Hasaj, de menor a mayor

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17 de mayo de 2003  

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Eduardo Marturet. Solista: Fernando Hasaj, violín. Programa: Jorge Mockert: "Conclusiones"; Beethoven: Concierto para violín y orquesta, Op. 61; Brahms: Sinfonía N°4, Op. 90. Teatro Colón.

Nuestra opinión: bueno

Ni la llovizna ni la humedad pegajosa que se instalaron en la Capital, el jueves, pudieron mermar la gran convocatoria que vienen concitando los conciertos de la Filarmónica. En esta ocasión, la orquesta porteña fue dirigida por el venezolano Marturet y, para el comienzo, antes del Concierto para violín de Beethoven y la cuarta sinfonía de Brahms, dos auténticas y maravillosas obras maestras del siglo XIX, fue programada "Conclusiones", del entrerriano Jorge Mockert, una obra que, por su título, parecería que tendría que figurar más en los finales que en las aperturas.

Mockert, absolutamente al margen de las corrientes de la música académica que han predominado en el último medio siglo en la Argentina, no sólo que abjura de experiencias atonales y de cualquiera de las estéticas vanguardistas, sino que recurre a los combatidísimos elementos del folklore musical argentino, aquellos que Juan Carlos Paz consideraba como "material muerto".

Seguro de sus convicciones, Mockert plantea una obra tradicional, contundente en el sentido de instalar omnipresentes a los patrones rítmicos del 6/8 de la música folklórica, en algunas de sus muchas variantes, y, formalmente, estructura "Conclusiones" en un "A B A" clarísimo, que podría servir de modelo irrebatible en alguna clase de morfología.

En "A", estruendoso y potente, no se sale de la insistencia rítmica ni de la constante de un tutti sostenido, con mucha percusión agregada, casi sin ninguna alternancia textural. "B" es esencialmente melódico, más calmo y más breve. Tras la reiteración del festival del 6/8, la coda se desarrolla en un 7/4 que, sin embargo, no alcanza para aportar mayores variantes. Es definitivamente lícito utilizar los materiales que a cualquier compositor le parezcan convenientes para elaborar su propuesta musical.

Pero "Conclusiones" peca de demasiadas redundancias y de alguna falta de imaginación para poder recorrer otros caminos sin que éstos tengan necesariamente que estar vinculados con algo que no sea estrictamente nacional y folklórico.

Concierto de Beethoven

El Concierto para violín de Beethoven comenzó un tanto frío. Si bien la obra arranca muy tenue desde los celebérrimos cuatro golpes del timbal, la interpretación de Marturet no ahondó en los elementos contrastantes y heroicos que, si bien menos manifiestos que en otras obras del mismo compositor, también están presentes dentro del lirismo general que caracteriza a esta obra. Por su parte, Fernando Hasaj comenzó al tono, también él un tanto distante e, incluso, con algunas imperfecciones en la afinación en los agudos, algo que fue corrigiendo a medida que el tiempo fue avanzando.

Con todo, más allá de esos descuidos iniciales, Hasaj ofreció una interpretación plena de musicalidad y con momentos de alto vuelo, particularmente en el segundo movimiento. Como para dejar atrás aquellos extraños deslices inaugurales, Hasaj apabulló con su técnica y con su determinación en las dos cadencias que Kreisler escribió para los movimientos primero y tercero, y también en el final de la Sonata para violín solo en sol menor de Bach que ofreció fuera de programa.

Brahms, con altibajos

Tras la pausa, Marturet alternó momentos magistrales y de plenitud con otros más intrascendentes en la dirección de la Sinfonía N°4 de Brahms. La gestualidad del venezolano no tiende hacia lo metronómico, sino que es fundamentalmente expresiva. Paradójicamente, la exactitud, el ajuste y las distinciones dinámicas fueron impecables, y las cuestiones musicales no se plasmaron de acuerdo con lo que pudieran sugerir los movimientos muy dramáticos del director, aunque también un tanto espasmódicos y exagerados. Los fraseos quedaron acurrucados dentro de una obsesión por el respeto al tempo y faltaron rubatos, respiraciones, alguna intimidad y esas urgencias que deben aflorar cuando se interpreta a Brahms.

Así como el primer movimiento careció de esos impulsos vitales e indispensables, la passacaglia del final fue arrolladora, plena y muy bien ejecutada por los músicos de la orquesta. Y si los desniveles van a suceder, es preferible que las obras concluyan mejor de lo que empezaron, ya que siempre es bueno retirarse de un concierto conservando en la memoria los instantes más felices. Sobre todo si afuera estaban aguardando la misma humedad y la misma llovizna, tan tenaces y fastidiosas.

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