Kabaretti, un director impecable

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25 de noviembre de 2006  

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Nir Kabaretti. Programa: Wagner: obertura de Los maestros cantores ; Prokofiev: suite Nº 2 de Romeo y Julieta ; Brahms: Sinfonía Nº 2 en Re mayor, Op. 73. Reprogramación de la función Nº 20 del abono 2005. Teatro Coliseo.

Nuestra opinión: muy bueno

En contra de los malos presagios y del derrotismo cerrado e impenetrable de los espíritus agoreros que se siguen lamentando por el cierre del Colón, esta nueva presentación de la Filarmónica ha servido para comprobar que, en el Coliseo, también se pueden vivir noches fantásticas. Claro, para ello tienen que confluir, al menos, dos circunstancias imprescindibles como ser que los músicos estén en una buena noche y, esencialmente, que frente a ellos esté alguien capaz de conducirlos como lo hizo Nir Kabaretti, un israelí joven, atlético, de apellido enigmático, que saluda, entre deportivo y peronista, con ambos brazos curvados hacia lo alto y que ya carga con un currículum impresionante. Por lo demás, desconocido absoluto en nuestro medio, el hombre tuvo la virtud de levantar un ambiente espeso en el cual se entremezclaban esa displicencia que se puede percibir en los abonados de la Filarmónica cuando deben trasladarse hasta Marcelo T. de Alvear y el fastidio de un anuncio en off que indicaba que no se iba a abrir el concierto con la obertura de El rapto en el serrallo , de Mozart, que estaba anunciada, sino con la de Los maestros cantores , de Wagner, una señal bastante clara de que los tiempos de ensayo no habían sido suficientes o que la programación no había sido satisfactoria.

Pero Kabaretti se subió al podio y la Filarmónica, con la que es, tal vez, la obertura más estruendosa y menos original de todas las que escribió Wagner, comenzó a sonar ajustada, potente y majestuosa. Sin fisuras, toda la grandilocuencia de esta pieza diatónica y previsible encontró un cauce muy apropiado. Con todo, el aplauso que le continuó fue leve y minúsculo para tanta certeza.

Con la obra siguiente, Kabaretti se apartó de la rutina y, en lugar de ofrecer un concierto para algún solista y orquesta, según el modelo archiconocido, se arriesgó con la segunda suite de Romeo y Julieta , el ballet de Prokofiev, una obra que no sólo tiene riesgos técnicos e interpretativos ciertos, sino que, además, tiene un final en el cual la desazón y la tristeza se visten con un pianissimo tenue y austero que no promueve ninguna explosión espontánea. Sin embargo, uno a uno, los números de la suite -que, inexplicablemente, no fueron consignados en el programa- fueron pasando con realizaciones estupendas. Hubo robustez y contrastes muy bien marcados en "Los Montescos y los Capuletos", agilidad y precisión en "La joven Julieta", cantabilidad y expresión intensa en la "Danza de las niñas de las Antillas" y magia, dolor y belleza en el adagio fúnebre postrero. De principio a fin, la Filarmónica expuso una interpretación soberbia de una obra dificultosa y a la cual únicamente se le puede formular una objeción: en la intimidad de la orquesta deben saber por qué fue descartado "Romeo y Julieta antes de la separación", el quinto movimiento de la suite.

Si con Prokofiev, Kabaretti había demostrado todas sus competencias en uno de los muchos campos de la música del siglo XX, con un Brahms estupendo conquistó definitivamente a una audiencia que se había mostrado remisa a las efusiones. Más allá de algunos sonidos no precisamente extraordinarios de los vientos en determinadas ocasiones, la segunda sinfonía de Brahms sonó expresiva, intensa, precisa y atrapante. Concentrado y vital, Kabaretti, que dirigió todo el programa de memoria, eliminó cualquier chance de alguna lectura inercial, sin permitir que, ni por asomo, la orquesta funcionara con alguna suerte de piloto automático. Como síntoma claro del impacto ocasionado y de la atención creciente, en la pausa entre los dos últimos movimientos, casi no se escucharon esas toses que más que traslucir la presencia de malignísimas bacterias patógenas son testimonio bastante fidedigno de diferentes grados de ajenidad o aburrimiento.

Tras la aclamación vociferante y merecida del final, Kabaretti sorprendió a todos con una pieza fuera de programa, una rareza absoluta dentro de los programas del abono de la Filarmónica. Rapsódica, muy expresiva, con muy sutiles cambios de intensidades y de toques y a puro arte, la orquesta tocó impecable y contundente la Danza húngara Nº 5, de Brahms. Con una muy buena producción, la orquesta demostró, fehacientemente, que puede haber vida fuera del Colón. Pero sería justicia que a Nir Kabaretti, el hacedor de la gran experiencia, se lo pueda ver, cuando se pueda, dirigiendo la orquesta en el Colón.

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