Guerra entre púas y martillos

Pablo Kohan
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26 de junio de 2014  

Clave

Desde cierta simplicidad, no exenta de algún desdoro, se reitera que el clave es un instrumento limitado y que suena eternamente igual, habida cuenta de que la producción del sonido es tan mecánica que no es pasible de modificaciones aun para el más experto y sensible de los clavecinistas. En un extremo de la palanca, un dedo presiona una tecla; en el otro extremo, una púa pellizca una cuerda. Sea cual fuere la intensidad de la presión, la respuesta del instrumento será siempre la misma. Sin embargo, en el siglo XVIII, cuando se multiplicaban ad infinítum las creaciones para clave, los luthiers buscaron alternativas en el material con el cual se construían las púas. Jakob Adlung, un organista, teórico y constructor de claves, en su Musica mechanica organoedi, de 1726, desechaba las púas de pluma de ganso, porque eran demasiado blandas para producir un buen sonido, y las de espinas de pescado porque eran demasiado rígidas, y afirmaba que "las plumas de cuervo bañadas en aceite de oliva resultaban perfectas". Pascal Taskin, desde París, prefería las púas de cuero porque producían un "sonido más redondo". Johann Forkel, el primer biógrafo de Bach, refería a un clave que había visto en Roma que superaba al de Taskin con sus púas de cuero revestidas con terciopelo. "Ese clave suena como si las tocara un dedo sensible con mucha delicadeza y su sonido está a mitad de camino entre el de la flauta y el de una campana suave... Este instrumento supera ampliamente a todos los demás." Como fuere, novedoso, pujante e incontenible, el piano, en ascenso fulgurante, había venido para quedarse y no hubo púa por más delicada, fina, elegante, barnizada, aterciopelada, botánica o zoológica que pudiera competir con sus maravillosos martillos.

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