El colosalismo del francés Héctor Berlioz

Pola Suárez Urtubey
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13 de diciembre de 2001  

Si hubo un músico que amó componer grandiosos frescos sonoros, en aras de un gusto por el gigantismo tanto coral como orquestal, ese fue Héctor Berlioz. Es que hacia 1830, cuando comenzaba a producir sus obras más calificadas, Francia, y con ella Berlioz, suspiraba por la "grandeur" del primer Imperio, por esas sonoridades colosales que acompañaron las celebraciones revolucionarias, primero, y luego los fastos imperiales napoleónicos.

Berlioz estaba convencido, además, de que debía existir una correspondencia perfecta entre las dimensiones del lugar donde se ejecutaba la música y el volumen sonoro de la obra. Durante su estada en Roma, en uso del premio otorgado por el Conservatorio de París al mejor egresado en composición, criticó sarcásticamente una audición que escuchó en el Vaticano: un coro de no más de veinte voces en medio de las dimensiones impresionantes del templo, se escuchaba, según él, como los chirridos de unos pajaritos desplumados. En cambió, qué emoción impresionante lo embargó cuando oyó en la inmensa catedral de San Pablo, de Londres, a miles de niños de toda Inglaterra cantar con toda su voz en una ceremonia.

Esa convicción lo llevó a componer siempre en relación con el lugar y con la grandiosidad del acontecimiento al que estaban destinadas. Es lo que ocurrió con su "Te Deum", que se acaba de escuchar en Buenos Aires, primero en la sala del Teatro Colón, y pocos días después -el domingo último- en la Catedral.

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La experiencia de escucharlo en esos dos reductos, tan diferentes en su destino y su arquitectura, fue ejemplarizador. Porque la audición en la Catedral, con la imponencia de su órgano y la sonoridad envolvente que provoca su arquitectura, superó ampliamente a la del teatro, pese a la perfecta acústica de este último. Las voces, tanto del Coro de Niños del Colón, como la del Coro Estable, junto con la sonoridad de la Filarmónica de Buenos Aires, adquirían una presencia y fastuosidad que daban la razón al compositor.

Es cierto que Berlioz, exagerado como siempre, pedía para su "Te Deum" unas fuerzas descomunales: 200 coreutas para el doble coro; 600 niños y una orquesta colosal, porque además su "Te Deum" no estaba concebido para una ceremonia cualquiera. Debía estar al servicio de algún acontecimiento mundial de gran repercusión: primero para la coronación de Napoleón III. Al no ser incluida, la imaginó para el casamiento del mismo personaje. Tampoco cuajó. Hasta que finalmente se la estrenó en la bellísima iglesia de Saint-Eustache, en París, en la ceremonia inaugural de la Exposición Universal de 1855. El autor estaba feliz: disponía de 900 ejecutantes. En una carta a Liszt le escribe, loco de entusiasmo, que se trata de una obra colosal, "babilónica". Pero más allá de sus exageraciones, la versión ofrecida por el Teatro Colón puso de manifiesto que la apariencia monumental no impide descubrir en el "Te Deum" un sentido arquitectónico perfecto.

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