La perspectiva García

Sebastián Ramos
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25 de septiembre de 2013  

Líneas paralelas-artificio imposible / / Dirección: Charly García/ The prostitution: Carlos García López, Fernando Samalea, Fabián Quintiero, Toño Silva, Kiuge Hayashida, Carlos González, Rosario Ortega, Julián Gándara, Christine Brebes (violín) y Hernán Ringer (violín)/ Kashmir: Demir Lulja, Elena Iakovleva, Carlos Cosattini y Juri Nakamura en violines, Carolina Folger y Mariela Meza en viola, Patricio Villarejo y María Eugenia Castro en violonchelo/ Artistas invitados: Bernard Fowler (voz), Bernardo Baraj (saxo) y Jean Francois Casanova (representando a "La Tercera")/ Imagen: Renata Schussheim/ Lugar: Teatro Colón (anteanoche; repite el lunes 30).

Nuestra opinión: muy bueno

Líneas paralelas, artificio imposible. Se abre el telón y la perspectiva, ese arte o apariencia que tanto obsesionó a Charly García en el último año, se ofrece como punto de partida, de despegue, de eje temático planteado desde lo musical y también desde lo escénico, de la mano de una vieja aliada como Renata Schussheim. Sombras nada más y una pista imposible, infinita, que en el horizonte del tablado más pituco y profundo de Buenos Aires cruza sus líneas y quiebra alguna que otra regla, no más. Entonces sí, cuando desde el fondo aparece la figura desgarbada del director, en este caso Carlos García Moreno Lange, vestido como si los años 80 nunca hubiesen terminado, el cuadro estuvo completo, incluso antes de empezar.

Anteanoche, Charly García tuvo finalmente su noche deluxe en el Teatro Colón. Algo con lo que había podido fantasear de pequeño, cuando paseaba con agilidad sus dedos flacos por las teclas del piano, en las largas clases del Conservatorio Thibaud-Piazzini. Algo que desde sus años de juventud, a través de sus más intrincadas composiciones, se plasmó como una obviedad y que desde la fundamentalista época del "concepto constante" en adelante parecía una utopía.

Porque García recorrió el camino inverso al de la mayoría de los músicos populares: del purismo clásico de sus primeros años al rock and roll del aguante. Algunos dirían que se trata de una extraña suerte de involución. Para Charly es simplemente Say No More.

A fin de cuentas, de artificios imposibles se trataba este espectáculo, que comenzó como una sinfonía con una orquesta de 50 músicos en escena y que se corporizó como otro capítulo (¿el último?) de una etapa de revisionismo de la obra de García que se inició hace cinco años, tras su última internación. Desde entonces, el hombre recuperó su vasto y exquisito repertorio y lo paseó por distintos formatos, hasta encontrar en el cruce de una banda de rock y las cuerdas el sonido que marcaría definitivamente este período.

El moño llegó con la invitación al Colón (su primer concierto completo, aunque en 2002 había tocado allí el Himno Nacional en una función de Maximiliano Guerra), con aquellas líneas paralelas que se unieron en la cabeza de Charly y con dos cuartetos de violín, viola y violonchelo que empalmaron con sutileza la impronta rock del grupo The Prostitution. Juntos interpretaron canciones de ayer, de hoy y de siempre, algunas de ellas rescatadas entre lo más oculto de su discografía (pasajes instrumentales del álbum Pubis angelical ; "20 trajes verdes", de Seru Giran, o el atonal "Constant concept", del disco Say No More , en compañía de Bernardo Baraj en saxo) y apenas un par de clásicos (la versión de "Eiti Leda" se llevó la más explosiva demostración de gratitud del público) que completaron una lista de temas ideal para la ocasión.

Fueron 26 canciones a lo largo de dos horas, con un García concentrado, sin demasiadas ocasiones para la improvisación y ajustándose a un guión que abrió con "Dileando con un alma (que no puedo entender)" y que, con el transcurso de los minutos, fue cobrando la temperatura necesaria para esta apuesta.

En el inicio, la voz ronca, a veces inentendible, de García parecía romper el hechizo de este templo de lírica. Pero Charly conoce de transformaciones y se sabe provocador. Tanto que sumó al plan general esos pequeños gestos, algún que otro capricho y ciertos deslices.

En "Desarma y sangra", García se dio el gusto de cerrar solfeando en el aire como un director de orquesta; en "Promesas sobre el bidet" bajó una bola de boliche gigante que iluminó los rostros felices de los que se apiñaban en la cazuela y el gallinero. Tocó a dos pianos "Reloj de plastilina" e invocó a su Pachamama personal, Mercedes Sosa, para compartir la celebrada "Cuchillos".

Cada una de las composiciones sonó con arreglos renovados, en un esfuerzo por completar aquel concepto febril de eliminar la tercera nota del acorde con el que Charly taladró la cabeza de quien se le cruzara en el camino en los últimos doce meses.

Presentado como "una suite de ciencia ficción en dos actos", Charly no sólo se apoyó en su obra y en la acústica de un teatro sin igual en el país, sino que dejó que su yo cinéfilo, amante de las bandas de sonido, fluyera sin limitaciones. "Vía muerta", "Rejas electrificadas", "Monóculo fantástico" y "Anhedonia" hipnotizaron a la atenta audiencia desde el primer acto.

Luego del intervalo, todo fue in crescendo, y clásicos como "Yendo de la cama al living", "Los dinosaurios" ("un tema donde el protagonista gana... con tiempo, pero gana"), "Eiti Leda" ("Una canción que compuse a los 17... que tiene fea letra, fea melodía") y "Parte de la religión", encontraron una nueva forma de mutar.

"Happy & Real", con piano de cola incluido y el corista de The Rolling Stones Bernard Fowler luciendo su voz, cerró el espectáculo. Aunque faltaba un detalle, el bis que se dice que terminó construyéndose como un símbolo de lo que representó la jornada: "Inconsciente colectivo", con las palmas de la platea y los palcos retumbando en el aire no tan puro del Colón. Artificios imposibles. Otras perspectivas.

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