Grandes recuerdos de una diva

La cantante catalana comienza a despedirse de los escenarios internacionales con una gira que incluyó Berlín
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16 de noviembre de 2005  

BERLIN.- Con una de las voces más bellas de la segunda mitad del siglo XX y unos agudos "del séptimo cielo del belcanto", como alguna vez se dijo; con una técnica refinada y un espíritu incansable para redescubrir "las obras que duermen en el baúl de los recuerdos", como dijo en la charla con LA NACION, Montserrat Caballé ha escrito su página extraordinaria en la historia de la ópera de nuestros tiempos. En esa página se resumen nada menos que 90 papeles estrenados; un registro discográfico de casi un centenar de grabaciones; medio siglo de exitosa carrera en el más alto nivel internacional; y un grado de fama y popularidad pocas veces alcanzado por un cantante lírico. Actualmente de gira por Alemania -junto a su pianista, el argentino Manuel Burgueras-, con sus lozanos 72 años, la soprano catalana continúa ofreciendo sus originales conciertos y despertando el asombro de un variado público. En la intimidad de su suite en Berlín, la diva mantuvo una charla con LA NACION, en la que, con dulzura y modestia, recordó a leyendas como la Callas, Birgit Nilsson y Freddie Mercury.

-Se ha escrito sobre sus pianissimos como un fenómeno inigualable...

-Es una de las características que me atribuyen. Considero que esa ductilidad debe trabajarse desde la formación del cantante. He tenido también una técnica muy depurada para poder hacerlo y en el fondo, lo reconozco, he tenido predisposición y facilidad. He trabajado mucho y he conseguido ese sonido; pues la voz la tienes o no, pero lo que después hay que buscar son los colores que te permitan interpretar.

-¿Interpretar en qué sentido?

-Decir y expresar el texto. La expresión es hoy una de las cosas que más fallan. La gente canta, pero no interpreta. El fraseo, la palabra dentro de la línea es muchísimo más importante que un agudo, por ejemplo. Tú convences al público por la belleza de un aria completa, pero la belleza está en saber interpretarla, pero en la actualidad la interpretación se entiende con movimientos escénicos. ¡No! Me refiero a la interpretación puesta exclusivamente en el sonido.

-Hablando de movimientos escénicos: uno de los pocos reproches conocidos en su carrera, ha sido que no le prestara tanta atención a la actuación como al canto.

-En 1969 tuve un accidente muy grave en Nueva York. Hasta entonces podía hacer escénicamente todo, pero tuve tres operaciones en la rodilla que me impidieron para siempre realizar ciertos movimientos. Visconti me dijo en una Traviata: "No hace falta que camines, sólo mueve tus manos, que son maravillosas. Con ellas y con tu voz lo dices todo". Recuerdo una puesta difícil en el Met donde Levine y John Dexter arreglaron una infinidad de detalles para mí. También un "Cristóbal Colón" con puesta maravillosa de Tito Capobianco. Había un globo terráqueo inmenso que giraba y unas escaleras que la reina Isabel la Católica tenía que ir subiendo. Tito hizo una escalera tan larga y de escalones pequeños que para mí fue como caminar en lo llano. Pero no todo el mundo tiene esa consideración.

-¿Hay algún cantante de hoy que la deslumbre?

-Me gustan Renée Fleming, porque es muy musical, y Violetta Urmana, por su gran voz y fuerza impresionante. Como personalidad... tengo que decirle que mi hija [la soprano Montserrat Martí].

-Usted conoció a María Callas muy de cerca. ¿Qué consejos recibió de ella?

-Una vez tenía que grabar "Nabucco" con Sinopoli para la Deutsche Grammophon. Preparé el rol, pero no me encontraba cómoda. Me parecía que el papel requería algo más. Entonces la llamé a María y le dije: "Mire, me encuentro en esta situación...". Y ella me respondió: "¡No hagas esa tontería! ¡Recházala inmediatamente! Para Nabucco hay que tener una voz de color duro y no te lo aconsejo porque perderías el marfil de tu voz". La dejé y fue un excelente consejo. En otra oportunidad fue "Macbeth" para la apertura de la Scala con Abbado. Cuando se lo conté me dijo: "¡No lo hagas! Se necesita una voz fea y ruda que tú no tienes. Lady Macbeth es mala y no te veo en ese papel". Tampoco la hice y otra vez fue un buen consejo.

-¿Qué sintió cuando la anunciaban como la sucesora de la Callas?

-Un error... Creo que se puede hablar de una tradición en el tipo de obras, pero ella tenía una personalidad y una voz únicas y una técnica de canto espléndida. Sí debo reconocer que sus ejemplos me sirvieron mucho.

-¿Fueron amigas?

-Tuve esa inmensa fortuna. Ya no cantaba cuando la conocí... pero no fue para mí esa mujer que la gente dice que era. Yo conocí a una mujer muy sabia, con los pies en la tierra y justa en sus consejos. Conmigo era encantadora. Me quería mucho y yo la sigo queriendo mucho a ella. Cuando debuté con "Norma" en la Scala, me dio los pendientes que había usado ella. Me los puse para el ensayo general, pero para la première no me los pude poner. Me parecía una falta de respeto. María Callas es un recuerdo único para mí...

-Luego de sus experiencias en el crossover, sobre todo con Freddie Mercury, y siendo una precursora en atravesar géneros. ¿Cómo ve esa dimensión dentro de la ópera?

-Todo depende de cómo y por qué se hace. Para las Olimpíadas en Barcelona, el alcalde de la ciudad me pidió que hiciera algo para la juventud. "¡Pero no ópera -me dijo- sino algo moderno!" Como Freddie Mercury venía a todas mis funciones en el Covent Garden, a mi hermano se le ocurrió hacerlo con él. En su casa en Londres le había dicho una vez de hacer un dúo con él cantando como barítono (había estudiado canto cuando era joven). Y me dijo: "¡Ni loco, mis fans se horrorizarían!" Pero bueno... fue él quien escribió el tema de Barcelona que se convirtió en un hit y hoy sigue siendo un clásico del crossover. Fue una tristeza que Freddie falleciera antes de las Olimpíadas.

-¿Cómo recuerda su debut en Bs. As. en el rol de Liú con Birgit Nilsson como Turandot?

-Tengo un recuerdo muy claro. Yo estaba triste porque, después de varios ensayos, el director de orquesta me había rechazado porque decía que cantaba sin sonido, y cuando preparaba las maletas para regresar a Europa me llamaron para que fuera al Colón y me dijeron: "Tenemos un grave problema; sustituirla no es difícil, pero la señora Nilsson dice que si usted no canta, ella tampoco". ¡Me sentí tan acongojada! Sólo atiné a mirarla a ella, que estaba presente y me dijo (en alemán): "No saben lo que hacen". Por lo tanto, dijeron: "Queremos que ensaye y haga lo que se le pida". Llegó la función, yo le llevé unas flores a la Nilsson y le di las gracias por su ayuda. Para mí, que recién comenzaba [1966], ese teatro era muy importante, y cantar a su lado, todavía mucho más. Canté en la función igual que en los ensayos... Salí y fue una ovación que, dicen, duró 17 minutos. Después de la muerte de Liú me iba, pero la Nilsson pidió que me quedara. Cuando llegó el saludo final, ella me tomó de la mano y salimos juntas ¡sin el tenor! Me hizo pasar delante suyo y me dejó sola frente a los aplausos. ¡Esta es una gran anécdota para mí!

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