sonidos destemplados o unísonos defectuosos. Por el contrario, pese al excesivo y denso volumen, fueron sorprendentes la cohesión y empaste del conjunto, la capacidad para llegar al matiz delicado, así como la muy buena calidad de timbre en algunos solistas de las maderas y bronces. La justeza rítmica general fue deslumbrante, lógicamente aún más formidable en el sector percusión.

Como el aplauso final fue una algarabía desbordante, la Orquesta Juvenil y su director agregaron cuatro obras fuera de programa en medio de episodios jamás vistos en el Colón; la popular "Alma llenera", en brillante arreglo para orquesta, y un niño junto al podio moviendo las maracas con ritmo contagioso.

Luego, el ritmo nunca escuchado a esa velocidad de la obertura de "Guillermo Tell", de Rossini, el ímpetu desbordante y contagioso que transmitió el mambo, de "West Side Story", del inefable Leonard Bernstein, con singular desparpajo y simpatía, o, como fue el cierre, al ejecutar y bailar a la vez, trasformándose la orquesta en un espectáculo visual refulgente y de arrebatado movimiento, donde no faltó que hasta los instrumentos se sumaran como personajes en movimiento al ritmo casi demoníaco del malambo final de "Estancia", de Alberto Ginastera.

Por fin fue un motivo de emociones encontradas ver a la juventud venezolana uniformada con una chaqueta con los colores de la bandera nacional de su país, azul, rojo, amarillo, y las estrellas para iluminar aún más un orgullo plenamente justificado, compartido por el público presente con sinceridad y admiración.

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