El genio de Django

Jorge H. Andrés
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19 de mayo de 2003  

No es el propósito convertir esta columna en una agenda de aniversarios fúnebres, pero Django Reinhardt fue un caso excepcional: no sólo el primer genio del jazz nacido fuera de los Estados Unidos, donde sigue ignorado hasta hoy, sino el primero en impregnar esta música de una sensibilidad -melancolía gitana- distinta de la pasión negra característica cuando ni se sabía deletrear la palabra fusión. Además, su influencia en prominentes guitarristas de la actualidad ha sido tan fuerte que sería una imprudencia no insistir en esa grandeza por temor a colgar otro crespón a los cincuenta años de su muerte.

Como corresponde al jugador compulsivo que siempre fue, el azar parece intervenir cada vez que su talento desordenado extravía el rumbo, desde el famoso incendio del que escapó con media mano y una manera única de tocar la guitarra a la vinculación en 1934 con el violinista Stéphane Grappelli, que lo rescató de su rutina de acompañar cantantes y acordeonistas musette sumándolo al jazz en el primer grupo de cámara estable que haya conocido el género y -por utilizar sólo instrumentos de cuerda- todavía uno de los más originales.

Hasta entonces, la guitarra apenas si había existido durante el corto tiempo en que Eddie Lang permaneció activo. Reinhardt no sólo rediseñó su participación rítmica sino que la convirtió en una voz solista irresistible, tanto en sus propias melodías como en variaciones sobre standards que encantaron a Europa durante muchos años, incluidos los de la guerra. Eso gracias tanto a la paciencia de Grappelli como a Mario Macaferri, el luthier inventor del clásico instrumento de caja irregular y enorme boca que le permitió sonar con más volumen que nadie.

La ocupación alemana terminó con el Quinteto del Hot Club de Francia, pero no con Django, que, a pesar de pertenecer a uno de los grupos étnicos que los invasores pretendían exterminar, permaneció como uno de los protagonistas predilectos de aquellas noches irreales en que la guerra parecía librarse en todas partes menos en Montparnasse. Ese milagro de supervivencia física, vitalidad artística -compuso en ese período "Nuages", "Dinette" y "Douce Ambiance", entre otros grandes temas- y prosperidad económica dilapidada en mesas de juego le debe haber hecho pensar que más prudente que quedarse a escuchar preguntas sin respuesta en el París conflictivo de la liberación era exportar su prestigio a los Estados Unidos.

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Tan seguro estaba del triunfo que hasta se cambió a la obligatoria guitarra eléctrica para su gira de presentación en 1946, como solista invitado en la orquesta de Duke Ellington. Según prueba "The Great Chicago Concerts", tocaba impecablemente, en especial un "Rosa madreselva" en el que emplea recursos que hicieron luego famoso a Wes Montgomery, pero no interesó a nadie -tampoco a los guitarristas, prisioneros de la influencia de Charlie Christian- y al poco tiempo estaba de vuelta en Francia.

Allí también los oyentes se fueron diezmando, y con el be-bop como música oficial del existencialismo vivido en cafés de Saint-Germain-des-Prés, este personaje del pasado reciente, demasiado gitano, acústico de corazón, no obstante el amplificador a válvulas, y sentimental en extremo ya no tenía espacio en una ciudad que leía "La muerte en el alma" esperando la llegada de Charlie Parker.

Antes de quedarse sin aliento en Samois medio siglo atrás le restaban varios años para reuniones con Grappelli y una cantidad de buenos discos que también pasaron inadvertidos. Luego se lo creyó reencarnado en gitanitos prodigiosos -Boulou Ferré, después Birelli Lagréne-, pero debió esperar un poco más por Scofield, Metheny, Towner, Di Meola y tantos otros que sin necesidad de tocar "Daphne" ni "Djangology" lo instalaron como espíritu guía de la guitarra contemporánea.

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