El valor de lo duradero

Pola Suárez Urtubey
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6 de diciembre de 2001  

Se despide 2001 con fechas tan grabadas a sangre y fuego como el 11 septiembre. Antes y después han ocurrido en este primer año del nuevo siglo miles de hechos, desde una guerra todavía abierta hasta grandes y pequeños acontecimientos, de esos que quizá se olviden en pocos años, o meses, o días. También habrán surgido obras maestras dentro del mundo de la cultura, en cualquiera de sus formas. Sólo que la vecindad nos impide saber si su destino es el olvido o la inmortalidad.

Poca gente podría haber intuido en 1801 que "Las Estaciones" de Haydn o el Sexto cuarteto de cuerdas, Op. 18, de Beethoven, estrenados ese año, iban a ser juzgadas en 2001 como obras maestras del ingenio humano, capaces de desafiar el paso de dos siglos. Otras de ese mismo año, en cambio, están casi perdidas hoy en la memoria, como "El califa de Bagdad", de Boieldieu, o "Ginevra di Scozia", de Mayr. Sin embargo, en el momento de surgir, en lugares y ante públicos diferentes, difícil habría sido predecir el opuesto destino de unas y otras.

Hace cientocincuenta años, en 1851, se estrenó "Rigoletto", de Verdi, hoy considerada como obra capital del repertorio lírico, aunque en su hora algunos críticos la rechazaron porque veían en ella un nuevo estilo de canto y una forma de construcción operística que los desorientaba. En París, Victor Hugo, que sirvió de fuente de inspiración a Verdi, la miró con hostilidad, porque a su juicio se rebajaba el valor de su pieza, y durante seis años consiguió impedir su producción en Francia. En 2001, ¿cuántas veces dio vuelta al mundo "Rigoletto", desparramando sus escorzos melódicos y un dramatismo de insólita fuerza pasional?

* * *

El año 1901, que señala la muerte de Giuseppe Verdi, vio nacer varias obras dentro del teatro lírico, aunque ninguna dejó huellas dentro de su siglo: ni "Feuersnot", de Richard Strauss, ni "Grisélidis", de Massenet. Sin embargo, es el año de una pequeña joya pianística, de esas que no hacen demasiado viento, pero que en cambio constituyen una pieza única de orfebrería musical y lleva gallardamente su siglo de vida. Es el caso de "Juegos de agua", de Ravel, llena de esa "poesía líquida" de la que hablaba Alfred Cortot.

Avanzando cinco décadas se arriba a 1951, marcado por la muerte de Arnold Schšnberg, pero pródigo en grandes obras, como "La carrera de un libertino", de Stravinsky; "Billy Budd", de Britten; la sinfonía "Armonía del mundo", de Hindemith, y, entre otras, el "Libro de órgano", de Olivier Messiaen. Sin embargo, cincuenta años son demasiado escasos para diagnosticar si les espera el olvido o la consagración.

Jugar con las fechas, ir hacia atrás, descubrir aniversarios, tiene su encanto. Y deja alguna que otra apreciable lección.

Como esta de que la inmortalidad de la obra de un creador no depende de su condición de moderna o anacrónica. Con el paso del tiempo, los opuestos se neutralizan y sólo queda lo que tiene un valor tan auténtico como para adquirir la condición de clásico, es decir, digno de hacer escuela y de sobrevivir.

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