El talentoso Rada ofreció un recital alegre e interactivo

Mauro Apicella
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11 de mayo de 2003  

Recital de Rubén Rada. Con Andrés Arnicho (teclados y dirección musical), Federico Navarro (guitarra), Lea Bensassón y Sara Sabah (coros), Nelson Cedrez (batería), Horacio Di Yorio (teclados), Federico Raghi (bajo), Gerardo Vázquez (percusión), Fernando "Lobo" Núñez, Noé Núñez y Bocha Fernández (tambores, piano, chico y repique). Presentación el viernes, en el Teatro ND/Ateneo, Paraguay 918. Próxima función: hoy, a las 21.

Nuestra opinión: muy bueno

El lugar que ha ganado la música de Rubén Rada, especialmente con los últimos discos, muestra una amplitud de público perfectamente retratada en la audiencia que asiste a los shows de este fin de semana.

Un gran espectro de edades y grados de devoción. Desde los que esperan pacientemente el inicio de este primer recital y minutos después hacen palmas y asienten con la cabeza al ritmo de "Alegre caballero" y "Será posible" (hits del último CD) hasta una nostálgica de las primeras filas que pide temas de Tótem y se llevará, como premio consuelo, unos pocos versos que Rada arranca a capella de su memoria.

Para el "alegre caballero" la posibilidad de mostrar algunas piezas de su más reciente producción discográfica es un buen motivo para contagiar el clima pachanguero con novedades, temas de álbumes anteriores ("Yo te vo´ a comer igual", "Quién va a cantar") y sus principales caballitos de batalla, que deja para el final ("Ayer te vi", "La Mandanga" y el murguero "Si no pido nada", que propone un verdadero ejercicio aeróbico-musical). Porque este Rada, carismático, líder, dúctil intérprete y por momentos interactivo, puede hacer con el público lo que se le dé la gana. Consigue palmas en clave de candombe (aunque con serios problemas de tempo), movimientos de brazos, coros y aplausos sostenidos mucho antes de la despedida.

Puede volver a arrancar risas hasta con recursos que emplea desde hace tiempo. Todo eso en ritmos de candombe, acentos salseros, merengue, alguna balada y un par de invitados. Luciano Pereyra, convocado especialmente, y Luis Salinas, que, advertida su presencia entre el público, fue reclutado rápidamente al escenario.

De ese encuentro espontáneo entre cantante y guitarrista surgen el tango "Cuesta abajo" y una anécdota de vecinos de barrio, inverosímil por lo graciosa, en la voz de Rada, aunque finalmente confirmada por Salinas, minutos después, en el hall del teatro.

Lo que está escondido

También en el hall una persona cercana a la producción argentina del espectáculo lamentaba que "la crítica" no perdone que Rada sea popular. De ser cierto (el comentario puede ser atendible) no sería más que una actitud apasionada y poco constructiva de la crítica. En realidad, nada hay que condenar ni perdonar en Rada en cuanto a la música que hace. El éxito de difusión de sus canciones y la respuesta que tiene del público están muy bien ganados. Además, por sobre todo lo anterior, hay un artista talentoso. Basta con ver cualquiera de sus shows.

Pero cuando la idea de condenas e indulgencias queda descartada, resta pensar en la historia de este músico. Hasta no hace muchos años sorprendía con producciones como "Montevideo", que derivaron en shows memorables (incluso aquí, Buenos Aires, marzo de 1997), donde Rada era cerebro, alma y motor irreemplazable de una banda sobresaliente y multinacional (desde Hugo Fattoruso, Hiram Bullock y el bajista africano Bakithi Kumalo hasta el entonces muy joven y virtuoso Martín Ibarburu).

El grupo que actualmente lo acompaña no es menos riguroso y destacable. Sin duda, estas canciones pegadizas no serían lo mismo sin Arnicho, en los teclados y la dirección musical, el ensamble, la guitarra, los coros y el pulso de una cuerda de tambores reverenciable. Pero aun con la precisión que demuestra tiene resto para mucho más.

Entonces: que no sean condenas ni perdones, sino pedidos.

Para que el Negro Rada (siempre talentoso, siempre carismático, siempre histriónico), además de esos estribillos que alegran, esperanzan y divierten, vuelva a compartir con los oídos un poco más "refinados", pero no menos apasionados, el ciento por ciento de una creatividad musical que tiene y últimamente deja medio escondida.

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