Historias cotidianas en formato canción

Gabriel Plaza
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28 de febrero de 2004  

Encuentro de canto popular. Manuel Capella y José Carbajal, el "Sabalero". En el teatro ND/Ateneo.

Nuestra opinión: muy bueno

El "Sabalero" no necesita de grandes discursos ni de la pose de artista para subirse a un escenario. Su talento reside en la naturalidad con la que dice sus cosas. Con la simpleza de un buen contador de historias, a la manera de los juglares, José Carbajal bordonea todo el tiempo entre un tipo arrabalero y bonachón. Un hombre que vivió mucho tiempo de ronda, pero que acarició en su niñez la simpleza del obrero y el hombre de río. Vivencias que en sus canciones se vuelven trascendentales y dotan a su obra de absoluta credibilidad.

En este concierto, donde repasó sus clásicos -incluidos en la recopilación "11 y 4", de reciente aparición- el cantautor vino acompañado de su nueva banda, que vistió de colores sus composiciones y agotó las localidades del teatro ND/Ateneo, conformando un nuevo fenómeno de popularidad.

Pero antes del Sabalero, el "galleguayo", Manuel Capella tuvo su momento de gloria. El músico que teloneó a Carbajal también se ganó al público con su simpleza, su registro grave -similar al de Zitarroza- y sus temas en ritmo de milonga y candombe. Bien recibido por gente que nunca lo había visto, el músico, cantor y guitarrero, dejó su homenaje para Zitarroza y Chabuca Granda.

José Palomino Cortez, padre del actor Juan Palomino, difusor de la cultura de América latina, hizo de presentador y anfitrión, y le dio un tono amable y de reunión de amigos al concierto. La gente se contagió de ese ambiente cómplice, desde que el "Sabalero" apareció haciendo un par de relatos de su disco "La casa encantada".

Despuntado sus dotes histriónicas, el cantor recorrió su adolescencia y los años de convulsión social y de nuevos aires para la canción popular; sus encuentros y desencuentros con Zitarroza, sus aventuras por otros países, los desencuentros políticos y la amistad formaron el núcleo de ese monólogo con pequeños fragmentos de canciones del "Flaco".

Lejos de mitificar su figura, el "Sabalero" es la imagen viva del hombre de a pie. Del cantor trasnochado de boliche y del poeta simple. En cada uno de sus temas termina narrando su propia historia y las de su clase. Lo hace en "Los panaderos", donde cuenta la infancia simple en Villa Pancha, "Chiquillada", o en el final de "A mi gente".

La banda sostiene las sencillas canciones con un sonido acústico. Los nuevos arreglos de los temas se nutren del aporte de la armónica y el piano. La guitarra, la percusión y la batería ponen la energía para que Carbajal cante sin preocupaciones y sólo se ajuste a transmitir sus emociones. Sin luces de estrella, cumple con su oficio. Emociona y retrata a su gente, ese pueblo sabalero que es sostén de su obra. Al final, el mismo clima de amistad y complicidad que impulsó el cantautor, dejó margen para una entrega de plaquetas recordatorias. Extraño para un concierto, pero coincidente con el espíritu que reinó en la noche: el de un encuentro entre amigos.

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