Experiencias de John Cage

Pola Suárez Urtubey
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24 de enero de 2002  

El concepto de “música experimental” adquiere en el siglo XX su definición teórica más precisa cuando, en 1958, John Cage ofrece tres conferencias en Darmstad, Alemania, uno de los puntos clave de la música de la segunda posguerra. A través de la lectura de esos textos, se advierte el sentido exacto que busca el controvertido compositor estadounidense cuando afirma: “Una acción experimental es aquella que desemboca en un resultado imprevisto”.

Por entonces, la “acción” se refería a la composición musical; el “resultado”, a la ejecución musical. Las ideas básicas de Cage consistían en “reducir” la voluntad y el poder de determinación del compositor; o bien en encontrar una manera de producir su música por medio de métodos casuales o aleatorios (de alea: azar).

Medio siglo ha transcurrido ya desde que Cage, en 1952, daba a conocer una de sus más inesperadas experiencias. La obra (¿obra?) se titula 4’33”, y fue presentada por el pianista David Tudor, cuya actuación consistió en tener en una mano un cronómetro e indicar el principio de cada parte mediante la acción de cerrar la tapa del instrumento, para abrirla al final, sin ejecutar absolutamente nada.

Según declaraciones de este músico, “se trata de una de las experiencias auditivas más intensas que se pueda tener. Uno realmente escucha. Uno escucha verdaderamente todo lo que existe. Los ruidos del auditorio toman parte también”. Y termina señalando: “Resulta de ahí una experiencia catártica, a través de cuatro minutos y treinta y tres segundos de meditación”.

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Los años de la segunda posguerra mostraron el indiscutido liderazgo de Cage dentro de estas concepciones experimentales en el seno de la creación musical, las que definieron asimismo formas de teatro de medios mixtos (los “happening”), sin un esquema prefijado. Como principio subyacente de todos los medios empleados por Cage para reducir su dominio sobre la experiencia musical se halla el descubrimiento realizado por el autor en 1951 en el sentido de que “el silencio no existe”. Para ello se ubicó en una cámara todo lo silenciosa que le permitía la tecnología en ese momento. Al escuchar dos sonidos –uno agudo, que provenía de su sistema nervioso en acción, y otro grave, provocado por la circulación de su sangre–, el músico llegó a complejas conclusiones teóricas y filosóficas que lo llevaron a la experiencia de esa “música silenciosa” de 4’33’’. Venían en su ayuda, además, ciertas ideas tomadas del budismo zen y de otras fuentes orientales, con lo cual hallaban justificación teórica sus intentos de situar el acto de la “composición” musical fuera de su sentido tradicional.

Pasados cincuenta años, nadie se asusta ni de ésta ni de muchísimas otras experiencias de Cage dentro del terreno de la música. Pero de resultados tan inesperados como el de “Cuatro minutos, treinta y tres segundos”, también se nutre la historia de la música. A veces, algo o mucho de positivo han dejado. Por cierto que bastante más, seguramente, de lo que aportará ese vago, indefinido, posmodernismo que vino a reemplazarlo.

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