La Scala deberá esperar años para volver a nacer

Todavía padece las consecuencias de las bombas caídas en 1943
Todavía padece las consecuencias de las bombas caídas en 1943
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25 de enero de 2002  

(Corriere della Sera).- Los mitos no mueren para siempre. Pueden ser ultimados, pero resucitan; hay quienes tratan de olvidarlos, pero es un esfuerzo vano. Tarde o temprano renacen y germinan bajo su impronta nuevos seres, nuevas historias.

Algunos lugares permanecen en la edad del mito. El Partenón, por ejemplo. Transformado sucesivamente en iglesia cristiana, en mezquita y hasta en depósito de municiones; destruido parcialmente por una bomba lanzada por los venecianos en 1687, saqueadas muchas de sus esculturas por los ingleses en el siglo XIX, el templo ateniense volvió a ser hoy el símbolo de la época clásica.

La Scala es uno de esos lugares. Como la Capilla Sixtina, la Catedral de Notre Dame, el muro de los lamentos de Jerusalén o las pirámides de Egipto. ¿Por qué la Scala se convirtió en un mito? Vale la pena hacerse hoy esta pregunta, en el momento de la mudanza al Teatro degli Arcimboldi, en el que las notas de "La traviata", de Verdi, dirigida por Riccardo Muti, dieron en estos días el punto de partida al exilio más prolongado de su historia.

Hay que decir antes que nada que la intervención era necesaria. Desde la Segunda Guerra Mundial, la obra creada por Piermarini sufría numerosos achaques. Para explicarlos basta recordar que el 16 de agosto de 1943 los aviones aliados lanzaron sobre la desvalida ciudad de Milán toneladas de bombas. Los palcos se transformaron en cenizas. Los escombros llegaron hasta la segunda fila de los palcos. Lo único que permaneció intacto fue el escenario.

En aquel triste otoño de 1943 hubo una reacción espontánea de toda la ciudad, decidida a no abandonar ni el edificio ni la temporada. Las representaciones se hicieron en los teatros de Milán que todavía se mantenían en pie, mientras simultáneamente comenzaba la reconstrucción.

Ni bien fue posible se trató de poner nuevamente al teatro en movimiento: el 11 de octubre de 1944, con la batuta de Hans Weisbach, la orquesta se instaló "a pedido del público" en el todavía esquelético templo lírico para ejecutar la Quinta Sinfonía de Bruckner y la obertura "Coriolano" de Beethoven. El público seguía la función en sillas comunes y corrientes y la acústica brillaba por su ausencia, pero todos estaban de vuelta entre aquellas paredes.

De todos los teatros europeos dañados por la guerra, la Scala fue el primero en resurgir con un concierto realizado el 11 de mayo de 1946, dirigido por Arturo Toscanini. Luego de atravesar el umbral del edificio reconstruido, Toscanini golpeó sus manos para probar la acústica. Un testigo de ese hecho nos acercó la fatídica frase del maestro: "La Scala es la misma de antes". Todos saben que decía una mentira. La estructura había sido reparada precipitadamente, con cemento armado o lo que se podía.

Bajo las plateas, más allá del terciopelo rojo de las butacas, aún hoy están los escombros. Las ondas sonoras en algunos puntos bien precisos de la sala son agredidas por materiales escasamente apropiados. Razones como éstas llevan a que la Scala tenga urgente necesidad de 30 meses de arreglos (se reabrirá el 7 de diciembre de 2004).

Llevar las representaciones al Teatro degli Arcimboldi, más allá de las mil discusiones que rodearon esta decisión, fue una elección adecuada. De alternativas en forma de carpa (como ocurrió en La Fenice de Venecia) o de dispersión o suspensión de las actividades no queremos ni siquiera empezar a hablar.

La Scala cambiará el centro por la periferia por un acto de valentía. Llevarla por un tiempo al lugar en el que latía el corazón de la fábrica Pirelli es una decisión política, guste o no. Pero en un momento regresará donde siempre estuvo, frente al Palazzo Marino, hoy sede de la municipalidad.

Un trampolín para Verdi

Al comienzo nos preguntamos por qué la Scala llegó a convertirse en un mito. La pregunta parece inocente, pero vale la pena buscar la respuesta en la propia historia del teatro. La Scala, por encima de todo, es un templo de la música y entre sus paredes se "inventaron" las tendencias, las modas, las arias y las armonías más reconocidas. Sin la ayuda de la Scala, Verdi hubiese sido un compositor de escasa nota, al igual que Rossini. Lo mismo cabe para Puccini, Bellini o Donizetti. El mito de Toscanini está ligado ante todo a la Scala. Batutas como Karajan y Furtwängler deben agradecer la hospitalidad del teatro en tiempos difíciles. La unidad italiana fue decidida por la burguesía en la Scala. Desde su palco real saludaron los virreyes austríacos, franceses y piamonteses, los súbditos de la casa de Saboya, los fascistas, los antifascistas, los democristianos, los comunistas, los socialistas.

Los visitantes ilustres fueron muchos: valga como ejemplo el príncipe Carlos de Inglaterra, que exhibió su muy británico perfil en la función de "Don Giovanni", de Mozart, el 7 de diciembre de 1987, sin que pudiera atenuarlo el dulce rostro de su entonces esposa, la princesa Diana.

Y vale la pena recordar que uno de los grandes males de la Milán de nuestros días, el tránsito, hizo su debut precisamente gracias a la Scala en un bando del 20 de diciembre de 1791. En la esquina de Via Santa Margherita, donde se encontraba el Café de la Academia, en las noches de función se arrojaba una cadena sobre la calle con el propósito de impedir la circulación de los carruajes. Llegaban todos casi al mismo tiempo, creando una congestión de tránsito muy peligrosa para los parámetros de aquella época. Es cierto que no había riesgo de contaminación ambiental. Pero si el lector tiene tiempo de acercarse a las quejas de entonces llegaría a la conclusión de que los caballos también aportaban lo suyo. Nos abstenemos de dar precisiones al respecto.

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