La sinfonía del nuevo mundo

Mágico encuentro de las orquestas juveniles de Venezuela y la Argentina
Jorge Aráoz Badí
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30 de mayo de 2013  

No deja de producir cierta inquietud el espectáculo de un grupo formado por unos doscientos adolescentes que actúan con seguridad y sensibilidad incuestionables, como operadores de una orquesta sinfónica, el instrumento más elaborado y complejo de la civilización musical. El aplauso arrebatado, fervoroso, prolongado con que el viernes pasado, el público del Auditorio de Belgrano premió la actuación de dos orquestas juveniles que hicieron música en simultáneo y de la mejor manera, incluía admiración y desconcierto ante el hecho de que, a edades tan tempranas, ya fuera posible apoderarse de creaciones musicales que muchos adultos imaginaban reservadas para la madurez.

La actuación de doscientos instrumentistas en el escenario, es el doble de la integración reclamada por una sinfónica. Los recelos en el sentido de que la ejecución duplicada pudiera atronar, generar confusión, oscurecer detalles, quedaron de lado apenas se inició la Obertura Egmont , de Beethoven.

La sonoridad produjo un impacto impresionante sobre el público. Era como tener un parlante bajo la butaca. Salvo que se esté prevenido sobre la cantidad de integrantes que pide una obra (como el Requiem de Berlioz o la Octava de Mahler) nadie imagina una sinfonía del repertorio habitual con poblaciones instrumentales superiores al centenar. Sin embargo, la transparencia de la ejecución se mantuvo incorrupta, los detalles se advirtieron con claridad, la expresividad no fue sacrificada en ningún momento.

En la Sinfonía del nuevo mundo , de Dvorák, la Simón Bolívar de Venezuela, duplicada con el conjunto de los más jóvenes, volvió a exhibir la calidad musical de sus cuerdas, su percusión, metales y maderas. El solo de corno inglés fue impecable y la apertura de los bronces del cuarto movimiento, difícil de olvidar. El joven director venezolano César Lara fue el máximo responsable de la precisión, belleza y suntuosidad sonora y se mostró como un músico bien sensible a la emoción romántica.

Los que tengan un mínimo conocimiento de la dirección orquestal saben el abrumador trabajo que requiere preparar una orquesta de población duplicada. Tanto Lara, como Mario Benzecry con su veteranía, su tan probada sensibilidad para todos los estilos y su nueva orquesta, la Sinfónica Juvenil Nacional José de San Martín, dieron buena cuenta de ello. El argentino produjo una espléndida versión de la suite del ballet Estancia , de Alberto Ginastera y una, por momentos rapsódica Glosa sinfónica margariteña del venezolano Inocente Carreño, de levantado tono épico.

Esta irrupción aluvional joven en la sinfónica, por su programa, sus realizadores y sus consecuencias, tiene un claro sello latinoamericano. El viernes, en el Auditorio, todos parecían respirar este aire de nuevo mundo en la música.

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