Enigma

Pola Suárez Urtubey
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15 de mayo de 2003  

Obsesivos como somos algunos con nuestro tema, con cada presidente que asoma nos preguntamos qué será de la música, de los conservatorios, de las orquestas, de todo lo que supimos construir. Porque ocurre que lo que debería estar liberado de toda contingencia, más de una vez ha sido arrasado. Baste citar aquel triunfo de la barbarie que significó, durante el gobierno de Illia (y con el golpe de gracia en las primeras semanas de Onganía), la destrucción, por parte de un funcionario, de la orquesta y el coro de Radio Nacional y de sus históricos ciclos en la Facultad de Derecho. Lo penoso es que esto ocurra en un país cuyo jefe de gobierno inaugural fue el gestor de un gran movimiento en favor de la cultura. Porque el primero que se sentó en el sillón de Rivadavia, es decir, Rivadavia, en un impulso impresionante, fomentó la creación de academias de música, alentó el arribo al país de instrumentistas y cantantes y, bajo ese ventarrón cultural que comenzó en los años en que era ministro de Asuntos Exteriores, se iniciaron las representaciones de espectáculos líricos.

* * *

De entonces a hoy, se han sucedido presidentes de todo pelaje. Desde aquellos que la ignoraban o la escuchaban con recelo hasta los que la llenaron de gloria. Mitre, que valoró el talento del compositor Julián Aguirre, fue celebrado en 1901 a todo Verdi, con un "Rigoletto" cantado por Caruso y dirigido por Toscanini; Sarmiento -casi nada- apostó por la cultura y en 1839 incluyó la enseñanza de la música en el plan de una escuela sanjuanina; Marcelo de Alvear, de tan loco por la ópera, se casó con una luminaria mundial, la cantante Regina Pacini. También Roca se subía al carro de la música, mientras que Juárez Celman, con su hermano Marcos Juárez, contribuyó a la erección del Rivera Indarte, de Córdoba. Por el contrario, Hipólito Yrigoyen se aburría. También sucede. De Cámpora, Lastiri e Isabelita no podría decir nada bueno. En cambio, bajo la efervescencia social del primer gobierno de Perón, surgieron casi todas las orquestas sinfónicas del país con que actualmente contamos, y se estimuló a los cantantes argentinos (a los peronistas, ¡claro!). Asimismo, Aramburu y Frondizi dejaron buena huella en esta historia. Del riojano se impone aceptar que, aunque sus gustos se orientaron por otros senderos, dejó vivir y dejó hacer. Incluso hubo años de gloria, dólar mediante. Ante la incógnita que supone el nuevo presidente, es natural que uno tiemble. Del santacruceño ignoramos todo. Más desconocido, imposible. Eso deja abierta una puerta a la imaginación y la esperanza: tal vez atesore una fabulosa colección de discos de Beethoven, Mahler o Chopin; tal vez toque el violín, la guitarra o el saxo, pero tal vez no tenga la más remota idea. Una foto que circuló días pasados, en la que se lo ve escuchando a un pianista, podría ser una pista favorable; pero con los mensajes de los candidatos en campaña, mejor no ilusionarse. Sólo resta confiar en que el espíritu de Rivadavia lo alumbre e ilustre, para que, al menos, no deshaga aquello que costó tanto edificar.

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