Krantz, rock descarnado

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30 de agosto de 2001  

Presentación del disco "Los extraños nunca dicen adiós", del cantante y guitarrista Pablo Krantz, con Pat Coria en bajo, Sebastián Viola en guitarra y Silvio Ottolini en batería. Ciclo Lado A-B de rock y pop alternativo del San Martín.

Nuestra opinión: bueno.

Un show de rock, donde el volumen y el mensaje llegan al auditorio como un torbellino emocional, una sensación que transmite desde el comienzo el guitarrista y compositor Pablo Krantz, un músico under, postura que mantiene aun cuando actúa en la sala A-B del San Martín.

Krantz, con sus Chicos Búfalos, Pat Coria en bajo, Silvio Ottolini en batería y Sebastián Viola en guitarra y teclados, presentó en el ciclo Lado AB, de rock y pop alternativo, su segundo disco, "...Los extraños nunca dicen adiós", un trabajo que en la placa vagabundea por el pop, aire casi ausente en el concierto, ganado por el espíritu histriónico del rock extremo, sazonado por una mirada hendrixiana dada por la guitarra de Viola, cargada de distorsión y acoples que dieron al show una atmósfera sesentista.

Antes, el grupo Experimental Noise Operation (ENO) hizo una música pop con sabores experimentales y de una técnica interpretativa modesta, ayudados por un trabajo de efectos en la guitarra conectada a un loop y a un equipo de onda que reproducía sonidos de interferencias. La banda canta en inglés y tiene una propuesta atractiva sin ser novedosa.

Sube Krantz con un aire a Bob Dylan y su banda comienza con "¿Crees en los milagros?", un tema que en el escenario transforma la plasticidad escuchada en el disco con un punch poderoso; el cantante nos recuerda un posible dilema: "Estamos vivos, estamos muertos o estamos sólo esperando", cuestión que no busca responderse. La guitarra de Viola se eleva en un acople que parece impulsar al grupo hacia un fuerte ataque.

Su voz, encanto singular

"Cinco años en Londres", tema del primer disco, representa una muestra de la evolución del compositor tan interesante como provocativa. Su voz tiene un tono francamente singular; esa falta de gracia en su canto es quizá su mejor carta de presentación y, por cierto, clave en el contexto de su música. Una voz desnuda que lanza un mensaje por momentos decepcionado, por momento disolvente, pleno de una sensación de ausencia de futuro, de una poética descarnada, despojada de esperanza.

El grupo suena sólido, conducido por Pat Coria, una bajista que parece preferir líneas melódicas antes que rítmicas, mientras que Ottolini crea un clima de rock intenso al mantener un beat que perfora la nube melódica construida por la guitarra de Krantz. A su lado, Viola hace un trabajo potente; sus solos no apuntan a ese protagonismo común de "primer guitarrista", sino que abonan con efectos y acoples la visión más ruda del rock envolvente, una música que avanza como una aplanadora, a pesar de un auditorio que, quizá no muy preparado para esa muestra de fuerza, prefiere la salida.

La música de este nuevo trabajo es más lineal; hay menos búsqueda melódica y más potencia.

Hecho un ovillo, debajo de una nube de humo, Krantz entona "Los extraños nunca dicen adiós", una lección de cómo partir. Detrás de ese mundo de abandono la música contagia una vivencia más desesperada, menos lírica. Llega uno de los temas más potentes, "El abominable hombre de cristal", tocado como si fuesen Los Ramones, derecho y sin cadencia. La voz de Krantz se viste para esta autocrítica: "He vuelto a ser aquel que juré no volver a ser"; el ritmo machacante le da un aire único a este concierto.

El cierre es con "Bajo cero", un tema logradísimo en clima y letra que vuelve a hablar del abandono. Krantz es uno de esos talentos inquietos que, a pesar de que todo parece dicho, nos logran sorprender.

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