Horacio Malvicino recuerda a Piazzolla

El guitarrista repasa su vida con gracia y muy buena memoria junto a la del gran Astor en su libro El Tano y yo
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19 de octubre de 2008  

El guitarrista que acompañó a Astor Piazzolla en varios de sus grupos desde el Octeto, en 1955, y con el que grabó quince discos, acaba de publicar El Tano y yo (Corregidor, 2008), un libro en el que los capítulos se alternan de acuerdo con el título, relatando sabrosos y desconocidos aspectos de la vida de Piazzolla (El Tano) y de Horacio Malvicino (Yo).El trabajo no sólo recorre toda una vida de amistad, compañerismo y afinidades musicales y artísticas, sino que al mismo tiempo homenajea a una Buenos Aires que ya se fue, a un estilo de vida nocturnal y bohemio que es cálido recuerdo, y a una picaresca reconocible en inventiva y masculinidad.

También conocido como "Malvestiti" (por sus atuendos de antaño probablemente desprolijos e inoportunos) o como "Malveta, rey de la treta" (apelativo que le endilgó el poeta popular Héctor Gagliardi), a Malvicino se le adjudican numerosas proezas musicales, pero también una frase extraordinaria que cruzó los tiempos: "Música es el arte de combinar los horarios". No es que se propusiera desmentir al maestro Alberto Williams, padre de otra gran definición ("Música es el arte de combinar los sonidos"). Solamente necesitaba mantenerse pendiente del segundero del reloj para que, en una misma jornada, le diera el tiempo para grabar, hacer radio o televisión en vivo, animar bailes, incluso, cada tanto, rendir algún examen de medicina, la carrera que ahora a los 79 años está próximo a concluir. Y, como si fuera poco, acompañar al gran Astor. En el libro deja constancia de varias de esas hazañas, como cuando se fue a Lima sin avisarle al maestro.

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Pero este singular profesional, por cuyos dedos (y oídos) pasó buena parte de la música popular que los argentinos oímos en el siglo XX (de Palito Ortega a Tanguito; de los Mac Ke Mac’s a Susana Rinaldi; de Milva a Joao Gilberto; de Plácido Domingo a Los Chalchaleros; de Los muchachos de antes a Piazzolla) no se resignó a ser solamente Horacio Malvicino. Además, se inventó un par de álter ego con los que obtuvo diferentes sucesos. En una radio tenía un número de innegable estirpe teatral: tocaba de espaldas al público que lo iba a ver bajo el seudónimo de Don Nobody (Don Nadie) para que su imagen siguiera en el anonimato, y con versiones europeizadas de populares tangos y con el nombre de fantasía de Alain Debray ("Alain por Delón y Debray por el revolucionario francés de París del 68", explica)vendió aquí y en el mundo millones de copias de "La cumparsita", "El choclo" y otros títulos tradicionales. Pasó por muchos géneros, pero ancló definitivamente en el tango nuevo de Astor. Sin embargo, para Malvicino, en su Concordia natal, en el principio fue el jazz.

Estudiante de guitarra desde los seis años, su fascinación inicial se centró en la orquesta de Benny Goodman y en su guitarrista, Charlie Cristian. Cuando pisó Buenos Aires por primera vez no fue para convertirse en estrella del jazz sino para estudiar medicina, en los tiempos en que la superstición de M’ hijo, el dotor seguía felizmente vigente. Al final la música llegó a su vida para quedarse y, según cuenta el libro, fue Astor Piazzolla quien personalmente apreció sus condiciones de guitarrista tocando en el Bop Club Argentino y lo seleccionó para integrar la agrupación que estaba formando. "Yo ya lo conocía –cuenta Malvicino– porque en Concordia había escuchado una versión de «Taconeando» por la orquesta de Astor de 1946". Al lado del autor de "Adiós Nonino" le hizo frente al peso de las innovaciones oyendo que tradicionalistas y detractores de los cambios se preguntaban: "¿Guitarra eléctrica para tocar tango?, ¿dónde se ha visto semejante sacrilegio?"

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Cuando llegó a ese grupo que sacudió la consagrada idiosincrasia del "dos por cuatro", Malvicino ya era un músico avezado, frecuentador de boites y night clubes y que había tocado en grandes orquestas melódicas como las de Fernando Roca, Eduardo Armani y René Cóspito, cuando en los clubes, la típica y el jazz armaban la diversión. Apreciado desde joven por ser un hábil lector de particellas (partituras) a primera vista y por sus dotes de arreglador fue durante años director musical de dos importantes grabadoras, la nacional Disc Jockey y la transnacional RCA Víctor. Pero queda claro leyendo el libro que fue con Piazzolla (y con compañeros de la talla de Suárez Paz, Agri, Ziegler, Tarantino, Leopoldo Federico, Quicho Díaz, Bragato, Baralis y Console, entre otros) en donde Malvicino consiguió las glorias más rendidoras.

Afirma que le debe a su padre, empleado del ferrocarril cuando serlo era un blasón único, sus estudios de guitarra e inglés, y la pasión por el turf, inclinación que persiste y que le permitió desarrollar su stud San Antonio, dedicado a criar caballos de carrera. Y ahora, por puro gusto, volvió a estudiar medicina: cuando se reciba piensa especializarse en psiquiatría.

Viudo desde hace unos años ("De Graciela, la mujer que me ubicó en la vida", consigna), Malvicino tiene dos hijos que viven en los Estados Unidos, una situación que le permite estar muy actualizado en el mundo de los sonidos y las grabaciones. "Los sintetizadores y otros métodos digitales nos vienen pasando por encima a los músicos. Y, en parte, es razonable que esto ocurra: ¿qué aparato te va a poner una exigencia de horario o te va a hacer un paro sorpresivo?". Por el contrario, Malvicino se asombra de que todavía en la Argentina se discuta a Piazzolla, mientras en Europa hay más de 200 grupos que lo interpretan con devoción. Debe de ser por lo mismo que cuando aquí se enteraron que el tal Alain Debray no era francés sino que vivía a la vuelta, los discos empezaron a dejar de venderse como antes". Y antes de que alguien se confunda, Malvicino aclara en el libro que se siente un afortunado por poder haber compartido todas estas vivencias, pero que "el Grande fue el Tano y no yo".

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