Las canciones de Hoagy Carmichael

Jorge H. Andrés
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24 de junio de 2002  

Como si se hubieran puesto de acuerdo, aparecieron simultáneamente en todo el mundo, durante la segunda década del siglo pasado, compositores de cautivantes melodías que tarde o temprano encontraron la poesía adecuada para permanecer como las clásicas canciones populares que se cantan todavía. Ernesto Lecuona en Cuba, Agustín Lara en México, Quiroga en la España de Primo de Rivera, Cobián, Delfino, Donato o Filiberto en la Argentina y los norteamericanos de siempre, Berlin, Gershwin, Kern, Porter y tantos otros, nacidos casi siempre en el teatro musical.

La excepción se llamó Hoagy Carmichael, que venía de la bohemia del jazz blanco, debutó con un instrumental, "Riverboat shuffle", vuelto eterno por el disco de la mítica bandita The Wolverines, con Bix Beiderbecke en corneta, y empezó a ser considerado a partir de la versión de concierto que Paul Whiteman hizo de "Washboard blues", aunque su talento no era para componer música grandiosa, sino canciones intimistas que él mismo rumiaba acompañándose al piano, el primer cantautor del que se tenga noticia.

En los años 40 ya tenía escritas y grabadas por los mejores intérpretes la mayoría de sus grandes piezas -"Polvo de estrellas", "Georgia en mi mente", "Mecedora", "Ballad in blue", "Dos personas somnolientas"- cuando el cine vino a institucionalizar su figura consumida de sabio fumador y sombrero echado hacia atrás que, sentado ante pianos verticales, aconsejaba a Humphrey Bogart o Kirk Douglas en bares tenebrosos imaginados por Hemingway o Dorothy Baker.

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Una atmósfera totalmente inapropiada para su sensibilidad, porque mientras en todo el mundo las canciones, fueran de Gershwin o Canaro, celebraban la gran ciudad como opción de triunfo y felicidad, Hoagy Carmichael soñaba con la misma inocencia de Willard Robinson, o aquí los Fresedo, evocando la vida sencilla de los pequeños pueblos en baladas que desde el título describen paisajes perdidos: "Río perezoso", "Memphis en junio", "Viejo cielo de manteca", "Una mañana de mayo", "Luna de invierno" o "Moon country", un poco el equivalente de las ilustraciones de Norman Rockwell para el mismo falso mundo perfecto.

Dos libros de memorias, ambos con títulos derivados de su pieza cumbre, firmó Carmichael sin conseguir contar su vida. El primero, "El camino de polvo de estrellas", completado en 1931, pero publicado quince años después, es una colección de anécdotas juveniles que parecen siempre la misma, aunque al menos tiene el encanto de una redacción personal. Porque el de 1965, "A veces me pregunto", también detiene la narración mucho antes y encima repite esas historias con la prosa insufrible de un escritor alquilado.

No es que por larga -murió en 1981, apenas cumplidos ochenta y dos años- la existencia de Carmichael haya incluido episodios que justifiquen más palabras impresas, pero igual la aparición en marzo último de una biografía despertó cierto interés, no tanto por el título -"Stardust Melody", otro abuso de la canción- sino porque el autor, Richard Sudhalter, viene del respetable "Acordes perdidos", necesaria reivindicación del aporte de los músicos blancos al jazz.

Además Sudhalter es un agradable trompetista y encima se especializa en la música de Carmichael, pero a pesar de esas credenciales su libro decepciona por exceso de trivialidades, ninguna reconsideración inteligente de la obra y tantas transcripciones sobre pentagrama y notas aclaratorias que terminan ocupando la cuarta parte de este innecesario retrato. Lo que hay que saber sobre el compositor surge mejor de sus canciones, cantadas por Ray Charles, Willie Nelson, Jorge Negrete, Frank Sinatra, que sólo con la introducción de "Polvo de estrellas" logró una obra maestra, o Sarah Vaughan, que alcanzó el mismo resultado vocalizando esa melodía sin pronunciar una palabra.

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